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jueves, 18 de febrero de 2016

El Peregrino Ruso

Akathistos

CAPITULO TERCERO
Poco antes de abandonar Irkustk fui a ver a mi padre espiritual, con el que había comunicado frecuentemente, y le dije: -Estoy preparado para ir a Jerusalén; vengo a saludaros y a daros las gracias por vuestro amor en Cristo para conmigo, indigno. Me dijo: -¡Dios bendiga tu viaje! Pero aún no me has dicho quién eres y de dónde vienes. He oído hablar de tus peregrinaciones, y me gustaría conocer algo sobre tu origen y tu vida anterior.

-¡De buena gana!; os lo contaré todo -respondí-. No es una historia larga. Nací en una aldea en la Provincia de Orel [Rusia Central]. A la muerte de nuestros padres, quedamos solos mi hermano y yo; él de diez años, yo de dos. Nos adoptó nuestro abuelo. Era un anciano respetable, que vivía desahogadamente. Tenía una posada junto a la carretera principal y, por su hospitalidad, muchos viajeros se detenían en ella. Mi hermano, que estaba mal acostumbrado, pasaba la mayor parte del tiempo corriendo con los golfillos del lugar; yo me quedaba de buena gana con el abuelo. Los domingos y días festivos íbamos juntos a la iglesia y luego, en casa, mi abuelo se dedicaba a leer la Biblia, esta misma Biblia que ahora es mía. Mi hermano, cuando fue mayor, comenzó a darse a la bebida. Una vez, contaba yo siete años, estábamos los dos tumbados sobre la trébede de la estufa. Mi hermano me dio un empujón tan fuerte que me caí, lastimándome el brazo izquierdo, que desde entonces quedó paralizado. El abuelo, viendo que esto me impediría trabajar en el campo, me enseñó a leer; como no teníamos silabario, lo hizo sobre la Biblia. Cuando comencé a deletrear, el abuelo, que iba perdiendo la vista, quiso que yo leyese la Biblia. A nuestra posada venía con frecuencia un escribano; escribía muy bien, y me gustaba observarle mientras lo hacía. Imité su letra, y él comenzó a enseñarme; me daba papel y tinta y me sacaba la punta a las plumas de oca. Poco a poco aprendí a escribir. El abuelo se alegraba de ello y decía:

»-Con el talento que Dios te ha dado, podrás llegar a ser rico. Da gracias a Dios y practica la oración cuanto te sea posible.

»Asistíamos a los diversos oficios y rezábamos con frecuencia en casa. Siempre recitaba el Salmo Cincuenta, y el abuelo y la abuela hacían genuflexiones y postraciones hasta el suelo. Cuando yo contaba diecisiete años, murió mi abuela. El abuelo me dijo:

»-Necesitamos a una mujer en casa. Como tu hermano no sirve para nada, te buscaré a ti una compañera para que te cases.

»Me opuse, diciendo que estaba lisiado, pero mi abuelo insistió. Halló una buena muchacha, juiciosa, de veinte años, y nos casamos. Un año después el abuelo se puso enfermo y, sintiéndose cercano a la muerte, me llamó y se despidió con estas palabras:

»Te dejo mi casa y toda mi fortuna. Sé honrado, no engañes a nadie y ora al Señor, porque todo nos viene de El. Confía en El sólo. Frecuenta la iglesia, lee la Biblia y acuérdate de mí y de la abuela en tus oraciones. Aquí tienes el dinero que quiero darte también: mil rublos. Guárdalo, no lo gastes, pero no seas tampoco avaro; haz partícipes de él a Dios y a los pobres.» Dicho esto, murió, y yo le di cristiana sepultura.

»Mi hermano tuvo envidia de que me hubiera dejado a mí la casa y el dinero. El enemigo de nuestras almas le indujo a intentar matarme. Un día, cuando no había huéspedes en la posada y nosotros estábamos dormidos, desfondó el tabique de madera de la habitación donde yo guardaba el dinero; lo cogió del cofre y prendió fuego al tabique desfondado. Sólo nos dimos cuenta cuando ya toda la casa estaba en llamas. Pero aún tuvimos tiempo de saltar por la ventana, en camisón, de noche. Afortunadamente, la Biblia estaba debajo de la almohada y pudimos cogerla y salvada con nosotros. Mientras veíamos arder nuestra casa, decíamos: «Gracias, Señor, que se ha salvado nuestra Biblia. Será un gran consuelo en nuestro dolor.»

»En esto paró nuestra riqueza.

»Mi hermano nos abandonó para siempre. Nos enteramos mucho tiempo después de quién había robado nuestro dinero e incendiado nuestra casa; él mismo se jactó de ello, estando borracho. Desnudos como mendigos, tuvimos que pedir dinero prestado para poder levantar una humilde choza.

Mi mujer sabía hilar, tejer y coser; recibía encargos y, trabajando día y noche, ganaba el sustento de los dos. Yo, con mi brazo paralizado no era capaz ni de tejer las abarcas de cortezas de árbol. Mientras mi mujer hilaba o tejía, yo estaba a su lado y leía la Biblia; ella escuchaba con atención y, algunas veces, lloraba.

»-¿ Por qué lloras? -la preguntaba-o Vivimos bien, gracias a Dios.

»[Es tan bello lo que estás leyendo, que me conmueve!

»Practicábamos todo lo que el abuelo nos había recomendado. Todas las mañanas cantábamos el Akathistos a la Santísima Virgen; todas las tardes hacíamos las mil genuflexiones para no caer en tentación. Así pasaron dos años. Lo sorprendente es que no teníamos ni idea de la oración interior que obra en nuestros corazones, ni habíamos ni siquiera oído hablar de ella; rezábamos con los labios y hacíamos nuestras genuflexiones sin pensar en nada,' como dos trozos de madera. Sin embargo, la oración nos atraía siempre, y aquellos prolongados ritos externos, que no comprendíamos, nunca nos fueron penosos; al contrario, nos deleitaban. Con razón me decía un director espiritual que en el fondo del corazón humano vive una secreta oración; el hombre no lo sabe, pero hay algo misterioso en su alma que le empuja a rezar como puede, según su entender.

»Después de dos años pasados en esta vida serena, mi esposa cayó enferma. Tuvo una fiebre altísima, de la que murió a los nueve días, después de haber recibido los Santos Sacramentos.
»Y así me quedé solo en el mundo. Era inútil para el trabajo, pero me daba vergüenza pedir limosna como un mendigo. Además, la muerte de mi esposa me sumió en tan amargo dolor, que no sabía qué hacer. Cuando entraba en nuestra pobre choza y veía sus vestidos o algún objeto que le había pertenecido, caía a tierra convulso, sollozando, hasta casi perder el sentido. Esta nostalgia se me hacía insoportable.

Vendí la choza en veinte rublos y regalé a los pobres sus vestidos y los míos. Me procuré un pasaporte, que me libraba de una vez para siempre, por inútil, de todos los deberes comunales, cogí mi Biblia y me fui, al principio sin saber dónde. Luego, reflexioné despacio, y me dije: «¡Tengo que ir a Kiev, donde sé conservan tantas reliquias! Quiero pedir a los santos que me ayuden en mi dolor.» Tomada esta decisión, me sentí más calmado y me encaminé tranquilamente hacia Kiev. Llevo ya trece años peregrinando de este modo. He visitado muchas iglesias y monasterios, aunque prefiero hacer mi camino por la estepa y por entre los bosques. No  sé si Dios me juzgará digno de visitar la ciudad santa de Jerusalén; si me lo concede, quizá permita que mis huesos de pecador encuentren allí su último reposo.
-¿ y cuántos años tienes?
-Treinta y tres.
-¡Bien, hermano querido; has llegado a la edad de Nuestro Señor Jesucristo!