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miércoles, 17 de febrero de 2016

Sermones del Cura de Ars

«Tus limosnas han sido tan agradables a Dios, que Él me envía para anunciarte el reino de los cielos, y para bautizarte» (Act., 10.)

SERMÓN DEL SANTO CURA DE ARS
“SOBRE LA LIMOSNA”
“Date eleemosynan, et ecce omnia munda sunt vobis.”

Haced limosna, y os serán borrados vuestros pecados.
(S. Luc., XI, 41.)



III

En tercer lugar, la razón que debe inducirnos a dar limosnas de todo corazón y con alegría es el pensar que las damos al mismo Jesucristo. Leemos en la vida de Santa Catalina de Sena que, al encontrarse una vez con un pobre, le dio una cruz; en otra ocasión, dio su ropa a una pobre mujer. Algunos días después, apareciósele Jesucristo, y le manifestó haber recibido aquella cruz y aquella ropa que ella había puesto en manos de sus pobres, y que le habían complacido tanto que esperaba el día del juicio para mostrar aquellos presentes a todo el universo. San Juan Crisóstomo nos dice: «Hijo mío, da un mendrugo de pan a tu hermano pobre, y recibirás el paraíso; da un poco, y recibirás mucho; da los bienes perecederos, y recibirás los bienes eternos. Por los presentes que hicieres a Jesucristo en la persona de los pobres, recibirás una recompensa eterna; da un poco de tierra, y recibirás el cielo». San Ambrosio nos dice que la limosna es casi un segundo bautismo y un sacrificio de propiciación que aplaca la cólera de Dios y nos ayuda a hallar la gracia delante de Él. Es tan cierto esto, que cuando damos algo, es al mismo Dios a quien lo damos.

Leemos en la vida de San Juan de Dios que un día encontróse con un pobre totalmente cubierto de llagas, y se hizo cargo de él para conducirlo al hospital que el Santo había fundado para albergar a los pobres y una vez llegado allí, al lavarle los pies para colocarle después en su lecho, vio que los pies del pobre estaban agujereados. Admiróse el Santo, y alzando los ojos, reconoció al mismo Jesucristo, que se había transformado en la figura de un pobre para excitar su compasión. Y entonces el Señor le dijo: «Juan, estoy muy contento al ver el cuidado que te tomas por los míos y por los pobres». En otra ocasión, halló a un niño muy miserable; cargósele sobre sus hombros, y al pasar cerca de una fuente, suplicó el niño que le bajase, pues estaba sediento y quería beber agua. Vio también que era el mismo Jesucristo, el cual le dijo: «Juan, lo que haces con mis pobres es cual si a mí lo hicieses». Son tan agradables a Dios los servicios prestados a los pobres y enfermos, que muchas veces se vio bajar a los ángeles del cielo para ayudar a San Juan a servir a sus enfermos con sus propias manos, los cuales desaparecieron después.

Leemos en la vida de San Francisco Javier que, yendo a predicar en un país de gentiles, halló en su camino a un pobre totalmente cubierto de lepra, y le dio limosna. Cuando hubo andado algunos pasos, arrepintióse de no haberle abrazado para manifestarle cuán de veras sentía sus penas. Volvióse para mirarle, y no vio a nadie: era un ángel que había tomado la forma de pobre. Decidme, ¡que pesar espera en el día del juicio a aquellos que habrán abandonado y despreciado a las pobres, cuando Jesucristo les muestre cómo es a ÉL mismo a quien hicieron la injuria! Mas también, ¡cuál será la alegría de aquellos que verán que todo el bien que hicieron a los pobres, es al mismo Jesucristo a quien lo hicieron! «Sí, les dirá Jesucristo, era a mí a quien fuisteis a visitar en la persona de ese pobre; era a mí a quien prestasteis tal servicio; aquella limosna que repartisteis en la puerta de vuestra casa, era a mí a quien la disteis.»....¿No nos autoriza todo esta para confirmar que nuestra salvación está íntimamente ligada con la limosna? Ved lo que sucedió a San Martín yendo de camino. Encontró a un pobre en extremo miserable, cuya situación le conmovió tanto que, no teniendo con qué socorrerle, cortó la mitad de su capa y se la entregó. A la noche siguiente, apareciósele Jesús cubierto con aquella media capa de que se había desprendido, rodeado de una gran corte de ángeles, y le dijo: «Martín, que es todavía catecúmeno, me ha dado la mitad de su capa» (aunque San Martín se la había dado a un pobre viandante). No, no hallaremos ningún linaje de acciones en atención a las cuales haga Dios tantos milagros como a favor de las limosnas. Refiérese que, en cierta ocasión, un caballero halló a un pobre miserable y conmovióse tanto ante su miseria que llegó a derramar lágrimas. No tuvo necesidad de otras excitaciones para despojarse de su ropa exterior y dársela al pobre. Algunos días después, supo que el pobre había vendido aquel vestido, de lo cual tuvo pena el caballero. Estando en oración, decía a Jesús: «Dios mío, veo muy bien que no era merecedor ese pobre de llevarse mi vestido». Nuestro Señor apareciósele entonces sosteniendo aquel vestido en sus manos y le dijo: «¿Reconoces esta vestidura?» El caballero exclamo: «Ah, Dios mío, es la misma que di al pobre. -Ya ves, pues, cómo no se ha perdido, y cómo realmente me complaciste al entregármela en la persona del indigente.» Nos cuenta San Ambrosio que, mientras daba limosna a varios pobres, se encontró un día con un ángel mezclado entre ellos, el cual recibió la limosna sonriendo y desapareció. De una persona caritativa, por miserable que ella sea, podemos afirmar que se pueden concebir grandes esperanzas de que se salvará.


Leemos en los Hechos de los Apóstoles que, después de la Resurrección, Jesucristo se le apareció a San Pedro y le dijo: «Vete al encuentro del centurión Cornelio, pues sus limosnas han llegado hasta mí; ellas le merecieron su salvación». Fuese San Pedro a ver a Cornelio, al cuál halló en oración, y le dijo: «Tus limosnas han sido tan agradables a Dios, que Él me envía para anunciarte el reino de los cielos, y para bautizarte» (Act., 10.). Ya veis cómo las limosnas del centurión fueron causa de que él y toda su familia fuesen bautizados. ¡Mas ved un ejemplo que os mostrará cuánto poder tiene la limosna para detener la justicia de Dios. Refiérese en la historia que el emperador Zenón tenia gran satisfacción en socorrer a los pobres, mas también era muy sensual y libertino, hasta el punto de haber raptado a la hija de una dama honesta y virtuosa y abusando de ella con gran escándalo del pueblo. Aquella pobre madre, desconsolada casi hasta la desesperación, iba con frecuencia al templo de Nuestra Señora a llorar los ultrajes que contra su hija se cometían: «Virgen Santísima, le decía ella, ¿no sois por ventura el refugio de los miserables, el asilo de los afligidos y la protectora de los débiles? ¡Cómo permitís, pues, esa opresión tan injusta, ese deshonor que cae sobre mi familia?» La Virgen Santísima se le apareció y le dijo: «Has de saber, bija mía, que desde hace mucho tiempo, mi Hijo habría tomado venganza de la injuria que se os hace; mas ese emperador tiene una mano que sujeta a la de mi Hijo y detiene el curso de su justicia. Las limosnas que en gran abundancia reparte, le han preservado hasta el presente de recibir el merecido castigo». Ya veis cuán poderosa es la limosna para impedir que el Señor nos castigue a pesar de hacernos repetidamente merecedores de ello. San Juan el Limosnero, patriarca de Alejandría, nos refiere un ejemplo muy notable que le aconteció a Él mismo. Dice el Santo que un día vio un grupo de hombres sentados, tomando el sol para mitigar los rigores del invierno; se ocupaban en referirse mutuamente las casas cuyos moradores daban limosna y aquellas donde se les daba de mala gana o donde no recibían nunca nada. Hubieron de hablar de la casa de un mal rico que nunca les había dado la más insignificante limosna; hablaban muy mal de él, cuando se levantó uno entre ellos y dijo que, si querían apostar algo, él iría a pedir limosna con la seguridad de que algo recibiría. Los demás le dijeron que no tenían inconveniente en apostar, mas que estuviese enteramente seguro de que nada iba a recibir, antes bien sería rechazado; no habiendo dado nunca nada, no querría empezar entonces a desprenderse de algo. Mientras le aguardaban juntos, fuese aquél a encontrar al rico y con gran humildad le pidió quisiese darle algo en nombre de Jesucristo. El rico se enfureció en gran manera, y no hallando a mano ninguna piedra para echársele encima, y viendo a su criado que venía de casa del panadero a hacer provisión de pan para sus perros, tomó un pan con gran furia y se lo arrojó a la cabeza. El pobre, con el ánimo de ganar la apuesta hecha con sus compañeros, corrió con presteza a recogerlo y se lo llevó a sus camaradas como prueba de que aquel rico le había dado una buena limosna ( Véase Act. s.s., t III, 30 jan., Vita S. Joan Eleemosyn., p. 119 137. La historia llama a este rico «San Pedro el publicano»). Dos días después, aquel rico cayó enfermo, y estando ya a punto de morir, parecióle ver en sueños que estaba ante el tribunal de Dios para ser juzgado. Le pareció ver cómo alguien presentaba una balanza donde pesar el bien y el mal. Vio que a una parte estaba Dios, y al otro lado el demonio que cuidaba de presentar todos los pecados que en su vida había cometido, los cuales eran en gran número. El ángel de la guarda no tenía nada para poner en su platillo de la balanza; no acertaba a ver ni una buena acción que pudiera servir de contrapeso. Dios le preguntó qué es lo que tenía que poner en el lado que le correspondía. El ángel bueno, muy triste por no tener nada, le dijo llorando: «¡Ay! Señor, no hay nada». Mas Jesucristo le dijo: «¿Y aquel pan que arrojó a la cabeza de aquel pobre ? Ponlo en la balanza y él aligerará el peso de sus pecados». En efecto, colocó el ángel aquel pan en la balanza, y ella se cayó de aquel lado. Entonces el ángel miró al rico y le dijo: «Miserable, a no ser por este pan, ibas a ser echado al infierno; ve a practicar cuantas penitencias te sean posibles y da a los pobres cuanto posees, sin lo cual habrás de condenarte». Al despertarse, se fue al encuentro de San Juan el Limosnero, contóle aquella visión y toda su vida, llorando amargamente su ingratitud con Dios, de quien había recibido cuanto poseía, y su dureza con los pobres, y dijo:« ¡Ah! padre mío, si un solo pan dada de mala gana a un pobre, me saca de las garras del demonio, ¡cuán propicio puedo hacerme a Dios dándole todos mis, bienes en la persona de los pobres! » Y llegó a tal extremo en sus resoluciones, que, al hallarse con un pobre, si no llevaba nada, quitábase el vestido y lo cambiaba con el del pobre; empleó el resto de su vida en llorar sus pecados, dando a los pobres cuanto poseía. ¿Qué decís a todo esto? ¿Verdad que nunca os habíais formado cabal concepto de la magnitud de la limosna? Mas aquel hombre aun llegó a más. Vais a verle cómo, al pasar por una calle, se encontró con un criado que en otro tiempo había estado a su servicio; sin miedo al respeto humano ni a nada, le dijo: «Amigo mío, tal vez no te retribuí bastante las molestias que te causé al estar a mi servicio; hazme un favor: condúceme a la ciudad, y allí me venderás como esclavo, a fin de que quedes indemnizado del perjuicio que te hubiera podido causar no dándote salario suficiente». El criado le vendió por treinta dineros. Rebosante de alegría por verse reducido al último grado de pobreza, servía a su señor con increíble gusto; lo cual causaba tanta envidia a los demás esclavos, que le despreciaban, y le golpeaban a menudo. Nunca se le vio abrir la boca para quejarse. Habiendo observado el señor los tratos de que era objeto su esclavo predilecto, reprendió duramente a los demás por tratarle de tal suerte. Llamó después al rico convertido, cuyo nombre ignoraba aún, y le preguntó quién era y cuál fuese su condición. El rico, le refirió cuanto le había acontecido, lo cual conmovió en gran manera al señor, quien era nada menos que el mismo emperador, que se puso a derramar abundantes lágrimas, convirtióse sin tardanza y empleó su vida repartiendo cuantas limosnas le era posible. Decidme: ¿habéis ahora penetrado la excelsitud del mérito de la limosna, y cuán provechosa sea ella para el que la hace? De la limosna y de la devoción a la Santísima Virgen os diré que es imposible que se pierda quien las practica de corazón. No nos extrañemos, pues, de que esta virtud haya sido común a los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Sé muy bien que el hombre de corazón duro es avaro e insensible a las miserias del prójimo; hallará mil excusas para no tener que dar limosna. Así, algunos de vosotros me diréis: «Hay pobres que son buenos, pero hay otros que no valen nada: unos gastan en las tabernas lo que se les da; otros lo disipan en el juego o en glotonerías». Esto es muy cierto, muy pocos son los pobres que emplean bien los dones que reciben de manos de los ricos, lo cual demuestra que son muy pocos los pobres buenos. Unos murmuran de su pobreza, cuando no se les da tanto como ellos quisieran; otros envidian a los ricos, hasta los maldicen, y les desean que Dios les haga perder sus riquezas, a fin, dicen ellos, de que aprendan lo que es la miseria. Convengamos en que todo esto está muy mal; tales gentes son precisamente lo que se llaman malos pobres. Pero a todo esto sólo he de contestar con una palabra: y es que a esos pobres a quienes recrimináis porque malgastan las limosnas, porque no se portan bien, porque sufren una pobreza buscada, no os piden la limosna en nombre propio, sino en el de Jesucristo. Que sean buenos o malos, poco importa, ya qué es al mismo Jesucristo a quien entregáis vuestra limosna, según acabarnos de ver en lo que hemos dicho anteriormente. Es, pues, el mismo Jesucristo quien os recompensará. Pero, me diréis, éste es un mal hablado, un vengativo, un ingrato. Mas, amigo mío, esto no te afecta a ti: ¿tienes con qué dar limosna en nombre de Jesucristo, con la mira de ayudar a Jesucristo, de satisfacer por tus pecados? Deja a un lado todo lo demás; tú tienes que entendértelas con Dios; queda tranquilo; tus limosnas no se perderán, aunque vayan a parar en los malos pobres que tanto desprecias. Además, amigo mío, aquel pobre que te escandalizó, que aun no hace ocho días sorprendiste abusando del vino o metido en cualquier otro desorden, ¿quién té dice que a estas horas no esté ya convertido, y sea ya agradable a Dios? ¿Quieres saber, amigo mío, por qué hallas tantos pretextos para eximirte de la limosna? Escucha lo que voy a decirte, que en ello habrás de reconocer la verdad, si no en estos momentos, a lo menos a la hora de la muerte: es que la avaricia ha echado raíces en tu corazón: arranca esa maldita planta y hallarás gusto en dar limosna; quedarás contento al hacerla, cifrarás en ello tu alegría. -¡Ah!, dirás, cuando me hace falta algo, nadie me da nada!- ¿Nadie te da nada? ¡Ah! amigo mío, ¿de quién procede todo cuanto tienes? ¿No viene de la mano de Dios que te lo dio, con preferencia a tantos otros que son pobres y no tan pecadores como tú? Piensa, pues, en Dios, amigo mío... Si quieres dar algo con creces, dalo; de este modo te cabrá la dicha de satisfacer por tus pecados haciendo bien al prójimo. ¿Sabéis por qué nunca tenemos algo para dar a los pobres, y por qué nunca estamos satisfechos con lo que poseemos? No tenéis con qué hacer limosna, pero bien tenéis con qué comprar tierras; siempre estáis temiendo que la tierra os falte. ¡Ah! amigo mío, deja llegar el día en que tengas tres o cuatro pies de tierra sobre tu cabeza, entonces podrás quedar satisfecho. ¿No es verdad, padre de familia, que no tienes con qué dar limosna, pero lo posees abundante para comprar fincas? Di mejor, que poco te importa salvarte o condenarte, con tal de satisfacer tu avaricia. Te gusta aumentar tus caudales, porque los ricos son honrados y respetados, mientras que a los pobres se les desprecia. ¿No es verdad, madre de familia, que no tienes nada para dar a los pobres, pero es porque has de comprar objetos de vanidad para tus hijas, has de comprar pañuelos con encajes, han de llevar bien adornado el cuello y el pecho, has de regalarles pendientes, cadenas, una gargantilla? -¡Ah! me dirás, aunque les haga llevar todo esto, que es necesario, no pido nada a nadie; no puede usted enojarse por ello- Madre de familia, yo te digo ahora esto porque viene a tono, para que en el día del juicio tengas bien presente que te lo advertí: no pides nada a nadie, es verdad; mas debo decirte que no resultas menos culpable, tan culpable como si, yendo de camino, hallases a un pobre y le quitases el poco dinero que lleva. -¡Ah!, me diréis, si gasto este dinero para mis hijos, sé muy bien lo que cuesta- Mas yo te diré también, aunque no me hagas caso, que a los ojos de Dios eres culpable, y esto es suficiente para perderte. - Me preguntarás: ¿por qué razón?- Amigo mío, porque tus bienes no son más que un depósito que Dios ha puesto, en tus manos; fuera de lo necesario para tu sustento y el de tu familia, lo demás es de los pobres. ¡Cuántos hay que tienen atesorada gran cantidad de dinero, al paso que tantos pobres mueren de hambre! ¡Cuántos otros poseen gran abundancia de vestidos, mientras muchos pobres padecen frío! ¿Es que, amigo mío, no estás en condiciones, no tienes con qué hacer limosna, puesto que sólo dispones de tu salario? Si quisieras, tendrías fácilmente algo que dar a los pobres; bien tienes con qué llevar a tus hijas a la condenación; bien tienes con qué ir al café, a la taberna, al baile. –Me dirás empero: Nosotros somos pobres; apenas tenemos lo necesario para vivir.- Amigo mío, si el día de la fiesta mayor no gastases tan superfluamente algo te quedaría para los pobres. ¡Cuántas veces habrás ido a Villafranca, a Montmerle o a otras partes solamente para recrearte sin tener nada que hacer allí! No ahondemos más, bastante clara está la verdad: no vamos a fastidiaros con enumeraciones prolijas. Si los santos hubiesen obrado como nosotros, tampoco habrían hallado con qué dar limosna; mas ellos sabían muy bien cuán necesaria les era para su santificación, y ahorraban cuanto les era posible a tal objeto, y así disponían siempre de algunas reservas. Por otra parte, la caridad no se practica sólo con el dinero. Podéis visitar a un enfermo, hacerle un rato de compañía, prestarle algún servicio, arreglarle la cama, prepararle los remedios, consolarle en sus penas, leerle algún libro piadoso. No obstante, en honor de la verdad, hay que reconocer que sentís generalmente inclinación a socorrer a los desgraciados, y os compadecéis de sus miserias. Mas veo también cómo son contados los que dan la limosna en forma adecuada para hacerse acreedores a una espiritual recompensa, según vais a ver: unos lo hacen a fin de ser tenidos por personas de bien; otros, por sentimentalismo, porque se sienten conmovidos ante las miserias ajenas; otros, para que se les aprecie, se les diga que son buenos y sea alabada su manera de vivir; tal vez hasta algunos para que se les pague con algún servicio, o en espera de algún favor. Pues bien, todos esos que, al dar limosnas, tienen únicamente tales miras, carecen de las cualidades necesarias para hacer que la caridad sea meritoria. Hay quienes tienen sus pobres predilectos a los cuales les darían cuanto poseen; mas para los otros muestran un corazón cruel. Portarse así no es más que obrar como los gentiles. Mas, pensaréis vosotros, ¿cómo debe hacerse la limosna para que sea meritoria? Atended bien, en dos palabras voy a decíroslo: en todo el bien que hacemos a nuestro prójimo, hemos de tener como objetivo el agradar a Dios y salvar nuestra alma. Cuando vuestras limosnas no vayan acompañadas de estas dos intenciones, la buena obra resultará perdida para el cielo. Esta es la causa por qué serán tan escasas las buenas obras que nos acompañen ante el tribunal de Dios, pues las realizamos de una manera tan humana. Nos complace que se nos agradezcan, que se hable de ellas, que se nos devuelvan con algún favor, y hasta nos gusta hablar de nuestras buenas acciones para manifestar que somos caritativos. Tenernos nuestras preferencias; a unos les damos sin medida, mas a otros nos negamos a darles nada, antes bien los despreciamos. Cuando no queramos o no podamos socorrer a los indigentes, cuidemos de no despreciarlos, pues es al mismo Jesucristo a quien despreciamos. Lo poco que damos, démoslo de corazón, con la mira de agradar a Dios y de satisfacer por nuestros pecados. El que tiene verdadera caridad no guarda preferencias de ninguna clase, lo mismo favorece a sus amigos que a sus enemigos, con igual diligencia la alegría da a unos que a otros. Si alguna preferencia hubiésemos de tener, sería para con los que nos han dado algún disgusto. Esto es lo que hacía San Francisco de Sales. Algunos, cuando han favorecido a alguien, si los favorecidos les causan después algún disgusto, en seguida les echan en cara los servicios que les prestaron. Con esto os engañáis, ya que así perdéis toda recompensa. ¿No sabéis que aquella persona os ha implorado caridad en nombre de Jesucristo, y que vosotros la habéis socorrido para agradar a Dios y satisfacer por vuestros pecados? La pobreza no es más que un instrumento del cual Dios se sirve para impulsarnos a obrar bien. Ved todavía otro lazo que el demonio os tenderá con frecuencia, y con el cual sorprende a muchas almas: consiste en representar nuestras buenas acciones ante nuestra mente, para que nos gocemos en ellas, y así de este modo, hacernos perder la recompensa a que nos hicimos acreedores. Así pues, cuando el demonio nos pone delante tales consideraciones, hemos de apartarlas presto como un mal pensamiento. ¿Qué debemos sacar de todo esto? Vedlo: que la limosna es de gran mérito a los ojos de Dios, y tan poderosa para atraer sobre nosotros sus misericordias, que parece como si asegurase nuestra salvación. Mientras estamos en este mundo, es preciso hacer cuantas limosnas podamos; siempre seremos bastante ricos, si tememos la dicha de agradar a Dios y salvar nuestra alma; mas es necesario hacer la limosna con la más pura intención. ¡Cuán felices seríamos si todas las limosnas que habremos hecho durante nuestra vida nos acompañasen delante del tribunal de Dios para ayudarnos a ganar el cielo!