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jueves, 11 de febrero de 2016

Sermones del Cura de Ars

SERMÓN DEL SANTO CURA DE ARS
“SOBRE LA LIMOSNA”
“Date eleemosynan, et ecce omnia munda sunt vobis.”

Haced limosna, y os serán borrados vuestros pecados.
(S. Luc., XI, 41.)

(segunda parte)

II

Hemos dicho, en segundo lugar, que aquellos que hayan practicado la limosna, no temerán el juicio final. Es muy cierto que aquellos momentos serán terribles: el profeta Joel lo llama el día de las venganzas del Señor, día sin misericordia, día de espanto y desesperación para el pecador (Joel., 2. 2.). «Mas, nos dice este Santo, ¿queréis que aquel día deje de ser para vosotros de desesperación y se convierta en día de consuelo? Dad limosna y podéis estar tranquilos.» Otro santo nos dice: «Si no queréis temer el juicio, haced limosnas y seréis bien recibidos por parte de vuestro juez». Después de esto, ¿no podremos decir que nuestra salvación depende de la limosna? En efecto, Jesucristo, al anunciar el juicio a que nos habrá de someter, habla únicamente de la limosna, y de que dirá a los buenos: «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estaba desnudo, y me vestisteis; estaba encarcelado, y me visitasteis. Venid a poseer el reino de mi Padre, que os está preparado, desde el principio del mundo». En cambio, dirá a los pecadores: «Apartaos de mí, malditos: tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; estaba desnudo, y no me vestisteis; estaba enfermo y encarcelado, y no me visitasteis». «Y ¿en qué ocasión le dirán los pecadores, dejamos de practicar para con Vos todo lo que decís? » «Cuantas veces dejasteis de hacerlo con los ínfimos de los míos que son los pobres» (Math.,25.) ¡Ya veis, pues, cómo todo el juicio versa sobre la limosna. ¿Os admira esto tal vez? Pues, no es ello difícil de entender. Esto proviene de que quien está adornado del verdadero espíritu de caridad, sólo busca a Dios y no quiere otra cosa que agradarle, posee todas las demás virtudes en un alto grado de perfección, según vamos a ver ahora. No cabe duda que la muerte causa espanto a los pecadores y hasta a los más justos, a causa de la terrible cuenta que habremos de dar a Dios, quien en aquel momento no dará lugar a la misericordia. Este pensamiento hacía temblar a San Hilarión, el cual por espacio de más de setenta años estuvo llorando sus pecados: y a San Arsenio, que había abandonado la corte del emperador para dejar consumir su vida entre dos peñas y allí llorar sus pecados hasta el fin de sus días. Cuando pensaba en el juicio, temblaba todo su cuerpo achacoso. El santo rey David, al pensar en sus pecados, exclamaba: «¡Ah! Señor, no os acordéis más de mis pecados». Y nos dice además: «Repartid limosnas con vuestras riquezas y no temeréis aquel momento tan espantoso para el pecador». Escuchad al mismo Jesucristo cuando nos dice: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Math., 5. 7.). Y en otra parte habla así: «De la misma manera que tratareis a vuestro hermano pobre, seréis tratados» (Math., 7. 2.).

Es decir, que si habéis tenido compasión de vuestro hermano pobre, Dios tendrá compasión de vosotros. Leemos en los Hechos de los Apóstoles que en Joppe había una viuda muy buena que acababa de morir. Los pobres corrieron en busca de San Pedro para rogarle la resucitara; unos le presentaban los vestidos que les había hecho aquella buena mujer, otros le mostraban otra dádiva (Hechos, cap. 9.). A San Pedro se le escaparon las lágrimas: «El Señor es demasiado bueno, les dijo, para dejar de concederos lo que le pedís». Entonces acercóse a la muerta, y le dijo: «Levántate, tus limosnas te alcanzarán la vida por segunda vez». Ella se levantó, y San Pedro la devolvió a sus pobres. Y no serán solamente los pobres los que rogarán por vosotros, sino las mismas limosnas, las cuales vendrán a ser como otros tantos protectores cerca del Señor que implorarán benevolencia en vuestro favor. Leemos en el Evangelio que el reino de los cielos es semejante a un rey que llamó a sus siervos para que rindiesen cuentas de lo que le debían. Presentóse uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar el rey mandó encarcelarle junto con toda su familia hasta que hubiese pagado cuanto le debía. Mas el siervo arrojóse a los pies de su señor y le suplicó por favor que le concediese algún tiempo de espera, que le pagaría tan pronto como le fuese posible. EL señor, movido a compasión, le perdonó todo cuanto le debía. EL mismo siervo, al salir de la presencia de su señor, encontróse con un compañero suyo que le debía cien dineros, y, abalanzándose a él, le sujetó por la garganta y le dijo: «Devuélveme lo que me debes». El otro le suplicó que le concediese algún tiempo para pagarle; mas él no accedió, sino que hizo meterle en la cárcel hasta que hubiese pagado. Irritado el señor por una tal conducta, le dijo: «Servidor malvado, ¿por qué no tuviste compasión de tu hermano como yo la tuve de ti ?» (Math., 18.). Ved, cómo tratará Jesucristo en el día del juicio a los que se habrán manifestado bondadosos y misericordiosos para con sus hermanos los pobres, representados por la persona del deudor; ellos serán objeto de la misericordia del mismo Jesucristo; mas a los que habrán sido duros y crueles para con los pobres les acontecerá como a ese desgraciado, a quien el Señor, que es Jesucristo, mandó fuese atado de pies y manos y arrojado después a las tinieblas exteriores, donde sólo hay llanto y rechinar de dientes. Ya veis cómo es imposible que se condene una persona verdaderamente caritativa.