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sábado, 27 de febrero de 2016

LA CONTINENCIA - San Agustín

Templanza

CAPÍTULO II
Continencia del corazón o verbo interior.

3. El Señor mostró en el pasaje citado que se refería a la boca interior. En efecto, al decir: coloca, Señor, una guarda a mi boca y una puerta de continencia a mis labios, añadió: para que no dejes que mi corazón se incline a palabras malignas. ¿Qué significa inclinar el corazón sino consentir? Nada dice quien no consiente, quien no rinde el corazón a las sugestiones con que le solicita el ambiente. Pero, si consintió, ya sonó algo en su corazón, aunque nada haya resonado en sus labios. Ni la mano ni miembro alguno del cuerpo se decidió a mover, y ya se da por hecho todo aquello que tiene determinado de hacer. Reo es ante las divinas leyes, aunque no lo descubran los humanos sentidos. Reo es por el fallo que en su corazón pronunció, aunque nada el cuerpo ejecutó. Cierto, no puede moverse un miembro para consumar una acción si no precede el fallo íntimo como principio de la ejecución. Atinadamente se escribió que por el verbo comienza toda obra. Hartas cosas hacen los hombres con la boca cerrada, quieta la lengua, muda la voz. Pero no comienza la corporal ejecución si no lo decreta primero el corazón. Así hay en los pronunciamientos interiores muchos pecados que no se revelan en hechos consumados. Pero ningún pecado hay en las obras exteriores que no tenga su precedente en los pronunciamientos interiores. Por lo tanto, cuando se coloca en los labios interiores la puerta de la continencia, en ambas zonas se guarda la pureza de la inocencia.

Doctrina evangélica sobre continencia

4. Dijo también el Señor por su propia boca: purificad lo que está dentro y quedará purificado lo que está fuera. Refutó las palabras necias de los escribas, que calumniaban a sus discípulos por comer sin lavarse las manos, y añadió: no contamina al hombre lo que entra por la boca; sino lo que sale por la boca, eso contamina al hombre. Tal sentencia es ininteligible si la aplicamos exclusivamente a la boca sensible. A quien no mancha la comida, tampoco le mancha el vómito. Si la comida es lo que entra en la boca, el vómito es lo que sale de ella. A la boca del cuerpo se refiere, sin duda, la primera parte, que dice: no contamina al hombre lo que entra por la boca. Pero se refiere a la boca del corazón la segunda parte, que dice: lo que sale por la boca, eso es lo que contamina al hombre. Cuando el apóstol Pedro pidió a Jesús que explicase esta parábola, Él respondió: ¿también vosotros estáis todavía sin entender? ¿O no veis que todo lo que entra por la boca pasa al vientre y se expulsa al retrete?  Aquí, sin duda alguna, se trata de la boca del cuerpo, ya que entra en ella el alimento. La torpeza de nuestro corazón apenas podría descubrir que se refiere a la boca cordial lo que sigue, si la Verdad misma no se hubiese dignado caminar con los torpes. Dice, pues, a continuación: lo que sale por la boca brota del corazón. Es como si dijera: "Cuando oyes decir por la boca, entiende del corazón. A ambas me refiero, pero explico la una por la otra. El hombre interior tiene su boca interior, y el oído interior la descubre. Lo que procede de esa boca, del corazón sale, y eso es lo que mancilla al hombre". Y, dejando a un lado el término boca, que pudiera aplicarse a la corporal, nos expone con mayor claridad el sentido: porque del corazón salen pensamientos malvados, asesinatos, adulterios, fornicaciones, hurtos, perjurios, blasfemias; esto es lo que contamina al hombre. Tales crímenes pueden perpetrarse también con los miembros del cuerpo, pero ninguno de ellos deja de ir precedido por el pensamiento. Éste mancha al hombre, aunque por interponerse un obstáculo no se siga la actividad criminal y torpe de los miembros. ¿Quedará libre de culpa el corazón del asesino porque sus manos no ejecutaron el asesinato cuando no pudieron? ¿Dejará alguien de ser ladrón en su intención porque no todos los que quieran robar pueden lograrlo? ¿O dejará alguien de ser fornicario cuando fue en busca de la ramera y ella no se encontraba dentro del lupanar? ¿No habrá pronunciado con su boca interior un perjurio el que pretendió dañar a su prójimo con mentira porque le faltó tiempo o lugar para ello? Y el que en su corazón dice no hay Dios , ¿acaso dejará de ser blasfemo porque temió a los hombres y se abstuvo de pronunciar con la lengua su blasfemia? A esos tales los mancilla el mero consentimiento mental, es decir, el fallo maligno de la boca interior. Por eso, el salmista, temiendo que su corazón se rebajase a tales vicios, pide a Dios que ponga una puerta de continencia en la boca íntima, una puerta que contenga al corazón para que no se rebaje a pronunciar fallos malignos. El vocablo contener significa que del pensamiento no se pasa al consentimiento, pues de ese modo, en conformidad con el precepto apostólico, no reina el pecado en nuestro cuerpo mortal, ni exhibimos nuestros miembros como armas de iniquidad en manos del pecado. No cumplen ese precepto los que no movilizan sus miembros para pecar cuando no pueden; los que, cuando pueden, al punto manifiestan con el movimiento de sus miembros, a semejanza de un movimiento de armas, quién es el que reina en su interior. En cuanto de ellos depende, ofrecen al pecado sus miembros como armas de iniquidad, pues pretenden el mal, y si no lo ejecutan es porque no encuentran oportunidad.

Continencia interior y conducta exterior

5. Suele denominarse continencia la castidad que refrena los movimientos sexuales. Pues bien, no podrá violarla ninguna violencia mientras se mantenga en el corazón esa superior continencia de la que venimos hablando. Por eso, al decir el Señor que del corazón salen los malos pensamientos, añadió cuáles son esos malos pensamientos, a saber, asesinatos, adulterios 15, etc. No los mencionó todos; mencionó algunos a modo de ejemplo, y nos invitó a entenderlos todos. Ninguno de ellos puede realizarse si no va precedido por el mal pensamiento, que dentro autoriza lo que fuera se realiza. Al salir el decreto de la boca del corazón, mancilla ya al hombre, aunque no lo ejecuten exteriormente los miembros del cuerpo por falta de poder para ello. Colocada, pues, la puerta de la continencia en la boca del corazón, de la que sale todo lo que mancilla al hombre, nada impuro podrá salir de allí. De ese modo se logra la pureza de que puede gozar la conciencia, si bien no se logra una perfecta continencia que no tenga que luchar con la concupiscencia. Ahora, mientras la carne apetece contra el espíritu y el espíritu apetece contra la carne 16, harto es no consentir con el mal que sentimos. Cuando se otorga el consentimiento, sale de la boca del corazón lo que mancilla al hombre. Mas cuando por obra de la conciencia se deniega el consentimiento, no podrá dañarnos la malicia de la carnal concupiscencia, pues lucha contra ella la continencia espiritual.