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viernes, 26 de febrero de 2016

LA MUERTE DE CRISTO Según Santo Tomás de Aquino

LA MUERTE DE CRISTO  
Según Santo Tomás de Aquino.

En Ias cuestiones precedentes hablaba Santo Tomás de la pasión, que viene a terminar en la muerte; ahora en esta cuestión se propone tratar de la muerte, que es el término de la pasión. Por tanto, Io que antes se dijo (q.46 a.1) de la conveniencia de la pasión de Jesucristo, se debe decir ahora de su muerte. En la cruz pronunció el Salvador una, palabras que han dado lugar a opiniones raras de algunos Padres y escritores eclesiásticos. En medio de su agonía se dejaron oír de los labios de Jesús las primeras palabras del Salmo 22: Dios mío, Dios, ¿por qué me has abandonado? Esta queja fue interpretada como expresión de que la divinidad se hubiera separado en aquel momento de la humanidad. La teología desecha tal interpretación, apoyándose en las palabras de San Pablo: Los dones y la vocación de Dios son irrevocables (Rorn. II,29). Es decir, que Dios no se vuelve atrás de lo que una vez otorgó o prometió, y, siendo la gracia de la unión la mayor gracia que al hombre se ha podido conceder, es claro que Dios no la retiró a Cristo, el haber lo hecho supondría en Jesús una culpa por donde, esto mereciese, y tal culpa no se concibe. Cuanto a la interpretación de la queja del Salvador, conviene ante todo advertir que las palabras son del Salmo, que tan al vivo describe la pasión del justo, y que Jesucristo se apropió en aquellos momentos. Toda la primera parte del salmo (2-22) es declaración de este abandono... Uno de los misterios más grandes de la pasión fue la agonía de Getsernaní, donde lo vemos sudando sangre y pidiendo al Padre le retire aquel cáliz al que poco antes había dicho: Tengo que recibir un bautismo, y ¡cómo me siento constreñido hasta que se cumpla! (Lc. 12,50). Parecía natural que el Salvador sintiese algún alivio al ver acercarse el cumplimiento de tan vehementes deseos.


Sin embargo, comienza su pasión con tan aflictiva agonía. ¿Cesó totalmente esta agonía al levantarse de su oración? ¿No es más razonable suponer que esta pena se continuó durante la pasión, aumentada con aquellas señales exteriores de que el Padre abandonaba a su Hijo en poder de las potestades tenebrosas y de sus ministros los hombres? (Lc. 22,53). Y ¿qué palabras se podían encontrar más apropiadas que las del salmo 22 para expresar la pena de este abandono? Los artículos siguientes (3-5) tienen en la historia de la teología escolástica y en la vida de Santo Tomás singular significación. Durante los últimos años del Angélico en París (1268-1272) se agitaba allí mucho la cuestión de la multiplicidad de las formas entre los seguidores de Aristóteles y los discípulos de ciertos filósofos árabes. Por entonces dio el Angélico numerosas conferencias sobre la materia (Quaestiones Quodlibetales ), sin que lograra hacer triunfar por entonces su doctrina, que Continuó siendo objeto de acaloradas controversias. Hay en el hombre sobre los elementos constitutivos de su naturaIeza, alma y cuerpo, la persona, el alma y el cuerpo, e quien como a señor el cuerpo  y el alma se atribuyen. Cuando por la muerte el alma se separa del  cuerpo, desaparece el hombre, el compuesto humano, pues ni la forma,  el alma sola, ni solo el cuerpo son el hombre. Sin embargo, en presencia  del cadáver de nuestro padre no dudamos en afirmar que aquel es nuestro padre, aunque muerto, y le mostramos todas las señales de respeto y veneración que nos merece nuestro padre. Es que consideramos el cuerpo con relación al alma, que antes lo informaba, que luego lo informará y que era antes Ia persona de nuestro padre. Cuando el alma abandona al cuerpo que antes informaba, dándole el ser de hombre, el cuerpo queda cadáver. A la forma que antes Ie daba vida, sucede  ahora otra que le hace cadáver, que mantiene su ser orgánico hasta  que del todo se corrompa y quede reducido a polvo. Santo Tomás llama  a esa segunda forma cadavérica, que sucede a la primera, el alma.  Como miramos siempre el cadáver, el cuerpo muerto, como el cuerpo  del padre y sin romper la relación con el padre, mucho más hacemos  esto con el alma. Cuando rogamos a Dios por su eterno descanso, es  por el padre por quien rogamos, y cuando nos encomendamos a un  santo, no es a su alma, sino al santo a quien invocamos, sin atrevernos  a romper el nexo que aquella alma tiene con el cuerpo, ni la vida de  ahora con la terrestre. Esto nos podrá ayudar para entender el misterio  de la muerte de Jesús.

En El distinguimos dos naturalezas, la divina y la humana, unidas ton la única persona divina del Verbo. En virtud de esta unión, el alma  humana es propia del, Verbo, y lo mismo el cuerpo. Lo que decimos del  alma y del cuerpo tenemos que decirlo de sus acciones y pasiones. Con  la muerte" el alma de Jesús se separa del cuerpo y deja de existir el  hombre, el compuesto humano, como no sea por la relación que los  liga. Pero tanto el alma como el cuerpo son el alma y el cuerpo de  Jesús, del Hijo de Dios, de la persona del Verbo. Este no se ha separado  ni del alma ni del cuerpo, que continúan siendo suyos. Santo Tomás  trae en apoyo de su tesis el Símbolo de la fe. Según éste, el Hijo de  Dios, Jesucristo, que nació de Santa María Virgen, ese mismo «padeció  bajo el poder de Poncio Pilato, y ese mismo murió, fue sepultado y  descendió a los infiernos a librar las almas que esperaban su santo advenimiento». Todas estas oraciones encierran otras tantas verdades de  nuestra fe, de cuya realidad no podemos dudar. Por razón de la humanidad que tenía unida, se atribuye la pasión y la muerte al Hijo de  Dios, que en su naturaleza divina es impasible e inmortal. Por esa misma  razón se le puede atribuir que fue sepultado y que descendió a los  infiernos. Ni lo uno ni lo otro le convienen más que por razón de la  unión personal que con el Verbo tienen así el cuerpo como el alma de  Jesucristo.

El artículo 6, acerca de la eficiencia de la muerte de Cristo sobre nuestra salud, nos conduce al asunto planteado en la cuestión 48 sobre  si la pasión de Cristo obra nuestra salud por vía de eficiencia. Esta es  atribuida al alma de Cristo, a su Cuerpo y a las obras de uno y de otro,  por razón de la divinidad, a la que están personalmente unidos. Merece  atenta consideración el principio enunciado por el Angélico en el segundo  apartado sobre la semejanza entre la causa y el efecto, de Ia que los  escritores místicos hacen mucho uso paro declarar los efectos de la  pasión de Jesucristo en nosotros. Les ideas generales de la pasión y  muerte del Redentor y de la salud nuestra no responden a realidades  no responden a realidades simples, pues en la pasión y muerte se comprenden muchos actos, y así mismo en la salud humana. Nada más natural que el hombre trate de penetrar el contenido de estas tres realidades, analizando, analizando las dos cosas y buscando relación entre una y otra, apoyándose en la semejanza de ambas para llegar a una inteligencia perfecta de estos misterios, a que está ligada nuestra salud eterna. A continuación les dejamos los comentarios directos de Santo Tomas sobre lo que estamos tratando, con el fin de contribuir a una mayor comprenciòn de los misterios que todo católico debe manejar para no dejarse engañar por los embaucadores y mentirosos espíritus diabólicos y sus agentes: Sobre el artículo 2: Si a la muerte de Cristo se separo el cuerpo del alma.


RESPUESTA. Como ya se dijo “Que todo cuanto pertenece a la naturaleza humana no se atribuye al Hijo de Dios si no es en virtud de la unión, como arriba se declaro. Pero se atribuye al Hijo de Dios lo que, conviene al cuerpo de Cristo después de la muerte, a saber, que fue sepultado, como consta por el Símbolo, donde se dice que "el Hijo de Dios fue concebido y nació de la Virgen, que padeció, murió y fue sepultado"; luego el cuerpo de Cristo no estuvo separado de la divinidad en la muerte.