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miércoles, 3 de febrero de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”


A la Batalla


La defensa armada no sólo se considera lícita, sino encomiable y heroica; se recuerda el ejemplo de santos que cuando fue necesario recurrieron a las armas. Está en los altares San Bernardo que reclutó soldados y los llevó a las cruzadas, San Luis IX Rey de Francia, que él mismo se armó cruzado contra los detentadores del sepulcro de Cristo, San Pío V que organizó la armada que hundió en Lepanto el poder de la media luna y tantos otros cuya virtud proclamó que lo malo no está en matar, sino en hacerla sin razón y sin derecho. Pero no todos piensan así, algunos prefirieron esperar un milagro de Dios; otros lo esperan de los mismos hombres, de tal o cual incrustado en el engranaje gubernamental que no ha cometido atropellos. Los más se han acomodado a las circunstancias, conformándose con pasar inadvertidos mientras vienen tiempos mejores; se han acostumbrado tanto al despotismo, que quedan satisfechos y muy agradecidos con cualquier disminución en el castigo.

En este torbellino fui envuelto cuando tenía 17 años. Nací en 1909, vísperas de que estallara la revolución. Nada recuerdo, ni nada me liga a la dictadura blanca porfirista. He vivido entre gritos de rebeldía y dignidad. He presenciado actos de crueldad y virtudes heroicas. En la escuela los libros de texto y los maestros hablan de los derechos del hombre, de la soberanía del pueblo, fustigan la dictadura e inflaman nuestros pechos con ansias de libertad. En el hogar y en la Iglesia se nos habla de una justicia social que legitima muchas de las aspiraciones del régimen revolucionario, ante las cuales México no habrá de volver atrás, convencidos todos de la evidente necesidad de prestar remedio eficaz a muchísimas situaciones injustas que los pobres padecen. Acepta la conveniencia de atenuar ciertos desequilibrios en la distribución de la riqueza. Tenemos conciencia de la subordinación que la propiedad privada debe al bien común. Las grandes fuerzas podrían llevar a cabo las reformas sociales que flotan en el ambiente y están en el ánimo de casi todos: el Estado y la Iglesia. i Cómo ganaría México si se entendieran! Pero el gobierno está en manos de un grupo reducido de gente sin Dios, a medio educar, llenos de elocuencia salvaje que desborda en frases mal entendidas, codiciosos, sedientos de lujuria, de poder. Carecen de preparación moral, política y aun administrativa. Hicieron irrupción en un medio desconocido y lleno de tentaciones para ellos... Con sólo desearlo, a cambio de un sí o de una firma, obtienen lo que nunca habían soñado: placeres, lujo, comodidades. Sin un concepto profundo y recto de la vida se corrompieron y olvidan al pueblo del que proceden. En su acción de grupo se enfrascan en trivialidades, patrioterías, frases hechas; se lanzan a rehacer todas las cosas, hablan de ideologías sin saber su significado, exaltan la raza indígena y vituperan la blanca, quieren destruir a los retrógrados, salvar al país contra su voluntad; no aceptan ayuda ni intervención extraña, reclaman para sí toda acción y desconocen toda fuerza que no sea la suya. Sus métodos son los mismos que  han usado los radicales de todos los tiempos en su acción de avance: fomentar el descontento y describir utopías. La Iglesia reconoce que la Revolución Mexicana encierra muchas justas reivindicaciones que ella misma proclamó tiempo atrás.

Sabe que la revolución sobrepasa los límites de la reivindicación; pero no puede hacer otra cosa que exhortar a la paz, y exigir a los católicos el cumplimiento de sus deberes cristianos. Entre las fuerzas de la acción revolucionaria y de la reacción liberal, la Iglesia se mantiene firme, sin claudicaciones, por sobre la amenaza, por sobre el martirio. Al pueblo toca aquilatar esta actitud y es patente que siempre

¿Qué pueden importar a mi generación las malditas acusaciones que los revolucionarios lanzan a la Iglesia por la conducta de tal o cual sacerdote, muerto tiempo atrás? ¿Cómo va a justificarse una persecución religiosa en 1926 porque muchos años antes hubiera algún obispo acogido al invasor; o que un rey español, después de arrojar su reino al africano, combatiera con la Inquisición al moro que se fingía converso y al judío emboscado que eran sus enemigos? En la escuela los textos oficiales exageran los errores de antepasados que militaron en el campo conservador, y en el hogar, nuestros padres, apoyados en la historia, contrarrestan la influencia revolucionaria descubriéndonos las faltas y traiciones de los miembros del partido liberal. Si los hombres del partido conservador solicitaron una alianza en Europa creyendo que ofrecía ventajas al país, procurando para nuestra patria una monarquía extraña, los hombres del partido liberal obtuvieron a su vez el apoyo e intervención de los Estados Unidos de Norte América.

La única conclusión a que podemos llegar es que unos y otros, tal vez sin quererlo, en ocasiones impidieron con su actitud que la nación prosperara. Y excusar sus deshumanizadas  ambiciones; y que, además, tiene el lastre de una gran masa informe, inconmovible, de católicos que sólo rezan y se golpean el pecho sin practicar su creencia, ni levantar una bandera. Entre las fuerzas de la acción revolucionaria y de la reacción liberal, la Iglesia se mantiene firme, sin claudicaciones, por sobre la amenaza, por sobre el martirio. Al pueblo toca aquilatar esta actitud y es patente que siempre estuvo y se mantiene al lado de la Iglesia fundada por Cristo.

Decretada la lucha, en un esfuerzo por ganar adeptos, los revolucionarios recurrieron al engaño, apartaron la atención del pueblo del argumento crucial, desviándola hacia detalles secundarios a los que dieron excesiva importancia.  La única conclusión a que podemos llegar es que unos y otros, tal vez sin quererlo, en ocasiones impidieron con su actitud que la nación prosperara. Sin la preparación ni disciplina del ejército regular, y después el repliegue inmediato a las montañas abruptas que constituyen nuestra mejor fortaleza. Nuestra acción armada ha tenido el mérito de mantener en alto el espíritu libertario de nuestro pueblo, de ser una protesta eficaz, de conservar viva la necesidad de la libertad religiosa para creer y poder actuar conforme a nuestra creencia y un dique formidable contra la acción bolchevizante del actual gobierno revolucionario, inspirado en Lenin y Marx.

Las campañas de exterminio, las medidas inhumanas de evacuación y reconcentración de la gente de los pueblos, y la destrucción de éstos, han infligido penalidades sin cuento, pero el movimiento sigue milagrosamente adelante, mientras los callistas anuncian una y mil veces su fin. La firmeza de los libertadores sobrepasa todo límite. Han muerto muchos de nuestros jefes, pero al Iado del caído se levantan nuevos paladines, y esto pasa hace tanto tiempo que puede decirse que durará tanto como sea necesario, hasta obligar al tirano a buscar una solución. Es un movimiento de ideales y se nutre de sacrificios. La gente acude constantemente a nuestras filas y se lanza inerme al campo de batalla. En pleno combate he visto a hombres humildes ofrecer el pecho generoso a las balas asesinas, de rodillas y en cruz, llevando en la mano tan sólo el rosario de la Virgen... ¡y les llaman fanáticos, y se mofan de ellos quienes no saben de su hombría de bien, ni entienden de renunciación total en aras de un ideal! Nuestro pueblo está realizando una epopeya que merece ser cantada para transmitirla a la posteridad, como ejemplo de lo que puede hacer la fe en defensa de los más preciaras derechos del hombre. Se opone al comunismo que pretende exterminar a Dios, que lo substituye por un materialismo degradante y un modo de vivir propio de régimen penitenciario. Esta es la misión histórica de nuestro movimiento. Bregamos contra el comunismo con Cristo,  porque sólo El puede saciar la sed de justicia que alienta en los hombres y que el bolchevique exaspera fuera de toda medida. Estas consideraciones me han decidido a ocupar las horas largas de mi convalecencia y los altos de la lucha, en describir lo que he visto y vivido en esta cruenta persecución religiosa. Cooperaré así a decir la verdad. Vivimos una época en que se repiten las frases hechas por la publicidad, sin analizarlas. Con sus grandes recursos el régimen propala oficialmente que nuestro movimiento es de "jóvenes fanáticos inexpertos, con miras al pasado"; pero la calumnia y la mentira no impedirán que algún día se alce la memoria de quienes han muerto y viven en el alma popular.

Consideran absurdo nuestro movimiento porque creen que la religión acabó. Repiten lo que dijo hace muchos años la Revolución Francesa, lo que se escuchó en Irlanda, en Escocia, en Alemania, en Portugal. Unos lo dijeron brutalmente, otros con erudición, o con vulgaridad como lo dicen hoy. No importa quién ni cómo lo haya dicho; la respuesta del tiempo ha sido siempre la misma y éste dará la razón a quien tuvo el valor de pintar en los muros del Palacio Nacional un letrero que decía: "¡Calles, pronto no quedará de ti sino tu historia, y qué historia, la de Nerón!" Emprendo la tarea sin más ánimo que el de perpetuar hechos que deben ser descritos en las páginas gloriosas de nuestra Historia, sin el menor propósito de interesar respecto a mí mismo. Estas memorias serán más bien las de otros que las mías; sus actos, sus ideas, sus escritos, son el cuerpo y alma de esta época, y los tomo al describirla. Soy un soldado de los que a millares surgen a ofrendar su vida y de los que muchos perecen, sobreviven unos cuantos y muchos menos llegan a la fama que pertenece, eso sí, a la acción de conjunto. La sangre que vertamos transformará la patria en un país libre y más cristiano; lo volverá más noble, más sano; lo hará fuerte. El soldado, el Cristero desconocido, volverá con el traje hecho jirones, salpicado por el barro del camino y la sangre del combate. Acosados por el enemigo, siempre en peligro, no puedo saber en manos de quién puedan caer estas memorias. Los hechos son reales, los nombres de personas y lugares tendré que ocultarlos. Días vendrán en que pueda cantarse, por hombres capaces, la epopeya con los nombres de sus héroes. Para entonces las cadenas estarán rotas y México sabrá agradecerlo.

Aquí termina esta hermosa introducción de quien, solo sabemos que murió ofreciendo su vida por Cristo Rey y con El vive y reina por los siglos de los siglos. Hay mucho para reflexionar en esta introducción y, sin duda, un dulce, pero valeroso sentimiento surge en nuestras mentes con la esperanza de ver una vez más libre ya no nuestra nación sino la Iglesia universal que es presa de una impía ocupación que la ha postrado. Pero aun quedamos soldados de Cristo que, con estas arengas de nuestros hermanos en la fe verdadera y ahora mártires, nos darán grandes ánimos para emprender la dura y ardua tarea de volver a sus antiguos causes a la Iglesia de los cuales no debió salir. Mas ella no ha renunciado a sus postulados ni a la verdadera doctrina de Nuestro Señor Jesucristo, son los judas quienes no solo la traicionaron sino que hoy nos ofrecen una doctrina, si así se le puede llamar al infernal modernismo, al servicio de Satanás, pero muy lejos de la del Dios trino y uno.