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miércoles, 24 de febrero de 2016

El Peregrino Ruso

San Juan Damasceno

Es necesario acostumbrarse a invocar el nombre de Dios más que a respirar, en todo lugar, en todo tiempo, en todas las necesidades.



-¡Nunca he leído nada sobre este particular! -dijo el señor.
-Si me lo permitís, puedo leeros algunos párrafos de la Filocalía. Traje mi libro, busqué el artículo de Pedro Damasceno y leí lo que sigue: 

-«Es necesario acostumbrarse a invocar el nombre de Dios más que a respirar, en todo lugar, en todo tiempo, en todas las necesidades. El Apóstol dice: Orad incesantemente. Con esto nos enseña a acordarnos de Dios constantemente, en toda acción o gesto. Si haces algo, acuérdate del Creador de todas las cosas; si ves la luz, piensa en quién te la ha dado; si contemplas el firmamento, el mar y cuanto ellos contienen, admira y glorifica a su Creador; si te pones un vestido, piensa de quién procede aquel don y da gracias a quien te da lo necesario para vivir. Para decido con más brevedad, cada movimiento tuyo te haga pensar en Dios y glorificado. De este modo tu oración será continua y tu alma se sentirá siempre consolada.»

-¡Qué fácil, cómodo y accesible es este modo de orar! Todo esto les alegró mucho. El señor, extasiado, me abrazó, me dio las gracias y examinó la Filocalía. Luego dijo:
-¡Tengo que hacerme, absolutamente, con este libro! Haré que me lo manden de San Petersburgo. Por de pronto, quiero copiar el artículo que acabas de leerme.
Lo transcribió en seguida. Luego exclamó:
-¡Dios mío, pero si tengo la imagen del Damasceno (Era, probablemente, San Juan Damasceno) (7).
Enmarcó el artículo, puso el cristal y colocó el cuadro bajo la imagen del Santo, diciendo:
-He aquí la palabra viva del Santo bajo su imagen. Que ella me recuerde, en todas mis acciones, sus saludables consejos. Después de esto fuimos a cenar. Todos los criados y las mujeres de servicio se sentaron nuevamente a la mesa. ¡Qué respetuoso silencio, qué paz durante la comida! Apenas terminada, oramos todos largamente. A mí me pidieron que leyese el Acázistos del dulce Jesús. Después de la oración, nos dejaron los servidores y los niños y quedamos los tres solos en la habitación. Entonces la señora me trajo una camisa blanca y un par de medias.

-Madrecita, no puedo aceptar las medias. No las he llevado nunca en mi vida; desde mi infancia estoy acostumbrado a las vendas (8). Se alejó en seguida, y volvió con un tafetán color amarillo, que cortó en tiras.
-También tu calzado está demasiado roto

-dijo el señor. Y me trajo un par de abarcas, grandes y nuevas.

-Ahora -añadió-, vete a esa habitación, don-de no hay nadie y cámbiate de ropa. Hice como me había dicho y volví adonde ellos me esperaban. Me hicieron sentar en una silla para calzarme. El señor me fajaba los pies con las vendas, y la señora me ponía las abarcas. No quería permitirlo, pero ellos me dijeron:

-Siéntate y... calla. ¿Acaso Cristo no lavó los pies a sus discípulos? No pude contener las lágrimas. También ellos lloraban.
La señora se fue a la habitación donde estaban los niños y el señor y yo a un pabellón, levantado en medio del jardín. Como el sueño no venía, seguimos nuestra charla, tendidos en los lechos. Poco a poco el señor comenzó a hacerme preguntas:

-En nombre de Dios, dime la pura y santa verdad: ¿Quién eres? Tienes que ser de noble familia, y me parece que fingías cuando querías hacerte pasar por uno de pueblo. Lees y escribes muy bien, y discurres perfectamente. Esto no se alcanza con una educación pueblerina.

-Todo cuanto he dicho es la pura verdad; he sido sincero con vosotros, y no he tenido jamás la intención de engañaros. En cuanto a mis razonamientos, no son míos. No hago más que repetir lo que he aprendido de mi staretz, lleno de sabiduría divina, y lo que he leído en los Santos Padres. Pero la que ilumina mis pensamientos es la oración interior, que he alcanzado de la misericordia de Dios y ayudado con las enseñanzas de mi staretz: Todos pueden llegar a ella. Basta con sumergirse silenciosamente en el propio corazón, invocando con la mayor frecuencia posible el nombre radiante de Jesucristo. La luz interior inmediatamente nos inunda, y todo se hace comprensible; hasta los misterios del Reino de Dios se pueden vislumbrar en el resplandor de esta luz. ¿No es ya un gran misterio el hecho de que el hombre pueda reconcentrarse en sí mismo, sacar fruto de este conocimiento propio, derramar dulces lágrimas sobre sus caídas y su voluntad pervertida? No es difícil discutir con los hombres; es posible a todos, ya que la razón y el corazón han existido antes de la sabiduría humana. Cuando se posee talento, es siempre posible cultivarlo con la ayuda de la ciencia y la experiencia, pero cuando el talento falta, no hay instrucción ni educación que, por altas que sean, puedan producir fruto. Lo malo es que estamos muy alejados de nosotros mismos y con muy poca voluntad de volver a nuestro interior. Anteponemos nuestras bagatelas a la verdad; pensamos que sí, que es muy bello darse a la oración y a la meditación, pero que las ocupaciones de la vida no nos dejan tiempo para ello. Pero ¿qué es más importante: la vida eterna y la salvación del alma o la precaria vida del cuerpo, que tratamos con tanto regalo? -Perdonadme, hermano querido -me respondió el señor-; no es por curiosidad por lo que te he preguntado, sino por amor cristiano y porque hace dos años fui testigo de un hecho singular, que me ha sugerido ahora esta pregunta. Un día vino a nuestra casa un mendigo, provisto de un pasaporte de militar retirado, viejo, tambaleándose y tan miserable que sólo unos andrajos cubrían su desnudez. Hablaba poco y con sencillez, como los campesinos de la estepa. Lo admitimos en nuestro asilo y a los cinco días enfermó tan gravemente que le hicimos trasladar a este pabellón y mi mujer y yo lo cuidamos. Se veía que su fin estaba muy próximo. Le preparamos e hicimos venir a nuestro párroco para que le administrase los últimos Sacramentos. La víspera de su muerte se levantó, me pidió pluma y papel y me suplicó que cerrase la puerta y no dejase pasar a nadie hasta que no hubiese terminado de escribir su testamento, que me encargó mandar por correo a su hijo, en San Petersburgo, después de su muerte. Quedé atónito viendo el escrito; no sólo era bello y regular como ortografía, sino también excelente y delicado como contenido; escribía como un hombre de excelente educación. Tengo copia de este testamento; te la enseñaré mañana.

Tuve curiosidad por conocer su origen y, habiéndome hecho jurar que no se lo diría a nadie antes de su muerte, me contó lo siguiente: »- y o era el príncipe N..., tenía grandes riquezas y vivía con lujo y disipación. Muerta mi mujer, vivía con mi hijo, capitán de la guardia Imperial. Un día, cuando me preparaba para ir a un baile, en casa de un alto personaje, me irrité con mi camarero y, no pudiendo reprimir la ira, le golpeé fuertemente en la cabeza; luego lo hice desterrar al campo. Al día siguiente, el camarero murió, a consecuencia de una congestión cerebral. El hecho, sin embargo, no me originó complicaciones y, aunque doliéndome de lo acaecido, logré olvidarlo. Pero seis semanas más tarde, el camarero comenzó a aparecérseme; primero en sueños. Era mi pesadilla de cada noche. Me repetía siempre: «Hombre sin conciencia, ¿no sabes que eres mi asesino? » Las apariciones fueron haciéndose cada día más frecuentes, hasta llegar a verlo casi sin interrupción mientras dormía. Finalmente comencé a ver, junto a él, otras personas que yo había ofendido y mujeres seducidas por mí. Me cubrían de recriminaciones y tanto se burlaban de mí que no podía ni comer, ni dormir, ni ocuparme de cosa alguna. Estaba tan acabado, que sólo la piel cubría mis huesos, secos como los de un esqueleto. Los mejores médicos no pudieron ayudarme. Me marché al extranjero, donde pasé medio año, pero de nada me sirvió; las dolorosas apariciones aumentaban cada día.

»Me trajeron de nuevo a Rusia, más muerto que vivo. Experimenté todos los tormentos de todos los condenados del infierno, aún antes de que mi alma se separase del cuerpo. Entonces me convencí de la existencia del infierno: ¡sabía por experiencia lo que era!

»En este estado de desolación reconocí mis faltas, me arrepentí, me confesé, puse en libertad a mis criados, y me juré a mí mismo pasar el resto de la vida trabajando duramente, disfrazado de mendigo. Deseaba hacerme siervo de los hombres más miserables, en expiación de mis pecados. Apenas tomada esta firme decisión, cesaron las angustiosas apariciones. Eran tales las dulzuras y la consolación que sentía después de mi reconciliación con Dios, que sería imposible describirlas. Entonces supe por experiencia lo que es el paraíso y cómo el Reino de Dios puede abrirse, sobre la tierra, en nuestro corazón. Al poco tiempo estaba completamente curado. Realicé todos mis propósitos. Provisto de un pasaporte de militar retirado, abandoné clandestinamente mi patria. Recorro Siberia desde hace treinta años. A veces me contrato con algún campesino como jornalero; a veces, pido limosna. ¡Ah, qué dicha, qué felicidad, qué paz gozo a pesar de mis privaciones! Esto sólo lo puede gustar un alma que ha sido trasladada, por la misericordia de Dios, del infierno al paraíso.»

-Terminado este relato, me dio su testamento, y al día siguiente murió. He aquí la copia del testamento; la guardo en mi Biblia: «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Mí querido hijo: Hace quince años que no ves a tu padre. Pero él no te ha olvidado. Viviendo de incógnito, ha procurado siempre estar informado sobre ti. Y sigue nutriendo por ti un amor paterno, que le obliga a escribirte estas líneas antes de morir.

¡Que ellas te sirvan de lección para el resto de tu vida! Tú sabes cuánto he sufrido a causa de mi Imprudencia y de mi vida desarreglada, pero no sabes cuán feliz he sido en el tiempo de mi errante peregrinar, saboreando los frutos de mi arrepentimiento. Ahora muero tranquilo, en casa de un bienhechor, que lo es tuyo, porque los beneficios hechos a un padre deben conmover también el corazón de un hijo agradecido. ¡Recompénsale por mí como puedas! Te mando mi bendición paterna y te conjuro a que no te olvides del Señor, conserves pura tu conciencia, seas bueno, prudente y razonable, trates a tus inferiores lo más amablemente posible y no desprecies a los mendigos y peregrinos, porque debes acordarte de que tu padre moribundo sólo mendigando y peregrinando ha encontrado la paz para su alma atormentada. Invoco sobre ti la gracia de Dios y cierro tranquilamente los ojos creyendo en la vida eterna y en la misericordia de Nuestro Señor Jesucristo.
Tu padre,   N... »
En estos edificantes coloquios íbamos pasando la noche. Yo, a mi vez, le pregunté:
-Vuestro asilo tiene que causaros muchas preocupaciones y muchos disgustos. Entre nosotros los hay que se hacen peregrinos por amor al ocio; otros son ladrones, como he podido observar.
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(7) Efectivamente, es lo más probable, dada la importancia de Juan Damasceno. Monje en el monasterio de san Sabas, vive entre los años 700-750. Es acérrimo defensor del culto a las imágenes contra los iconoclastas. Sus obras son como la síntesis transmisora del mundo griego al mundo latino de la Edad Media. De ahí su gran importancia para nosotros. Esta misma cita puede llevar a pensar en la importancia que Oriente ha concedido siempre a las imágenes y de Oriente es posiblemente Rusia una de las más aventajadas. Aun en la historia civil de Rusia hay curiosas descripciones de embajadores que viajan con icono s y ante los cuales rezan varias veces al día sus oraciones.


(8) Sustitutivos campesinos de las medias, más elegantes. Se envolvían el pie tanto como la pierna.