utfidelesinveniatur

lunes, 22 de febrero de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos”

Explotadora de Explosiones...

Es una sociedad secreta porque no podemos publicar su existencia, pero sin que obligue a los socios juramento alguno, y tan sólo el compromiso de guardar sigilo. Es cooperativa porque todos contribuimos a su sostenimiento y dirección, y limitada de recursos pecuniarios como todas nuestras obras.

-¿Por qué se llama Explotadora de Explosiones? -preguntó la Borrega.

-Ahora verán -respondió Pichón-: la idea me vino en clase de Química de Matasiete, quien nos demostró la forma de producir un detonante. En una pequeña capsulita se pone clorato, se comprime con los dedos, se empapa en sulfuro de carbono, y se pone sobre esto un trocito de fósforo blanco, se deja en reposo y al poco tiempo estalla con gran estrépito, pero sin producir daño alguno.

-¿Y cuál es el plan? -volvió a preguntar la Borrega.

-Pues verás -prosiguió Pichóno La Compañía de Compañeros Explotadores de Explosiones saboteará con estas cápsulas detonantes actos vergonzosos como las llamadas polémicas del Teatro Iris, las festividades organizadas por el gobierno y sobre todo las famosas representaciones culturales de propaganda atea, a las cuales obligan a asistir a los sufridos empleados públicos. Con elementos de la disuelta sociedad Pro Erosión formamos la mesa directiva, de la cual yo soy la cubierta; el cajón, encargado de proveemos de materias primas, donativos, etc., es Pancho, y como patas de la misma fueron electos el Chivo, la Rata, el Gato y el Profe. Como por ser limitada nuestra sociedad no tiene lo suficiente para adquirir las materias primas necesarias, estamos planeando la forma de agenciárnoslas y ahora mismo voy a ver cómo consigo el fósforo con Matasiete. La Borrega se le unió y juntos se fueron a la escuela en busca de don Anselmo, un mártir de la enseñanza, debido a su excesiva miopía y bondad de carácter.

-Buenos días, sabio maestro -le dijo Pichón.

-¡Tú por aquí en día de asueto! ¿ eh? -respondió .Matasiete ¡vaya!¡vaya!

-Qué quiere, maestro... Supersticiones. Soñé que usted me reprobaba y me dije al despertar: "Rafael, tú necesitas fósforo, ve y pídeselo a Don Anselmo", y aquí me tiene usted.

-¡Bien, muchacho! -exclamó el buen viejo-o Dios se valió de ese sueño para decidirte ¿eh? Yo te daré ese fósforo como tú dices, pero es necesario que estés dispuesto a recibirlo.

-Ya lo creo que estoy dispuesto, maestro, si a eso vengo y también quiero suplicarle nos dé un repaso, porque en verdad no he entendido bien.

-"Lo que pasa es que no has atendido; pero para tu tranquilidad te diré que el año próximo pienso dar un repaso general a la materia, así que ya verás si ahora te aplicas o te quedas al repaso.

-Pues soy capaz de ocultar mis conocimientos a la hora de examen para estar un año más con usted.

-Vaya, vaya, que tú debías ser licenciado. Ven por acá, trataré de desasnarte.
Don Anselmo subió al estrado y comenzó a preparar probetas y substancias para el ensayo que pensaba realizar, dando las explicaciones del caso al Pichón, quien atentamente lo observaba.

En una probeta colocó el profesor la substancia por probar, y cuando más entretenido estaba preparando los reactivos, la tomó el Pichón en sus manos y dejó caer en su interior algo que le venía molestando en la garganta. Después volvió a colocarla en su sitio. De allí la tomó el maestro, quien sin advertir el agregado vertió el reactivo, agitó la probeta por breves momentos y observó detenidamente el resultado. Su primera reacción fue de duda: no podía creer lo que veía. Limpió los gruesos cristales de sus anteojos y tornó a examinar el contenido de la probeta. Entonces su asombro fue indescriptible, y hablando consigo mismo decía: "un precipitado gelatinoso... un precipitado gelatinoso, ¿eh?" Por fin, sin salir de su admiración exclamó: - Bueno, muchacho, te dejo. Tengo mucho que hacer. Y se retiró al fondo del salón, donde guardaba sus libros, tomó un grueso volumen y comenzó a buscar la explicación del extraño fenómeno que acababa de operarse. La Borrega se retiró violentamente del salón, pues a punto estuvo de estallar en estrepitosas carcajadas. Para entonces ya había hecho provisión de fósforo blanco. Aquel mismo día hicieron acopio de tapas de metal de las que cubren los tubos de aspirinas, compraron las otras substancias, y por la noche ultimaron los preparativos para la prueba.

En casa del Gato se reunieron los socios de la flamante sociedad y después de preparar cuidadosamente las cápsulas detonantes, salieron a la calle a colocarlas cerca de un policía técnico y regresaron a ocupar los balcones de la casa para gozar del espectáculo que la ciencia de Mata siete les proporcionaba. Momentos después se escuchó una fuerte detonación seguida de otras más. El gendarme corrió a parapetarse en un zaguán, pistola en mano, y con el silbato pedía auxilio con ansiedad que movía a compasión. Poco tiempo después una multitud de curiosos rodeaba al policía. Los autores del escándalo continuaron en los balcones, donde sufrieron largo interrogatorio por parte de agentes investigadores que mandaron exprofeso, pues encontrándose próxima al lugar de las detonaciones la iglesia de San Rafael, donde días antes se había trabado un verdadero combate entre vecinos y policías, el escándalo resultó mayúsculo y fue necesaria la intervención de un piquete de la montada para disolver los grupos que se formaron. El suceso fue comentado aquella noche en el Grupo por sus autores con la gracia de sus conversaciones expresivas. El éxito de su debut los llenó de regocijo y aumentó considerablemente sus filas.Había logrado Pichón lo que quería: ser jefe de un grupo de acción directa.

-Al acto brutal sólo con la fuerza se puede responder -decía él-. Esto no es sino el principio de una acción enérgica que habrá de venir cuando todos se hayan convencido de la inutilidad de contestar los golpes de fusil con palabras en papel.

Después se prepararon para interrumpir una representación anticlerical anunciada en el Teatro Nacional y a la cual obligaron a asistir a empleados de una determinada secretaría de Estado. La .entrada era gratuita y no tuvieron dificultad para llegar a la sala. El personal de la puerta se limitó a indicarles dónde debían de pasar lista de presentes, creyéndolos servidores públicos. Una vez dentro distribuyeron sus inofensivas pero ruidosas cápsulas. La Rata preparaba la suya cuando se dio cuenta de que en la oscuridad de la sala resplandecían sus manos por el fósforo que había en ellas; sacó el pañuelo y se limpió cuidadosamente, pero el fósforo se inflamó al evaporarse el sulfato de carbono y se incendió el pañuelo, lo que atrajo hacia él las miradas de los que se encontraban a su alrededor. Dejó su cápsula apresuradamente y salió del teatro a reunirse con sus compañeros.

Instantes después se oyeron varias detonaciones y en seguida el público empezó a salir despavorido. La función se interrumpió y la policía aprehendió a muchos de los que se encontraban en las localidades altas, sobre los lugares donde las detonaciones fueron escuchadas, asegurando haber visto cómo arrojaban los explosivos. Enterados los jefes del movimiento de resistencia de las actividades de este grupo de acción directa, lo aprovecharon confiándole comisiones de extrema importancia, especialmente encaminadas a contrarrestar golpes inminentes de la policía, cuyos planes eran frecuentemente conocidos a través de un bien organizado servicio de contraespionaje, establecido en las mismas prisiones donde numerosos detenidos tenían contacto con policías que no estaban de acuerdo con la persecución a los católicos. Así se supo que un grupo antirreligioso exaltado planeó un asalto a la Basílica de Guadalupe, centro religioso del pueblo mexicano. Se ordenó a los agentes policíacos dar garantías a los que pretendían cometer el atraco y aprehender a los católicos que en cualquier forma ofrecieran resistencia a la acción del grupo, y que los hicieran responsables de los desórdenes que ocurrieran. Avisados los del Daniel O'Connell y en particular la Componía de compañeros, nos fuimos a los mercados de las barriadas populares de la Ciudad de México. Raúl, Pichón y yo fuimos destacados al mercado de Santa Julia, formado por barracas y puestos situados en las banquetas a lo largo de varias calles. En uno de sus extremos iniciamos nuestra labor de reclutamiento, subidos sobre los mismos puestos.

-Pueblo de México! -gritó Raúl con toda la fuerza de su potente voz-, nuestra Madre Santísima de Guadalupe está en peligro. Calles ha ordenado su destrucción y su mafia pretende cometer en nombre del pueblo mexicano un crimen del que nos avergonzaríamos siempre. El tiempo apremia; demostrémosle que somos sus hijos, e hijos agradecidos por tanto favor como nos dispensa.' Vamos a la Villa a cubrir con nuestros pechos el templo que ella nos pidió.

-¡Mexicanos, viva la Virgen de Guadalupe!
-¡Viva! -respondió la multitud.
-¡Viva Cristo Rey! -grité entusiasmado.
-¡Viva! -corearon cien voces.
-¡A la Villa, a la Villita! -gritaron todos, y poniéndonos
a la cabeza del grupo fuimos recorriendo las demás calles del mercado hasta su otro extremo. El pueblo repetía la invitación a los que no habían escuchado las palabras de Raúl y por sus nombres se llamaban unos a otros.
-A la Villa, a la Villita! i Viva la Virgen de Guadalupe!

Por dondequiera surgieron hombres y mujeres con garrotes, estacas y cuchillos. El grupo comenzaba a volverse incontrolable; sólo su idea fija de ir a la Villa de Guadalupe lo salvó de cometer actos de represalia contra los guardianes públicos o atacar objetivos reconocidos por ellos como centros de actividades gubernamentales. Apiñados en cuanto vehículo nos fue dable conseguir partimos para la Villa, donde al llegar encontramos a los habitantes del lugar congregados alrededor de la Basílica. Continuamente llegaban nuevos contingentes de todas partes de la ciudad. Cuando hicieron acto de presencia los que iban a celebrar el mitin que había de culminar con el ataque a la Basílica, la multitud era imponente. Al ver aquellos miles de fieles en actitud agresiva, desistieron de su intento y sin bajarse de los camiones oficiales de Limpia y Transportes que los llevaban, se limitaron a injuriar al pueblo .allí reunido, el que contestó con epítetos igualmente altisonantes, y terminó el duelo por ambas partes en descomunal rechifla, mientras los transportes gobiernistas se retiraban con sus comparsas. Al verlos partir la gente se entusiasmó y un grupo inició el himno nacional que pronto fue careado por todos los presentes. Hasta muy lejos se escuchaba el vibrante coro: Mexicanos, al grito de guerra el acero aprestad y el bridón y retiemble en su antros la tierra al sonoro rugir del cañón. Siguieron las estrofas del Himno de la Libertad, cantadas con la música del mismo Himno Nacional Mexicano:

¡Madre, Madre! tus hijos te juran
Defender con valor y denuedo
El tesoro divino que el cielo
Generoso en tu imagen nos dio.
Aunque luche el infierno y sus huestes
Por destruir nuestros sacros altares,
No podrán, con que tú nos ampares,
Arrancar de nuestra alma a  Jesús.

El pueblo permaneció en vela durante aquella noche y se organizaron guardias permanentes en previsión de un posible ataque de los callistas. En otra ocasión nuestro servicio de contraespionaje informó que la Inspección de Policía estaba en condiciones de asestar tremendo golpe a las imprentas donde se hacía la propaganda de la Liga Defensora de la Libertad, lo cual se confirmó rápidamente, pues en unas cuantas horas los agentes de las Comisiones de Seguridad clausuraron numerosas imprentas comerciales, acusadas de hacer trabajos considerados sediciosos. Al grupo de Pichón le pidieron con urgencia pusiera a todos sus miembros en actividad para salvar la costosa presa donde se hacía el periódico Desde mi Sótano. Corriendo un riesgo inminente, pues se tenía la seguridad de que la policía llegaría de un momento a otro, los ex-socios del grupo Pro Erosión, desarmaron con increíble rapidez la moderna' prensa plana, silenciosa y rápida, que era el orgullo y la esperanza de la oficina de propaganda del movimiento de resistencia. Pieza tras pieza fue llevada a los coches que se las llevaban y volvían por otras más. Así fue posible sacar también cajas de tipo, prensas de mano, y en un alarde de valor y entusiasmo, hasta el papel que tan difícil era conseguir, pues el gobierno vigilaba estrechamente sus fuentes de abastecimiento.

Días después reapareció Desde mi Sótano bajo la dirección del Licenciado Verdad, quien en su primer número elijo: "Al Pueblo Católico. Mexicano: Con motivo de las inundaciones recientes, las clausuras de imprenta, de los ciclones y ventoleras y de otros fenómenos meteorológicos, a Sil vio Pellica, nuestro primer director, se lo ha llevado la trampa. Recojo con gusto la herencia que nos dejó, y de hoy en adelante, tras de breve interrupción de nuestro periódico, el periódico de primera necesidad, tendré la honra ele cargar con su peliaguda dirección". El artículo de fondo revelaba profunda amargura por lo ocurrido. Se titula ¡Judas!, y dice: Hay un tipo, entre los tipos criminales, el más abominable odioso de todos. Es la deshonra de la especie humana: Judas Iscariote.


Hay traidores de todas clases, la beata fingida, aparentemente una señora de la aristocracia, que se constituye por unos cuantos pesos espía de la Secretaría de Gobernación, y se hace invitar a las reuniones de católicos, para ir luego con el chisme a quien le paga. El agente confidencial, que se insinúa en alguna familia, y aun se finge cura, para delatar un supuesto complot. El amigo de antaño, que come en la misma mesa, y recibe las atenciones de una caritativa señora y sus buenas hijas, y por quinientos pesos denuncia, agrandándolas, unas palabras inconsideradas, dichas en la intimidad de la familia. El General que se dice revolucionario y enemigo del gobierno, y ostenta bajo su dolman medallas,  escapularios y reliquias, y lleva a la tragedia final a dos jóvenes que se confían de él. El alto prócer de las más altas de las mas esferas, que ayer era un joven piadoso, educado en colegio católico por sacerdotes, miembro de la Congregación.