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martes, 16 de febrero de 2016

Memorias de de un mártir Cristero o “Entre las patas de los caballos” (continuación)


Familia Vargas González





Elementos convenientemente distribuidos trataron de dar animación con gritos de Viva Calles o Abajo el mal clero, los cuales fueron silenciados con otros en falsete de cállate, barbero; vendido o ¿cuánto te pagan? Calles llevó los cuerpos pero no dispuso de las voluntades.  Completando su cuadro de propaganda, los callistas organizaron en los mismos días una serie de "polémicas de orientación", a las cuales se invitó a los católicos "para discutir el problema religioso". Ampliamente fueron anunciadas, convocando al pueblo al Teatro Iris donde tendrían lugar, o bien a escucharlas por la radio. Los católicos respondimos de buena fe y fueron designados cuatro oradores que habían de contender con tres ministros de Estado y un líder obrero. Experimentamos la primera sorpresa cuando al acudir a las oficinas de la C. R. O. M., por pases para el teatro, las encontramos bloqueadas por obreros que informaban se habían agotado las entradas, y el desengaño definitivo lo tuvimos al escuchar cómo, llegado el turno a los oradores católicos, se impidió oírles con gritos de traidores, hipócritas, silbidos y siseos ; pero no impidieron que la chispa del ingenio popular lapidara al Ministro del Trabajo, cuando queriendo impresionar a su auditorio dijo: "i Si Cristo socialista viviera, hubiera estado con nosotros en la manifestación de respaldo al presidente Calles!" Entonces se escuchó claramente por la radio el grito que llenó la sala: "i Si no, lo hubieran cesado!" Una carcajada general ahogó las palabras del ministro demagogo.

Todo contribuía a enardecer los ánimos y las noticias alarmantes continuaban. En Saltillo se organizó una manifestación de respaldo semejante a la de la Ciudad de México, pero allí el pueblo prorrumpió en gritos de ¡Viva Cristo Rey! y llevó a cabo una contramanifestación que chocó con la oficial, y se produjo un sangriento encuentro. La policía aprehendió a prominentes católicos ajenos a los motines callejeros, temerosos de que éstos pudieran organizar un movimiento más serio. Los diarios, en sí muy cautelosos para dar noticias, hicieron saber que los jefes de operaciones militares habían enviado columnas volantes a los pueblos, "aun a los más distantes de las sierras, a recoger a buenas o malas toda clase de armas que poseen los indios en grandes cantidades, para evitar que los delitos de sangre se multipliquen".

En la metrópoli hizo declaraciones el Jefe de las Comisiones de Seguridad, en el sentido de que estaba muy preocupado porque "recibía continua, noticias de que los católicos tramaban una vasta conjuración en todo el país, por lo que se habían hecho numerosas aprehensiones en Chihuahua, Jalisco, Puebla, Michoacán, Tabasco y sobre todo en el Distrito Federal".

En San Ángel corrió el rumor de que el Patriarca Pérez -sacerdote descalificado de quien quisieron valerse Calles y Morones para fundar una parodia de iglesia denominada Católica Mexicana- intentaba apoderarse de la parroquia de San Jacinto, por lo que los católicos se propusieron impedirIo, y con este objeto se reunieron en casa de la presidenta de las Damas Católicas de esa población. La policía creyendo en una conspiración trató de catear la casa, pero, al ver el despliegue de fuerzas, el pueblo echó a vuelo las campanas, y se congregó gran multitud que apedreó a la poli, que tuvo que emprender la retirada. Nuestro Grupo, Daniel O'Connell, continuaba estrechamente vigilado, por lo cual fuimos citados los socios en una casa deshabitada para recibir instrucciones de los altos jefes del movimiento de resistencia.

Al caer la noche entramos cautelosamente, atentos a las indicaciones de los que montaban guardia en las calles vecinas. Ya en el interior de una espaciosa sala donde una vela iluminaba débilmente los rostros juveniles, los socios, sentados en el suelo, esperaban en silencio el principio de la junta. Allí vi por primera vez a varios de los que habían de destacar como paladines de una heroica resistencia, algunos de los cuales habrían de morir gritando Viva Cristo Rey ante las balas asesinas: i Humberto Pro Juárez, Armando Téllez, Luis Segura Vilchis! Ayer desconocidos y mañana resplandecientes con la más pura de las glorias. Sus fotografías las llevan hoy no pocos católicos en sus devocionarios. El Anciano tomó la palabra para decimos: -¡Acejotaemeros!, nos encontramos en estos momentos decisivos para nuestra patria, alrededor del viva...

- ¡Presumido! -comentó en voz alta el Pichón-: una vela y gracias.
-Seriedad, por favor -suplicó-: las circunstancias lo requieren. “Antes de presentarles a los compañeros que están aquí con nosotros quiero pedirles a ustedes dos cosas, sin las cuales nuestra empresa se convertiría en loca temeridad: el sigilo y la obediencia.

Exigimos el secreto de cuanto se hable en el Grupo o en cualquier parte, y cuya divulgación pueda perjudicar al movimiento o a los que trabajan en él. La respuesta a cualquier pregunta indiscreta, así mediara el tormento, deberá ser un no sé terminante. La obediencia a las órdenes emanadas de los jefes que hemos elegido debe ser absoluta, sin discusión, y queda terminantemente prohibido dar órdenes motu propio. Valor, decisión, entusiasmo, no faltan a ninguno de nosotros; pero como la lucha será ardua, e indudablemente transcurrirán largos meses antes de que veamos nuestros sacrificios coronados con el triunfo, debemos alentar a los que desfallezcan. Digamos con el Ilustrísimo Obispo de Tamaulipas: -"Si avanzo, seguidme; si me detengo, empujadme; si retrocedo, matadme". Sí, la muerte es preferible a la vergüenza de la fuga.

Están con nosotros compañeros del Centro de Estudiantes a quienes vemos como hermanos mayores. En nombre de ellos Eduardo nos dirá palabras de orientación. Eduardo, que gozaba de gran ascendencia y simpatía, nos habló en estos términos: Un ilustre abogado, maestro mío, nos propuso este nuevo mandamiento: No sufras jamás una injusticia si puedes evitarla. La causa general de la ley y del derecho está en juego en cada atentado, el ciudadano que se resigna a sufrir lo tranquilamente, sin defenderse por todos los medios lícitos, es un tránsfuga de la causa de la justicia y un enemigo de los intereses nacionales, siempre solidarios del triunfo del derecho. Hasta que no llegue el día -prosiguió Eduardo- en que la conciencia moral del pueblo mexicano evolucione al grado de que se considere tan criminal y odioso abandonar la defensa de sus derechos, como criminal y odioso es matar, robar, estafar, calumniar, etc., hasta entonces será posible en .México el reino de la ley. Mientras la inmensa mayoría reciba tranquilamente las mayores arbitrariedades del poder público, y no sienta por ello el menor asomo de vergüenza, los buenos gobiernos serán imposibles y seguiremos teniendo los gobiernos que padecemos. Las revoluciones en México han dado muerte a la conciencia del derecho y por eso no hemos sabido defenderlo, no hemos sentido todos la ignominia de ser esclavos de ambiciones políticas.

Los malos gobiernos son correlativos de los malos ciudadanos. Desarrollan sus frondas del seno de multitudes pasivas, que no saben defender sus derechos, o los que sólo defienden intermitentemente, por medio de revoluciones que estallan cuando la situación es intolerable. La mayoría de los ciudadanos no sufren por las arbitrariedades del poder, sino en el caso en que esas arbitrariedades perjudiquen a sus intereses y en la proporción en que se hace el perjuicio, pero entonces no es el sentimiento del derecho el que protesta, es el egoísmo, es el amor a la riqueza, , es la codicia ruin, que sólo produce, en su defensa, resultados mezquinos y vergonzosos: cohechos, soborno, transacciones», con la autoridad, súplicas humillantes, actitudes serviles. Si llega el caso de clasificar, según la importancia, estas dos máximas: 'no cometas ninguna injusticia y no sufras tranquilamente una injusticia, decididamente considero primera máxima esta última. Un aplauso espontáneo, imposible de reprimir, rubricó las palabras de Eduardo. -¡De pie, compañeros! --exclamó Luis-. Hagamos la solemne promesa de consagrarnos al servicio de Dios y nuestro Derecho. De nada nos sirve formar parte de una nación independiente si somos esclavos en nuestro propio suelo. Como mexicanos y como católicos estamos dispuestos a morir por la patria en lucha con el extranjero, pero igualmente estamos dispuestos a sacrificarnos por ella cuando la causa de la justicia y de la libertad interior así lo exige. y todos repitieron con gravedad que conmovió sus juveniles pechos el juramento que Luis formuló: ¡ Defender lo que con tu sangre conquistaste, sin escatimar tranquilidad, felicidad y vida, Le lo juramos hoy, Cristo! Se levantó la sesión, pero como la salida debía hacerse de uno en uno y con pequeños intervalos, volvimos a ocupar nuestros puestos alrededor del cuarto.

-Ahora estuvimos todos -dijo Manuel-; pero quién sabe si el día del triunfo tengamos que lamentar la falta de algunos.
-Guarda tus lamentaciones, Jeremías -arguyó Pichón-; de Lodos modos dentro de cien años todos calvos, y ya que hemos de morir, oye lo que para tu consuelo les voy a contar: en una panadería trabaron estrecha amistad una pieza de pan y un pedazo de papel.

Por algún tiempo fueron felices, mas cuando menos lo esperaban sintiéronse estrujados por una mano que tomando el pan lo envolvió en el papel. Su alegría fue inmensa, pero como no hay felicidad verdadera pronto fueron separados. El pan, derramando lágrimas se despidió de su amigo y rápidamente le contó la suerte que le esperaba; pero el papel, lejos de inmutarse se alegró y le dijo: no te aflijas, a la salida nos veremos!



V
Constituida la Confederación de los estudiantes católicos, organizamos círculos de estudio para los socios registrados como conferenciantes en la sección de propaganda oral de la Liga. Semanariamente recibíamos del Director un extracto de los temas por tratar y nos ejercitábamos desarrollándolos. La primera reunión se celebró en un vasto corralón contiguo a la iglesia de El Niño Limosnerito; y se designó como conferenciantes a Luis, Raúl y Manuel. Concurrieron más de quinientas gentes del pueblo, destacando los obreros ferrocarrileros con su ¡típica indumentaria. Al llegar encontramos a algunos alarmados por los sospechosos movimientos de dos gendarmes, los que a su vez no estaban menos inquietos al ver reunirse tan gran número de personas, cuando las "instrucciones precisas" de sus jefes eran las de no permitir reunión alguna. Al enterarse de lo que ocurría, el tuercas, uno de los ferrocarrileros organizadores, salió del corral seguido por otros compañeros, fue al encuentro de los policías y los invitó cordialmente a pasar.

-Disimule, señor -contestó uno de ellos-; pero estamos de punto y no podemos abandonar el crucero.
-Están de vigilancia -le contestó el Tuercas-, y deseando saber lo que allí pasa, por eso los invito a entrar.
-Pos vamos -dijo el otro gendarme y se dirigieron al corralón acompañados por la "comisión de invitación".

Ya adentro fueron rodeados por la concurrencia de obreros que los miraban con malos ojos, pues el pueblo necesita en todo estado de descontento una figura humana, un chivo expiatorio, en quien concentrar su odio. Acostumbrados a pensar partiendo de seres humanos, las ideas no son plenamente claras para su capacidad si no palpan los personajes; si hay un mal, quieren ver al malvado. Calles, causante de sus desdichas, estaba fuera de su alcance; pero esos dos gendarmes representaban para el pueblo a la odiosa tiranía. Estrechados fuertemente por quienes les rodeaban no opusieron resistencia al ser desarmados. El Tuercas entregó las pistolas y macanas de los agentes a dos fornidos mecánicos y les dijo: "Tomen, compañeros, y si éstos intentan escapar, ya saben". Luego suplicó iniciar la conferencia. El primero en pasar a la improvisada tribuna fue el Anciano, quien dijo: -j Compañeros obreros! ¿Qué cosa es una huelga de trabajadores? Es un acto de resistencia legal, ejercida cuando el capital comete arbitrariedades o se niega a conceder lo que en justicia nos pertenece. Es un acto pasivo que sin ser delictuoso obliga a las instituciones poderosas a capitular. ¡Eso mismo es el boycot económico, decretado por la Liga Defensora de la Libertad! No nos pide tomar las armas, ni siquiera que nos salgamos de los carriles del orden para seguir los de la violencia. Sólo nos dice: no compres sino lo indispensable para subsistir. ¡Es una huelga de compradores! Se busca una parálisis económica, una crisis, y en ello no hay delito alguno, como tampoco lo hay cuando la crisis se determina por una huelga.  Una parálisis económica es cosa grave, sobre todo en México donde vivimos al día. Un mes más de quietud puede ocasionar una situación terrible; pero el gobierno puede restaurar la normalidad con sólo renunciar a la legislación radical que repudia la inmensa mayoría del pueblo. Dicen que el boycot es cruel. Sí, ya lo sabíamos, lo sabíamos mejor que nuestros enemigos que se reían de nuestro medio de defensa llamándolo ridículo. Lo que nos extraña es que lo digan los que para escalar el poder no han medido los sacrificios de nuestro pueblo en dieciséis años de continuas revueltas, los que todo han devastado con sus robos e iniquidades. Nuestra arma es lícita y la esgrimimos en legítima defensa; pero al fin es arma y hiere. ¿Que ataca a los pobres? Queremos que nos digan los tiranos de ahora si los pobres sufrieron menos en los años llamados del hambre, ocasionados por las revueltas, y si alguno de ellos fue entonces su defensor o protector caritativo. La masa popular aceptó secundar el boycot a que fue invitada, y constituye su aceptación un plebiscito popular que el gobierno debe respetar. El boycot como movimiento de resistencia popular indica un mejoramiento considerable del espíritu nacional. Por muchos años nos hemos rendido ante cualquier gesto imperioso de los revoltosos. En los años álgidos de 1915 y 1916, bastaba que un matachín se acercara a una plaza, para que sus habitantes suplicaran al jefe de la guarnición no opusiera resistencia. Todo menos luchar; nadie pensaba en defenderse; se aceptaba la imposición como algo fatal o irremediable. La gente temblaba de terror con sólo escuchar un balazo o ver ondear una bandera. Hubo capital de Estado de más de cincuenta mil habitantes capturada por un pelotón de veinticinco hombres, y esas gentes cobardes condenaban a los pocos espíritus viriles que intentaban resistir, con el pretexto de que complicaban la situación. El que no se defiende desea que los demás tampoco se defiendan. Así, dentro de la cobardía colectiva parece menos culpable la cobardía individual. Ahora es distinto. Nuestros enemigos ya lanzan gritos de miedo, miedo de muerte y muerte por estrangulación. ¡Que acabe el boycot!, claman desesperados y nosotros contestamos: y Que acabe la tiranía!, porque nadie nos negará el derecho de legítima defensa en una forma que estimaron al principio ridícula, ineficaz y risible.