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martes, 2 de febrero de 2016

Historia de San Pascual Bailón


12. Prolongado martirio

Ya que los hombres no han proporcionado a Pascual el martirio, él mismo se ingeniara e dárselo a sí mismo. Convirtiendo su corazón en juez, se dedicara a mortificar su cuerpo, ya subyugado, con crueldad implacable. La observancia de la vida común podrá hacerle sufrir, pero él sujetará a ella todas sus acciones, a fin de no quebrantarla, negándose al alivio de toda dispensa. Pascual se veía obligado a cada instante a salir de la meditación para acudir a la portería, reclamado por su oficio. En atención a esto, el Guardián llama a nuestro Santo, y le dice:

–Hermano, os dispenso de hacer la meditación en el coro. De hoy en adelante oraréis en la portería; esto basta.
Pascual se postra a los pies del superior, y le dice:
– ¡Tenga vuestra caridad compasión de mí! Mientras permanezco en la portería no estoy en comunidad. Os ruego que no me privéis de orar con los demás frailes.

El Guardián no insiste, y nuestro Santo, siempre que llaman a la puerta, sale del coro sobre las puntas de los pies y entra luego del mismo modo, a fin de no turbar el recogimiento de los otros. No bien se arrodilla suena otra vez la campanilla. Pascual vuelve a bajar de nuevo, interrumpiendo así sus diálogos con el Señor. La enfermedad arruinaba su organismo, la fiebre lo consumía, grandes dolores atormentaban su cuerpo. A pesar de todo, el Santo iba a los actos de comunidad, vacilante, apoyándose en las paredes, deteniéndose a cada paso para tomar aliento o incluso a gatas, cuando de otro modo no le era posible. Y si algunos, compadeciéndose de él, intentaban prestarle ayuda, les decía:

–¡Ah, no, hermanos míos! Permitidme por gracia que sufra algo por mi

Dios. Pero era realmente tan lastimoso el espectáculo que ofrecía el Siervo del Señor al arrastrarse hacia el coro... Se le conduce, por fin, a la enfermería; y enfermo y todo como está, observa en lo que le es dado el horario de la vida común, y aun desde su lecho asiste en espíritu a todos los ejercicios de comunidad. Su celda era la peor de todas. Durante mucho tiempo no tuvo otra que una cavidad del campanario de Almansa, cavidad estrecha en la que no había ni puerta ni ventana. Tenía una tabla por lecho, por coberturas unos trapos despreciables, y junto a esa pobreza solamente un crucifijo, una pequeña imagen de la Santísima Virgen, un tintero, una pluma y algún trozo de papel. Tales eran los objetos que adornaban su habitación.

–La superfluidad de cosas en la celda, solía decir, sirve de impedimento al espíritu para dirigirse hacia Dios.

Su sayal era un saco estrecho, cubierto de remiendos diferentes, cosidos al efecto con pedazos de hilo. Si se le hacía alguna observación sobre el corte poco gracioso de esta indumentaria de arlequín, replicaba sonriendo:

–¿Qué le vamos a hacer? ¡Tengo una configuración tan poco garbosa!
–Sigamos la moda de la pobreza, respondió cierto día a su Guardián, el cual se empeñaba en darle un nuevo hábito. Estoy muy contento con el viejo.

Sus vestidos interiores habían cambiado enteramente de aspecto gracias a sus muchos remiendos, que les daban variedad y consistencia. Venían a hacer de ellos una verdadera armadura. Los lavaba semanalmente muy de mañana y los recogía inmediatamente, para no arriesgarse a perder el mérito de su mortificación, dejando que se secasen en lugar público. Habiendo sufrido una herida en uno de los pies, fue obligado por el superior a llevar sandalias. El Santo se limitó a ponerse una en el pie enfermo.

–Pero ¿y el otro?
–El otro goza de buena salud, y no conviene medir por un mismo nivel a los sanos y a los enfermos.

Tal era su extrema pobreza, en la que solo admitía una excepción, y ésta era cuando se preparaba la iglesia para la exposición solemne del Santísimo.

–Hay que hermosearla lo mejor posible, repetía Pascual.
–No tenemos velas, objeta el Guardián, y el Hermano cuestador califica de exagerada toda providencia a este objeto, porque, a su juicio, está en oposición con la pobreza.
–Pues dejadme obrar a mí, insiste el Santo. Yo iré a pedir limosna y diré: “Dadme alguna cosa: es para honrar a Jesús Sacramentado”. Veréis como nadie me niega su óbolo.

Pero qué diversa es su conducta cuando se trata de mendigar para sí mismo. Estando de viaje se contenta con poquísimo. Y dentro del convento juzga cosa exquisita lo que los otros ni hubieran querido probar. El pan duro, las frutas averiadas, los restos sobrantes de la víspera, o bien lo que dejaban de comer los pobres, eran de ordinario su alimento. Se sirve de una servilleta vieja, a la que acompaña un cubierto roto y un vasito inservible.
Un día el Guardián obsequia a este incansable ayunador con un plato de pescado fresco. Los religiosos que están en el refectorio se avisan sonriendo unos a otros, y se vuelven hacia el Santo todas las miradas. Llega, en tanto, el servidor con el obsequio, y le dice ceremoniosamente:

–Fray Pascual, de parte del Padre Guardián.
El Santo se pone a comerlo con muestras de regocijo.
–Pero ¿y vuestro ayuno?, objeta el servidor.
–Mi devoción privada, responde Pascual, no pone límites a la obediencia.

Y prosigue comiendo el pescado. El Santo, por lo demás, se valía de mil ingeniosidades para hacer pasar inadvertidas sus mortificaciones. Cuando estaba a la mesa dejaba que las legumbres se enfriasen antes de gustarlas. Si por orden de los superiores se veía constreñido a tomar la vianda, empleaba el tiempo en partirla con toda pausa, y poniendo aparte los huesos, hacía creer que se había comido lo demás. En realidad la parte mejor y más considerable iba siempre destinada a los pobres. En cuanto al ayuno, ni los trabajos más rudos ni las más grandes molestias del viaje, no parecieron nunca a sus ojos motivo suficiente para dispensarse de él. Y si alguien osaba hacerle alusiones sobre el particular, el Santo se contentaba con responderle:

–Observad la Regla, que ella os salvará.

Oculto bajo la túnica y disimulándolo lo más posible, llevaba siempre sobre la piel algún instrumento de penitencia, que solía consistir en una gruesa cadena ajustada a la cintura, o en un áspero cilicio, o en una especie de camisa de tela grosera, erizada de puntas de agujas y de clavos, o bien en dos placas de hierro unidas entre sí por juncos espinosos, en forma de escapulario. Tampoco en ciertas ocasiones se privaba de brazaletes mortificantes o de cadenitas y disciplinas. Después de la muerte del Santo se descubrió en su celda todo un arsenal de estos objetos, que podrían servir muy bien para comprobar la exactitud de aquellas palabras de la Bula de Inocencio XII, Rationi congruit: «Ha marchado durante todo el tiempo de su vida por el áspero y penoso camino de la penitencia, y se ha esforzado en arrebatar con santa violencia el reino de los cielos».


Su cuerpo, verdaderamente, estaba reducido a servidumbre. A este extremo había venido llevado por la violencia del amor divino, que aumentaba en su corazón a medida que iban pasando los días de su existencia. Y es que mal puede vivirse con vida de amor, sin vivir al propio tiempo con vida de dolor.