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lunes, 1 de febrero de 2016

"Ite Missa Est"

1 DE FEBRERO
SAN IGNACIO, OBISPO Y MARTIR.

DOBLE – ORNAMENTOS ROJOS

Epístola Romanos (VIII,35-39)

EvangelioSan Marcos (X, 13-21)

COLECTA

“Hóstias tibi, Dómine, beáti Ignátii,Mártyris tui atque Pontíficis dicátas méritis, benignus assume: et ad perpétuum nobis tribue proveníre subsidium. Per Dóminum.”

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“Recibe, oh Señor, amablemente, por los méritos de tu Mártir y Pontífice San Ignacio, las hostias que te ofrecemos, y haz que se nos conviertan en perpetuo auxilio. Por Jesucristo Nuestro Señor.”



"La víspera del día en que va a terminar el tiempo de Navidad, nos propone la Iglesia uno de los más célebres mártires de Cristo. Ignacio- Teóforo, Obispo de Antioquía. Según una antigua tradición, este anciano que con tanta generosidad confesó a Cristo delante de Trajano, era aquel niño que presentó Jesús un día a sus discípulos como el modelo de sencillez que nosotros debemos poseer si queremos entrar en el Reino de los cielos. En el día de hoy se nos presenta al lado de la cuna en que el mismo Dios nos da lecciones de humildad y sencillez. En la corte del Emmanuel. Ignacio se apoya en Pedro, cuya Cátedra hemos celebrado, porque el Príncipe de los Apóstoles le estableció como segundo sucesor suyo en su primera Sede de Antioquía. De esta misión sacó Ignacio su fortaleza. Gracias a ella pudo resistir frente a un poderoso emperador, desafiar a las fieras del anfiteatro, y triunfar con el más glorioso martirio. Quiso también la divina Providencia que, para confirmar la dignidad intransferible de la Sede de Roma, viniese encadenado a ver a Pedro y terminase su vida en la santa ciudad, mezclando su sangre con la de los Apóstoles. Habría faltado algo a Roma, si no hubiese heredado la gloria de Ignacio. El recuerdo del combate de este héroe, es el más augusto del Coliseo, bañado en la sangre de miles de mártires. El distintivo de Ignacio es la fogosidad de su amor: sólo teme una cosa: que las súplicas de los romanos encadenen la ferocidad de los leones, y de este modo se vea frustrada su ansia de unirse a Cristo. Admiremos la fuerza sobrehumana que se revela en medio del mundo antiguo. Un amor de Dios tan ardiente, un tan fogoso deseo de verle, no pudieron nacer sino a raíz de los divinos sucesos que nos pusieron de manifiesto hasta qué exceso amó Dios al hombre. La gruta de Belén bastaría a explicarlo todo, aun cuando no hubiese sido ofrecido el Sacrificio sangriento del Calvario. Dios baja del cielo para el hombre; se hace niño, nace en un pesebre. Semejantes prodigios de amor habrían sido suficientes para salvar al mundo culpable; ¿cómo no iban a mover al corazón del hombre a inmolarse a su vez por su Dios? Y ¿qué es una vida humana sacrificada, aunque no se tratara más que de agradecer el amor de Jesús en su Nacimiento? La Santa Iglesia nos pone en las Lecciones del Oficio de San Ignacio, el breve relato que San Jerónimo le dedica en su obra de Scriptoribus ecclesiastieis. El santo Doctor tuvo la feliz idea de insertar en él algunos trozos de la admirable carta del Mártir a los fieles de Roma. A no ser por su gran extensión la hubiéramos puesto completa; pero también nos sería violento mutilarla. Por lo demás, estas citas representan los más bellos trozos que contiene: ¡Oh Pan puro y glorioso de Cristo, tu Maestro! por fin conseguiste lo que deseabas. Toda Roma, sentada en las gradas del soberbio anfiteatro, aplaudía el desgarre de tus miembros; mientras los dientes de los leones trituraban todos tus huesos, tu alma, dichosa de poder entregar a Cristo vida por vida, se lanzaba veloz hacia El. Tu suprema felicidad consistía en sufrir, porque sabías que el sufrimiento es una deuda contraída con el Crucificado; sólo deseabas llegar a su Reino después de haber experimentado en tu carne los tormentos de su Pasión. ¡Oh Mártir, ten piedad de nuestra flaqueza! Alcánzanos que seamos Heles a nuestro Salvador al menos, frente al demonio, a la carne y al mundo; que entreguemos a su amor nuestro corazón, sí es que no somos llamados a ofrecerle nuestro cuerpo en sacrificio. Elegido por el Salvador en tus primeros años para ser modelo de los cristianos por la inocencia de tu infancia, supiste conservar tan precioso candor bajo tus nevados cabellos; pídele a Cristo, Rey de los niños, que nos acompañe siempre esa sencillez, como fruto de los misterios que celebramos. Como sucesor de Pedro en Antioquía, ruega también por las Iglesias de tu Patriarcado; devuélvelas a la fe verdadera y a la unidad católica. Ampara a la Iglesia Romana que regaste con tu sangre, y que se halla en posesión de tus reliquias. Vela por el mantenimiento de la disciplina y de la obediencia eclesiásticas de las que diste tan excelentes normas en tus Epístolas; consolida por el sentido del deber y de la caridad, los vínculos que deben unir a todos los grados de la jerarquía, para que la Iglesia de Dios aparezca bella en su unidad y terrible para los enemigos de Dios como un ejército en línea de batalla."