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jueves, 25 de febrero de 2016

La Pequeña Historia de mi larga Historia

Capítulo 1
"La infancia"

Pasamos algunos años de vida apacible en familia con buenos padres cristianos, profundamente cristianos. Es cierto que la iglesia parroquial no estaba lejos, cinco minutos a pie. Cada mañana mis padres acudían a ella muy temprano para comulgar, y asistir a Misa cuando podían. En aquel tiempo, en la parroquia, un sacerdote daba la comunión cada cuarto de hora, desde las cinco y cuarto de la mañana hasta las nueve, si mal no recuerdo. Era costumbre en aquel tiempo, porque muchas personas acudían al trabajo y no disponían del tiempo para quedarse a la Misa. Por eso, quien llegaba a la iglesia algunos minutos antes del cuarto de hora, estaba seguro de poder comulgar. Algunos minutos para prepararse, algunos minutos para la acción de gracias después de haber comulgado, y se partía luego al trabajo. Mis padres tenían la costumbre de asistir a la Santa Misa, pero si no podían, al menos comulgaban. Observando las leyes de Dios, comenzaron por tener cinco hijos, uno por año, y luego otros tres algún tiempo más tarde. Tres en 1903, 1904, 1905, los tres primeros; luego, en 1907, mi hermana María Gabriel, en 1908 mi hermana María Christiane, y en 1914, justo antes del comienzo de la guerra, José. Finalmente, los otros dos después de la guerra. Vivíamos felices durante esos años que precedieron la guerra. Mis padres se habían casado en 1902, yo nací en 1905. Por lo tanto, tenía yo nueve años cuando se declaró la guerra.


El ambiente de vida en el Norte



El ambiente de vida en el Norte era un ambiente de trabajo. El trabajo en la fábrica lo dominaba todo. Cada cual acude a la fábrica, patrón, empleado, obrero; uno a las seis de la mañana, otro a las siete y media. El obrero se queda en su trabajo hasta el toque de campana, y el patrón algunas veces hasta las nueve o las diez de la noche. Y eso es así cada día. Fábrica textil : a las cinco y media o seis de la mañana se oía cómo los trabajos se ponían en marcha. Las chimeneas comenzaban a humear, pues todo funcionaba con carbón; aún no había electricidad. La vida era regular, un poco monótona. El tiempo en esas regiones es generalmente nublado, un poco gris, lo cual no incita mucho a ir de paseo. Por eso a la gente le gusta el trabajo, y se sentiría desgraciada si no fuese a trabajar. Es un poco parecido a Suiza alemana : es lo mismo, no me podrán decir lo contrario. Cuando visité Ibach en la región de Schwytz, había una señora, la señora Elsener, muy buena persona, que tenía una fábrica de cuchillos. Contaba nada menos que con mil obreros. No era empresa de poca monta. Como su marido había muerto, ella misma era la patrona, y dirigía la fábrica con uno de sus hijos. Todos sus hijos trabajaban : las mujeres en la oficina, los varones en la fábrica. Ella también trabajaba desde la mañana hasta la noche, y me decía en su sencillez : «Mire usted, nuestros obreros están tristes el domingo, porque no pueden venir a trabajar en la fábrica... Es su vida». Así era la vida en el Norte en otro tiempo, una época que ya pasó. Hoy en día, prácticamente, la industria textil ha hecho quiebra, ha muerto a causa de la concurrencia extranjera, a causa de las nuevas condiciones.

Existía entonces esa cuenca minera que se extiende desde Bélgica, por el lado de Mons, hasta la Ruhr, en Alemania; inmensa cuenca minera que atraviesa toda Europa hasta Inglaterra. Era la fuente de energía, de donde se sacaba el carbón para poner en marcha las fábricas, etc. Las fábricas se situaban cerca de esa fuente de energía, y no lejos de los puertos, para traer el algodón y la lana desde Australia, Argentina, Egipto. Como era una zona poblada, industriosa y trabajadora, las fábricas florecieron en ese momento, contando con condiciones muy favorables. Más tarde todo cambió, con la llegada de la electricidad y del petróleo, de las nuevas condiciones de vida, de los transportes y de otras cosas más. Vino entonces la concurrencia extranjera : Japón, los Estados Unidos, América del Sur, se pusieron a montar industrias, y eso acarreó prácticamente la quiebra en todas partes. Actualmente ya casi no quedan industrias textiles en el Norte. Como les decía, llevábamos una vida tranquila. Teníamos un buen colegio a cinco minutos de casa, y una buena institución, las Ursulinas, muy cerca también. Las niñas iban a las Ursulinas, los niños iban al colegio; y por ese lado llevábamos también una vida muy regular. A las ocho salíamos de casa; gracias a Dios, dos excelentes personas ayudaban a mamá a ocuparse de los hijos. Antes de salir nos decían : «¿No te olvidas de nada, te has puesto el pañuelo en el bolsillo, no te dejas la merienda, no te olvidas de esto o de aquello...?» Y nos daban un beso añadiendo : «Bueno, hasta luego, ten cuidado, camina por la acera...» Nos sentíamos rodeados, podríamos decir, del afecto de tres madres. Eramos niños muy dichosos en ese tiempo.

Primera Guerra Mundial



Viene entonces la terrible guerra. Una guerra como la de 1914-1918 es algo espantoso, verdaderamente espantoso. Movilización, evidentemente : todos los hombres deben partir, y las madres se quedan solas con sus hijos, de la noche a la mañana. Es horrible cuando se piensa en cosas como estas, espantoso. ¿Cómo harán ellas para el trabajo, cómo harán para conseguir el alimento? ¿Qué va a ser de ellas cuando ya no queda ningún hombre en casa? En las escuelas sucede lo mismo : los profesores debieron irse, movilizados. Quedan algunos, ya por ser de edad avanzada, ya por estar enfermos. En las parroquias, también los vicarios son movilizados; no quedan más que uno o dos sacerdotes donde antes había cinco o seis. Y luego, rápidamente, empezaron los combates, la invasión, las muertes, los prisioneros, etc., las noticias del frente : tantos muertos, muchos prisioneros. Mucha gente del Norte fue apresada en Bélgica.

Mi padre, sin embargo, no se fue enseguida; no podía ser movilizado porque tenía seis hijos. Por eso se quedó. Pero quiso ayudar a los prisioneros ingleses y franceses a huir de las líneas enemigas, de las cárceles, del campo donde se encontraban encerrados, para que pudiesen volver a sus hogares. A partir de enero de 1915 se dio cuenta de que era buscado por los Alemanes, y de que ciertamente sería fusilado si lo capturaban. Así, pues, debió huir. Dando un rodeo por Bélgica, Holanda e Inglaterra, pudo llegar a la zona no ocupada de Francia, para evitar que la policía alemana lo abatiese. Papá se había ido, mientras que nosotros permanecimos allí durante la guerra, cuatro años de ocupación. Los Alemanes vinieron a ocupar la ciudad dos meses más tarde. Vimos a húsares, lanceros, todavía a caballo en ese momento, desfilar por las calles, con casco, con lanzas de tres metros de largo. Ocupaban la ciudad, movilizada esta vez por los Alemanes; había que albergar a los militares y hacerse cargo de ellos. Todos los que eran capaces, incluso las jóvenes y las mujeres de edad, eran movilizadas y debían trabajar para el ejército alemán.

Al mediodía la ciudad hacía distribuir sopas populares, e íbamos a tomar una sopa en las salas de la municipalidad, porque poco era lo que se encontraba para comer. Supuestamente, los Americanos nos enviaban alimentos : pollos que desde allá llegaban completamente podridos, y harina. Aún me pregunto por dónde pasaba esa harina, porque cuando el pan nos llegaba era negro, completamente negro, no se secaba, estaba aún blando por dentro, y la miga se desprendía de la corteza, era como masilla; y era eso lo que debíamos comer. Probablemente era, no sé, harina de trigo negro o harina de papa, de legumbres. Era un pan… Se compraba eso en la panadería. ¡Qué le vamos a hacer, algo había que comer! Reinaba verdaderamente la privación y la miseria, una gran miseria; y luego vinieron los registros. Los Alemanes descubrieron reservas de lana en la fábrica, ocultas en los sótanos detrás de falsos muros para evitar que se las llevaran. Perforaron sistemáticamente todos los muros de todas las fábricas, en todos los sótanos, cada tres o cuatro metros, para ver si no quedaban otros escondrijos con reservas de lana, etc. Descubrieron algunas en nuestra casa, y mi madre fue encarcelada durante varias semanas. Ya no me acuerdo si fueron varias semanas o varios meses, pero en fin, fue encarcelada por esto. Mi madre dejaba a sus hijos solos en manos de las criadas, que eran muy buenas; pero, en fin, todo eso le provocaba muchas emociones. Fue entonces cuando contrajo una descalcificación de la columna vertebral, de suerte que al fin de la guerra debió ser enyesada. Durante años, aún la veo, debió quedarse acostada en el comedor de la casa, como consecuencia de los sufrimientos de la guerra, como resultado de las privaciones de la guerra.

Esta guerra causó verdaderamente sufrimientos penosos. Nosotros, que éramos niños, no nos dábamos tanta cuenta de lo que ocurría, menos que los mayores ciertamente, pero a pesar de todo había cosas que no podían pasarnos desapercibidas, porque estábamos muy cerca de la línea del frente, al sur de Bélgica, por el lado de Ypres y del famoso Monte Kemmel, donde hubo batallas terribles. Por la tarde y por la noche se veía el horizonte completamente iluminado por los obuses que estallaban en gran número y sin cesar. Escuchábamos el redoble y el retumbar de los obuses. A lo largo de la línea del frente, el cielo ardía. Era espantoso. Y por la mañana veíamos llegar al hospital, en frente de nuestra casa, a todo un cortejo de heridos, por centenares, sin contar los muertos, tanto del bando aliado, del bando francés, como del bando alemán. Estábamos del lado ocupado por los Alemanes; por eso veíamos sobre todo a sus heridos, a todos esos pobres heridos… Ya lo ven ustedes, esto dejó huella en nuestra infancia. Aunque se tengan sólo nueve, diez u once años, las imágenes quedan grabadas en la memoria… La guerra es realmente algo espantoso, y todas las consecuencias de esta guerra, todos los sufrimientos, las emociones continuas… Un día, los Alemanes anuncian la movilización de todos los que aún gozaban de salud, para ir a trabajar en los centros especiales para seleccionar municiones, pedazos de cobre y otras cosas por el estilo, porque comenzaba a escasear el cobre para los obuses, etc. Necesitaban personal. Por eso ordenaron a toda la gente de todas las casas que se pusieran en la acera, listas para partir. Toda la gente mayor de dieciséis o diecisiete años (¡fíjense, diecisiete años!), toda la gente que gozaba aún de salud, debía estar preparada con su equipaje, sobre la acera, y los Alemanes pasarían y tomarían a una u otra. No se sabía de antemano quiénes partirían y quiénes no. Por eso debían estar todos afuera, me acuerdo muy bien. Nosotros éramos niños, por eso no nos tomaron, y nuestras criadas tenían demasiada edad para partir. Pero, en fin, asistimos a este desfile de personas que esperaban sobre la acera. Los Alemanes pasaban con camiones, hacían subir en ellos a las personas requisadas y se las llevaban sin que supieran qué iba a ser de ellas.

Evidentemente, todo eso provocó inquietudes, dolores, separaciones; era algo horroroso. Uno no se imagina lo que es, lo que puede ser la guerra. La crueldad, la brutalidad, las heridas, las separaciones, los sufrimientos morales, todo eso es verdaderamente duro, muy duro. Eso dejó huella en nosotros, los hermanos mayores. José no tenía más que un año, no se daba cuenta; pero a nosotros cinco estos acontecimientos nos hicieron mella, y pienso que, en parte al menos, les debemos nuestra vocación. Porque vimos que la vida humana era poca cosa, y que, a decir verdad, había que saber sufrir. Notemos también que en todo ese tiempo la piedad era grande. Cada tarde se rezaba el rosario y la iglesia se llenaba, sobre todo de mujeres, pero también de un buen número de hombres de edad, los jóvenes ya no estaban. Cada tarde, pues, rezo del rosario, la última decena con los brazos en cruz, y exposición del Santísimo Sacramento. Toda la parroquia llenaba la vasta iglesia. Se rezaba, se rezaba por todos los que habían partido, por los prisioneros, por los que se encontraban en el frente. Había un fervor evidentemente muy grande en ese momento. Todo esto, como ustedes ven, creaba una atmósfera particular.  Mi hermano René era el mayor de todos, cumplió los 15 años en 1918. Temíamos que los Alemanes acabasen por requisar a todos los que eran capaces de trabajar un poco, fuese cual fuese su edad. Era posible evitar esto gracias a los trenes de la Cruz Roja que pasaban por Suiza, y que conducían a los chicos, hasta la edad de 15 años, a la zona libre de Francia, si tenían allí familiares que pudiesen recibirlos. Sólo el Norte y el Este de Francia estaban ocupados. Como mi padre se había ido y estaba en Versalles, mi hermano René atravesó Suiza y se reunió con él. Y continuó allí sus estudios.