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jueves, 25 de febrero de 2016

"CARTAS PASTORALES Y ESCRITOS por S.E. MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE"


Carta Pastoral Nº 18:
VIVIR SEGÚN LA VERDAD

Carta Pastoral Nº 18:
VIVIR SEGÚN LA VERDAD


La carta de nuestro Padre Santo, el Papa Juan XXIII, dirigida al mundo en ocasión de la fiesta de Navidad tuvo este año como tema la verdad.


Aspiración a la verdad

Quisiéramos hacer eco en nuestra diócesis a este mensaje tan oportuno de nuestro Padre Santo el Papa y atraer vuestra atención, estimados diocesanos, sobre la necesidad de huir de los errores y de las fuentes de error para aferrarse con toda el alma a la verdad, tal como se nos trasmite por la Iglesia. Muchos motivos deben suscitar en nuestra alma la sed de la verdad: nuestras almas están hechas para la verdad; nuestras inteligencias -reflejos del Espíritu divino- nos han sido dadas con vistas a conocer la verdad, a darnos la luz que nos indicará el fin hacia el cual debe orientarse toda nuestra vida. El Apóstol que expresó estas realidades con una profundidad de pensamiento y una elocuencia emocionante, es el Apóstol San Juan. Su Evangelio, sus cartas, imprimen en nuestras almas un deseo ardiente de acercarse a esta luz “que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn. I, 9), como Nicodemo, como la samaritana y muchos otros después de ellos. Es él también quien nos narra el episodio del ciego de nacimiento y el comentario de Nuestro Señor sobre los ciegos. Nuestro Señor, que alababa a aquellos que venían a Él como ciegos, censuraba a los escribas y a los fariseos que, siendo ciegos, pretendían ver la luz, tener la verdad. Son imagen de aquellos que vienen hacia la Iglesia -maestra de la verdad- con la pretensión de imponerle sus ideas, sus propias concepciones, en lugar de venir a ella con una inteligencia siempre sedienta de verdad y dispuesta a recibirla y hacerla fructificar.  Bienaventurados aquellos que abrevan en las verdaderas fuentes de la luz y que evitan las que son dudosas y desaconsejadas por la Iglesia.  ¿Por qué este deseo tan profundo de las almas hacia la verdad? Es que la verdad, como lo reafirma nuestro Padre Santo el Papa, es la realidad: la inteligencia que está en lo verdadero comulga  
con la realidad del ser divino o del ser creado.

El error

Aquel que se forja su propia verdad, vive en la ilusión, en un mundo imaginario; crea en su espíritu una película de pensamientos que no tiene más que las apariencias de la realidad. Vivir en lo irreal y, sobre todo, esforzarse en poner en práctica concepciones creadas en su totalidad por un espíritu imaginativo es, ¡desgraciadamente!, la fuente de todos los males de la humanidad. La corrupción de los pensamientos es mucho peor que la de las costumbres... el escándalo de las costumbres es más limitado que el escándalo de los errores. Ellos se difunden más rápidamente y corrompen pueblos enteros.

Deber de denunciar los errores

Por eso el deber más urgente de sus pastores – que deben enseñarles la verdad – es diagnosticarles las enfermedades del espíritu, que son los errores. La Iglesia no deja de enseñar la verdad y de señalar, por eso mismo, el error. Pero, ¡desgraciadamente!, hay que reconocer que muchos espíritus, aun entre los fieles, o no se preocupan de instruirse de las verdades o cierran los oídos a las advertencias. Y, ¿cómo no deplorar – como lo hacía ya San Pablo – que algunos de aquellos que han recibido la misión de predicar la verdad no tienen más el ánimo de proclamarla, o la presentan de manera tan equívoca que no se sabe más donde se encuentra el límite entre la verdad y el error?  Quisiéramos señalarles, queridos fieles, en las breves consideraciones que siguen, el peligro de algunas tendencias, a fin de que las eviten cuidadosamente; y, si las reconocieran como suyas, tengan la virtud y el coraje de renunciar a ellas buscando la verdadera luz donde se da con toda su pureza.

Lenguaje equívoco

Antes de denunciar algunas orientaciones de pensamiento, queremos advertirles sobre la manera de expresar estas orientaciones por aquellos que las profesan.  Se puede decir que existe hoy una cierta literatura religiosa – o que pretende ocuparse de religión – que tiene el talento de emplear palabras equívocas o forjar neologismos, de tal manera que no se sabe más a ciencia cierta lo que quieren decir. Los que escriben o hablan de esta manera esperan mantener la aprobación de la Iglesia, al mismo tiempo que dar satisfacción a aquellos que están fuera de la Iglesia o que la persiguen.  Así, en los términos libertad, humanismo, civilización, socialismo, paternalismo, colectivismo – y podrían agregarse muchos otros – se llega a afirmar lo contrario de lo que significan esas palabras. Se evita definirlas, dar precisiones necesarias, e incluso se las define de manera nueva y personal, de tal modo que uno se encuentra lejos de la definición usual, mediante lo cual se satisface a aquellos que dan a estas palabras su verdadero sentido y se disculpa el darles otro sentido.  Esta concepción del lenguaje es la señal de la corrupción de los pensamientos y, quizás en algunos, de una real cobardía. Es además la señal de los espíritus débiles, que temen la luz y la claridad. ¡Cuán numerosos son aquéllos que emplean un lenguaje al cual nos han acostumbrado los comunistas y que, sin embargo, se resisten a abrazar su doctrina!

Peligro de la actitud ambigua

Esta manera de expresarse y de pensar proviene quizás de un buen sentimiento: aquél de llegar a todo precio a un entendimiento con aquéllos que están alejados de la Iglesia.  En lugar de buscar las causas profundas de este alejamiento y de otorgar a los medios queridos por Nuestro Señor su plena eficacia, estos espíritus, bien intencionados pero ignorantes de la verdadera doctrina de la Iglesia, se esfuerzan en reducir las distancias – tanto doctrinales como morales y sociales – entre la Iglesia y los que la desconocen o la combaten. A fin de aproximarse aun más a estos alejados, se considera un deber afirmar y amplificar con ellos todo lo que en la Iglesia les parece reprensible. En eso no dudarán en hacer coro a los enemigos de la Iglesia.  Haciendo así, se ilusionan totalmente sobre el resultado de su acción: no hacen más que consolidar en su error a los que son ignorantes u opuestos a la Iglesia, y no dan a las almas la verdadera luz, Nuestro Señor Jesucristo y su obra de predilección, la Iglesia.  Ahora bien: aquellos que no ven, aspiran íntimamente a la luz y quedan ellos mismos sorprendidos de ver abundar en su sentido a aquellos que normalmente tendrían que oponerse a sus concepciones.

Su eficacia ilusoria:

... respecto de los paganos
Así, los paganos no esperan de nosotros que les justifiquemos todas sus costumbres. Si hay algunas pocas asimilables, saben perfectamente que la mayoría comportan actos inmorales o injustos. Esperan de Nuestro Señor Jesucristo su gracia todopoderosa, su obra de redención y de misericordia a través de nosotros.  
... respecto de los protestantes
Los protestantes no esperan de los católicos que adopten todas sus maneras de pensar y de juzgar. Conocen sus innumerables divisiones, tanto doctrinales como pastorales. Ellos tampoco piden que abandonemos nuestra fe y nuestra unidad. Más que razones doctrinales o de supuestos defectos de la Iglesia, son hoy razones sociales, morales, una tradición secular, las que les impiden regresar a la Iglesia.

... respecto de los musulmanes
Lo mismo vale para los musulmanes, que se sienten felices de comprobar una cierta similitud de creencias entre ellos y los católicos, pero que no entienden y desconfían – con razón – de los católicos que fingen no ver más que similitudes entre el Islam y la Iglesia. Estos son considerados por los musulmanes como gente falsa y peligrosa o como católicos poco convencidos de su religión y, por ende, despreciables. ¿Cómo no dar la razón a los musulmanes, que estiman al católico convencido, practicante, que cree firmemente en su religión y se esfuerza en manifestar la verdad y sus beneficios? Hacia ellos va su confianza y su preferencia sobre los otros.

... respecto de los ambientes descristianizados
Es necesario comparar estas actitudes con las adoptadas por estos mismos católicos hacia los cristianos vueltos incrédulos o hacia los ambientes que han perdido la práctica religiosa. No es asimilándose a ellos en su lenguaje, sus hábitos y su trabajo como los atraeremos a nosotros, sobre todo cuando se trata del sacerdote. El sacerdote es hombre de Dios y debe presentarse como tal, y a ese título tiene el derecho de abordar a sus ovejas y que la gracia de Nuestro Señor lo acompañe. Las almas han sido creadas con una necesidad de Dios y de Nuestro Señor y, aun cuando rechacen a sus mensajeros, manifiestan sus creencia íntimas.

... respecto de los comunistas
No completaríamos este análisis si no agregáramos la tendencia de los católicos a una apertura hacia el comunismo. Es aquí nuevamente un grave error el esforzarse a toda costa para encontrar en el comunismo lo que sería – supuestamente – de asimilable: le elogian el éxito económico, científico, técnico, etc...No se quiere admitir con la Iglesia que ese comunismo es una concepción de la humanidad profundamente antinatural e inhumana. Es una construcción ideológica fundada sobre unos principios políticos, sociales y económicos totalmente opuestos a los de la Iglesia. Decir – como afirman algunos – que así como la Iglesia condenó a la revolución francesa y ha terminado hoy por aceptarla, del mismo modo el comunismo, hoy repudiado por la Iglesia, será más tarde asimilado por ella, es una impostura. Pues es falso que la Iglesia haya aceptado los errores de la revolución, los cuales ha denunciado y denuncia siempre. Los que están sometidos a estas tendencias y las expresan, traicionan igualmente a todos los cristianos mártires y a las iglesias mártires por haber afirmado su fe y haber rechazado los errores. Y si los comunistas aprovechan esta apertura de algunos católicos para activar su lucha mundial contra la Iglesia, los desprecian profundamente y no los salvarán el día en que ellos sean los patrones: tienen más estima por aquellos que defienden con coraje su fe. Pero nos parece útil seguir analizando los ejemplos de estas tendencias, a fin de ponerlas bien de relieve y ayudarlos, queridos fieles, a reconocerlas y, eventualmente, a prevenirse de ellas. La Iglesia varias veces ha precisado su pensamiento en materia de sociología o de política, entendida en el sentido de los principios fundamentales de la sociedad.

Peligro del equívoco en el socialismo

Nos parece bueno examinar bajo esta luz lo que hoy se llama socialismo. Se puede, por supuesto, dar al término mismo de socialismo una definición nueva, más compatible con los principios de la Iglesia; pero en esta manera de expresarse existe el peligro de adoptar en los hechos la doctrina socialista a pesar nuestro, pues la concepción socialista de la sociedad forma un conjunto lógico del cual es bien difícil disociar los elementos. Decir que estamos por un socialismo creyente o por un socialismo personalista es fácil de expresar y significa que uno se esfuerza en repudiar un aspecto del socialismo. Sin embargo, si se quiere aplicar lógicamente su creencia a la vida pública y privada, hay que reconocer a Dios unos derechos sobre las personas, las familias, las sociedades; reconocer que estas realidades tienen en Él su origen y que, en consecuencia, la autoridad de los jefes de familia, de los responsables de la sociedad, viene de Él, que no reside esencialmente en el pueblo, lo que implica expresar afirmaciones contrarias a la teoría socialista. Además, el socialismo no es solamente arreligioso, sino que en su negación de Dios hace remitir supuestamente al pueblo soberano – aunque de hecho al Estado – los atributos mismos de Dios. Las decisiones del Estado se convierten en fundamento del derecho: ningún principio de derecho es superior al del Estado. Por eso legislará sobre el derecho de las personas, el derecho de propiedad en particular, sobre los derechos de las familias, la educación de los hijos, el régimen matrimonial, el divorcio, sobre las asociaciones civiles, culturales, religiosas, y todo esto según su sola voluntad.

Se ve cuán difícil es no despreciar los derechos de Dios legislando sobre sus criaturas de una manera arbitraria. Es cierto: hay que ser social en el sentido de la búsqueda del bien común para el progreso y el bienestar de todos los ciudadanos, pero la coacción que sufren los ciudadanos por las leyes que tienden a remitir al Estado toda iniciativa en la actividad económica, social y cultural es absolutamente contraria a su expansión y su progreso. El buen ordenamiento y la unidad del Estado no exigen la supresión de las iniciativas privadas, aunque el Estado – mediante su organización y armonización – dirigirá su participación y su actividad con vistas a un rápido y espontáneo progreso de la sociedad entera, y eso con gastos considerablemente reducidos. El socialismo, que coloca todo en manos del Estado, asfixia a la sociedad con reglamentos y la aplasta con los impuestos. Su gestión, en efecto, necesita de una burocracia monstruosa. Así como Dios ha puesto riquezas insospechadas en la naturaleza, también ha puesto riquezas de inteligencia, de arte, de espíritu de empresa, de inventiva, de caridad y de generosidad en los espíritus y los corazones de los hombres, de las personas; riquezas insondables que, para desarrollarse y alcanzar toda su eficacia, deben permanecer en el marco natural querido por Dios. Si el Estado tiene algún derecho sobre el empleo de estas riquezas con vistas al bien común, al querer apropiárselas y estatizarlas las extingue, ¡tal como ocurriría si quisiese desplazar un manantial de su lugar de origen, o trasplantar un árbol frutal de su buena tierra para ponerlo en su casa y aprovechar sus frutos! Dios, en su sabiduría, ha asignado a cada uno su papel, sus competencias y sus responsabilidades. Al querer reemplazar a Dios, el hombre destruye todo. Es verdad que es alentador comprobar que un buen número de gobiernos africanos, aunque afirmando inspirarse en el socialismo, hayan renegado públicamente de su ateísmo. Es de desear que este reconocimiento de Dios no se limite al derecho de honrar a Dios públicamente sino que se extienda también al reconocimiento de los fundamentos y de los principios del derecho natural depositado por Dios mismo en la naturaleza de las personas, de las familias, de las sociedades: principios que los responsables de la ciudad pueden precisar por un derecho positivo, pero no pueden ignorar sin destruir la obra de Dios y, por ese solo hecho, introducir injusticias cuyas víctimas son generalmente quienes no tienen los medios para hacer valer sus derechos. Tales son las consideraciones que nos ha parecido oportuno someter a su reflexión, queridos diocesanos, y eso en toda caridad y solicitud, a fin de esclarecer bien la orientación de sus pensamientos, según esta advertencia de Nuestro Padre Santo el Papa Juan XXIII: “Es culpable no solamente aquel que desfigura deliberadamente la verdad, sino igualmente aquel que, por miedo a no aparecer íntegro y moderno, la traiciona por la ambigüedad de su actitud”.

Verdadera actitud del cristiano hacia la verdad

Quisiéramos, como complemento necesario a lo que acabamos de expresar y para evitar esa culpabilidad de la cual nos habla el Padre Santo, poner ante sus ojos alguna líneas del R.P. Daniélou (Cuadernos del Círculo San Juan Bautista, Junio-Julio 1960) que expresan perfectamente la actitud del cristiano para con la verdad. Serán para nosotros un aliento para seguir adelante por un camino bien esclarecido por la luz de Nuestro Señor y de su Iglesia. «Si no decimos la verdad a los otros quizás es porque sentimos que no están dispuestos a recibirla, pero también muy a menudo es por cobardía, por egoísmo, porque no tenemos el valor de enfrentar su disgusto. Porque tememos desagradarlos no nos atrevemos a amarlos verdaderamente y hasta el fin; pues amar a los otros es querer su bien, aun contra ellos mismos. Amar a los otros es ayudarlos a hacer triunfar en ellos la verdad sobre su pobre realidad diaria. Amar es ayudar a cada hombre a realizar en él el designio de Dios, y es evidente que esta forma de caridad impide conceder a los otros lo que uno sabe que no es para su bien. Quien verdaderamente ama es aquel que fielmente, pacientemente, con realismo, en silencio (pues el amor es fiel, paciente, inteligente, lleno de tacto) trata de ayudar a los otros a realizar en sí lo mejor que hay en ellos». «En el mundo de hoy, millones de almas están privadas del pan vivo de la verdad, y eso, que no tenemos el derecho de tolerar, lo toleramos demasiado fácilmente. Soportar a alguien no es amarlo. No se trata aquí de combatir, sino de salvar. Uno piensa – por lo general demasiado – que no hay lugar entre el conflicto y la complicidad. Lo hay: es el amor, el amor que no soporta ver a los hombres fuera de lo que sabe es la verdadera vida, y que busca ayudarlos a realizar en ellos esta vida, que se dirige a todos los hombres sin desmayo». «Pero si la primera de las caridades es comunicar la verdad, esta verdad debe ser transmitida en la caridad. hay una manera de servir a la verdad que, precisamente porque no se la sirve suficientemente en la caridad, termina por hacer mal a la verdad. Sabemos muy bien que puede existir algo muy impuro en nuestra manera de sentir la verdad: la verdad se convierte en asunto nuestro, su triunfo es nuestro triunfo. A partir de ese momento no es más a ella a la que servimos: es a nosotros. Y además estamos satisfechos de poseer la verdad, mientras que otros no la poseen. Entonces abordamos al otro con actitud de dueño». «La verdadera actitud es muy diferente: yo soy tan pobre como el otro, por mí mismo no tengo absolutamente nada. La verdad no es mi verdad: me ha sido dada y debería comprender cuán mal la recibo. Por eso debo simplemente darle testimonio con el sentimiento de que soy muy indigno. Lejos de decir a los otros: Hagan como yo, debo decir: imiten a Jesucristo, Él es la verdadera vida; no soy más que un testigo imperfecto que se puso en su seguimiento. Lo que testimonio me ha sido dado, me sobrepasa infinitamente y es un bien común a todos los hombres. Así podré servir a la verdad en la humildad, sin humillar a la verdad. Esto es cierto también a nivel colectivo: si el Occidente ha sido el primero en recibir al cristianismo, no es su dueño sino solamente su depositario». «Otra deformación en la manera de presentar la verdad sería buscar ante todo resultados aparentes y rápidos. Caritas patiens est, dijo San Pablo. Ser paciente con alguien no significa tomar su partido. La paciencia es una virtud eminentemente activa: sin forzar el designio de Dios uno entra en sus largos plazos. Es entonces una actitud respetuosa de las personas, punto medio entre un proselitismo intempestivo y una seudo tolerancia que colocaría todo al mismo nivel». «Así vemos entonces que la unión de la caridad y la verdad es algo íntimo. Pero hay que ir más lejos todavía: dar la verdad no solamente es una forma de la caridad, sino que ella misma es caridad pues el amor es su objeto. La verdad, en efecto – que sólo Cristo nos revela y que nos devela el fondo de la realidad – es que Dios es caridad, puesto que en Él el amor existe eternamente en el misterio trinitario; es que Dios nos ama y que existir es ser amado por Él; es que debemos amarnos unos a otros como Cristo nos ha amado; y debemos dar testimonio de esta verdad».


Este lenguaje es claro y límpido y nos ubica en el verdadero pensamiento de la Iglesia, lejos de los compromisos, de las confusiones y de los equívocos. Seamos y permanezcamos siempre fieles discípulos de Nuestro Señor Jesucristo, firmemente cristianos, católicos, apegados a su Iglesia que es nuestra Madre, siempre profundamente respetuosos de las personas pero ardientemente deseosos de verlos compartir nuestra felicidad, listos para soportar todo y sufrir todo por la salvación de las almas, salvación que está en Nuestro Señor. Ojalá estas páginas les hagan entender mejor, queridísimos diocesanos, que el verdadero y más seguro medio de ser caritativos y hacer algún bien alrededor suyo, es que se muestren totalmente cristianos, que Jesucristo se manifieste en ustedes y por ustedes, en sus palabras, en sus acciones, en toda su vida. Que la Virgen María los ayude en todas las circunstancias a llevar a Jesús en ustedes y a comunicarlo a las almas. Es nuestro deseo más ardiente.

Monseñor Marcel Lefebvre

(Carta pastoral, Dakar, 26 de marzo de 1961)