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lunes, 15 de febrero de 2016

"Actas del Magisterio - Mons. Lefebvre"

CAPÍTULO 8
Encíclica Mirari Vos
del Papa Gregorio XVI
condenando el liberalismo, el indiferentismo y la libertad de conciencia
(15 de agosto de 1832).

Vamos a estudiar sucesivamente las encíclicas de dos Papas del siglo XIX que atacaron el liberalismo con mucha precisión: Mirari vos, de Gregorio XVI y Quanta cura de Pío IX.

Hay que señalar que los escritos de Felicité de Lamennais, un sacerdote, en que expuso sus ideas liberales muy peligrosas ya que se difundieron mucho, fueron los que hicieron que el Papa Gregorio XVI interviniese publicando su encíclica Mirari vos del 15 de agosto de 1832. Es cierto que no menciona a Lamennais, pero éste entendió muy bien que si el Papa había escrito la encíclica era para condenarlo a él y a las ideas que profesaba.

En un libro cuya lectura recomiendo, titulado La Iglesia ocupada, de Jacques Ploncard d’Assac, se consagra un capítulo entero al liberalismo que profesaba Lamennais. Por su parte, el P. Manuel Barbier, en el primer tomo de su obra consagrada al catolicismo liberal, expresa todo un conjunto de consideraciones sobre Lamennais que muestran la influencia mala que ejerció en la primera mitad del siglo XIX. Lamennais había fundado un periódico, L’Avenir en el que, por desgracia, en un primer momento colaboraron algunas personas que estaban lejos de ser liberales, por lo menos de espíritu, como Don Guéranger, quien escribió en el primer número de su periódico, pero pronto se dio cuenta de que estaba en mala compañía y, por supuesto, dejó de colaborar.

¿Cuáles son los puntos principales que tenemos que tener en cuenta en esta encíclica? Las dos primeras páginas son sencillamente el reflejo de una ojeada a la situación en que se hallaba el Papa Gregorio XVI al principio de su pontificado; además, es su primera encíclica. Cuando leemos lo que escribió este Papa, no podemos dejar de relacionarlo con lo que estamos viviendo ahora. Nos preguntamos cómo se había podido llegar ya a ese punto en la época en que escribía, es decir, el 15 de agosto de 1832.

Ya hace 150 años que se escribió esta encíclica y, desgraciadamente, desde entonces las cosas sólo han empeorado. ¿Qué diría Gregorio XVI si viviese ahora? El Papa describe la perversidad de las costumbres: la juventud corrompida por las lecciones y ejemplos de los maestros, y los desórdenes de la religión…
«…Debemos buscar el origen de tantas calamidades en la conspiración de aquellas sociedades a las que, como a una inmensa sentina, ha venido a parar cuanto de sacrílego, subversivo y blasfemo habían acumulado la herejía y las más perversas sectas de todos los tiempos».
¡Es espantoso! Así que, se dirige a los obispos. ¿Qué les pide en primer lugar?
«Bien cumpliréis vuestro deber si, como lo exige vuestro oficio, vigiláis tanto sobre vosotros como sobre vuestra doctrina». Es algo impresionante que pida a los obispos, como más tarde hizo San Pío X: «vigilad sobre vuestra doctrina». El Papa emplea, pues, frases y expresiones realmente interesantes si los relacionamos con nuestra época.

Inmutabilidad de las fórmulas dogmáticas
¿Cómo velar por la doctrina?
«…teniendo presente siempre, que toda la Iglesia sufre con cualquier novedad».
Y cita al Papa San Celestino:
“Universalem Ecclesiam quacumque novitate pulsari”.
«La Iglesia sufre con cualquier novedad».
Si esta frase de San Celestino, llena de sabiduría, hubiese podido inspirar a los Padres conciliares en el Concilio Vaticano II no se hubiese emprendido el camino de todas las reformas que han sacudido a la Iglesia.
El Sumo Pontífice cita también al Papa San Agatón:

«Nada debe quitarse de cuanto ha sido definido, nada mudarse, nada añadirse, sino que debe conservarse puro tanto en la palabra como en el sentido».

No sólo no hay que cambiar el sentido de lo que se ha definido, sino que tampoco hay que modificar su expresión. Ahora se quieren hacer nuevos Credos con el pretexto de la adaptación de las fórmulas del Credo a los tiempos y al hombre moderno. Eso es ir totalmente en contra de lo que pide Gregorio XVI, citando la misma afirmación de parte de sus santos predecesores. Una vez que se ha definido la expresión, no hay que cambiarla. Son las palabras mismas las que han sido definidas. Si se cambian, se arruina la doctrina, como el haber introducido algo nuevo en la traducción del Credo, reemplazando la palabra “consustancial” por la expresión “de la misma naturaleza”. ¡Es algo enorme! Así se suprime la palabra con que se destruyó la herejía arriana, reemplazándola con la palabra que precisamente fue la que se discutió en la herejía de Arriano, con motivo de que supuestamente ahora ya nadie comprende la palabra “consustancial”; una palabra “escolástica” que la gente de hoy no puede comprender… ¿De quién se burlan? Por eso es muy importante la precisión que da el Papa. Luego acusa a los innovadores: «Es completamente absurdo e injurioso en alto grado el decir que sea necesaria cierta restauración y regeneración para volverla a su incolumidad primitiva, dándole nuevo vigor, como si pudiera ni pensarse siquiera que la Iglesia está sujeta a defecto, a ignorancia o a cualesquier otras imperfecciones».


Restauración, regeneración, aggiornamento… En el Vaticano II todo se ha hecho usando estas palabras denunciadas por Gregorio XVI: “Hay que restaurar la Iglesia, hay que regenerarla”… Por supuesto que en la Iglesia las personas necesitan renovarse y restaurarse siempre según la doctrina de la Iglesia, y con su gracia y beneficios sobrenaturales y espirituales. Pero es algo increíble atreverse a decir que la Iglesia, sus sacramentos, instituciones y estructuras necesitan una restauración y renovación, porque ¿quién es el autor de las instituciones de la Iglesia? ¿Quién ha creado su doctrina, ha instituido sus sacramentos y ha instaurado el santo sacrificio de la Misa?… ¡Es Nuestro Señor Jesucristo! ¿Se puede decir a Nuestro Señor Jesucristo: “Todo lo que Vos habéis hecho e instituido ha pasado a la historia. Hay que reestructurar y restaurarlo todo, porque ya no conviene a nuestro tiempo”?

Lo mismo pasa con los que han querido hacer esa Biblia ecuménica, censurando al Espíritu Santo. La Vulgata, reconocida por el Concilio de Trento en toda su sustancia y conjunto, representa la Es-critura tal como la dio el Espíritu Santo. Ahora se han transformado, truncado y adaptado sus textos. En esa Biblia ecuménica, la T.O.B., se han suprimido o transformado los pasajes que no les gustan a los protestantes. ¡Es increíble! Se vende en todas partes y en todas las iglesias, y los obispos la recomiendan oficialmente. Cuando nos dicen: “Estáis desobedeciendo y no aceptáis lo que promulga Roma…”, yo pregunto: ¿dónde está Roma? ¿Qué dice Roma? Ahí es donde tenemos que referirnos, a lo que han dicho los Papas sobre la inmutabilidad de la doctrina de la Iglesia. Eso es lo que le contesté al Papa Pablo VI cuando me dijo: “Tiene Vd. que aceptar el Concilio”.

El espíritu liberal es una incoherencia perpetua
La libertad religiosa fue condenada por los Papas Gregorio XVI, Pío IX y todos los Papas hasta el Concilio Vaticano II. ¿Con quién tenemos que estar? ¿Hay que desobedecer a los Papas anteriores al Concilio? ¿Hay que obedecer al Papa actual? No se puede aceptar lo contrario de lo que ha enseñado siempre el magisterio de la Iglesia antes del Concilio

“¡Ah! —me respondió el Papa Pablo VI—. ¡No tenemos tiempo para discutir esas cuestiones teológicas!”

Nuestra obediencia es completa, total y absoluta a los Papas que enseñaron hasta el Concilio Vaticano II, con que se infiltró en la Iglesia el liberalismo que ellos habían condenado. Ahora el Papa se siente en un aprieto y acorralado por el liberalismo del que no se ha podido des-prender. Los liberales están en una contradicción continua, en la incoherencia y en la indecisión. En sus últimos documentos el Papa ha dado algunas reprimendas, afirmando, en particular, que hay que hacer un acto de adoración antes de recibir la comunión. Eso es lo que precisamente pedimos nosotros, y no sólo lo pedimos sino que lo hacemos. Pero después del Concilio, ya no hay ningún acto de adoración en las ceremonias. La gente va a recibir la comunión de pie, en la mano o en la lengua, pero no hay ningún acto de adoración. Si el Papa no da órdenes, sus palabras serán como letra muerta. Si no muestra en la práctica la firmeza que muestra en sus escritos, obra completamente en la línea del espíritu liberal.

Luchamos contra el liberalismo:
somos católicos antiliberales

Luchamos contra el liberalismo porque corroe y destruye la Iglesia. No lo queremos en absoluto, y afirmamos que obedecemos totalmente a la Iglesia y que, en cierta medida, a lo que desearía el Papa, pero como es liberal no tiene valor ni fuerza para luchar contra viento y marea. Estamos íntimamente con él en la medida en que es antiliberal o que quiere combatir el liberalismo que hay en la Iglesia. Podemos esperar que un día Roma se apoyará en nosotros y hallará en nuestra obra un sostén para volver a lo que siempre pidieron los Papas anteriores al Concilio. No se puede leer las encíclicas de los Papas, como Gregorio XVI, y estar de acuerdo con lo que se practica ahora, que es lo que ellos siempre condenaron. ¡Cuántas veces he oído decir, aun a los obispos: “Pero, ¿qué quiere Vd.? Hoy no se puede expresar la fe como hace ciento veinte años o en tiempos del Concilio de Trento”! Su modo de hablar es totalmente opuesto a lo que dice Gregorio XVI. ¿Hay que referirse, pues, a Gregorio XVI y a todos esos Papas que definieron con idéntico vigor la inmutabilidad de la doctrina de la Iglesia y denunciaron todos los males que la amenazan, como hicieron después los Papas Pío IX, León XIII y San Pío X; o hay que estar de acuerdo con los que quieren cambiar la expresión de nuestra fe? Cambiarla es cambiar la fe, como desgraciadamente vemos muy bien que sucede hoy.

El indiferentismo es la muerte del espíritu misionero
Uno de los principales temas que puntualiza Gregorio XVI es el indiferentismo:
«Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la Iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. Fácilmente en materia tan clara como evidente, podéis extirpar de vuestra grey error tan execrable. Si dice el Apóstol que hay “un solo Dios, una sola fe y un solo bautismo”(Efe. 4, 5), entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo (Luc. 11, 23)».

Esto condena todos los esquemas y documentos sobre las religiones no cristianas elaborados durante el Concilio. Al leerlos, realmente se creería que todas las religiones son medios de salvación, cosa inimaginable. Eso es realmente el indiferentismo. Desde entonces se habla de “tres religiones monoteístas”, siendo que la religión judía y la musulmana son contrarias a Cristo, pues no están con Él; eso está claro. ¡Cómo se puede hablar de tres religiones monoteístas! Nosotros estamos con Cristo. El es nuestro Dios. Los demás están contra Cristo. Es evidente que los judíos están contra Cristo y que los musulmanes también. Dicen que somos idólatras porque adoramos a un hombre, mientras que ellos no adoran más que a un solo Dios. Están contra Cristo y no están con El, así que no están con Dios. Podríamos citar las palabras de San Juan: «El que niega al Hijo tampoco reconoce al Padre, y el que confiesa al Hijo confiesa también al Padre» (1 Jn. 2, 23). ¡Está claro!
Tomemos la Declaración sobre las religiones no cristianas (Nostra aetate), en donde se lee en particular:
«La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todopoderoso…» (nº 3)  y:
«La Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo…» (nº 2)
Semejantes afirmaciones acaban por completo con el espíritu misionero. ¿Qué van a pensar los misioneros que estén convencidos de estos textos del Concilio sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas? Van a decirse: “¿Qué estoy haciendo yo aquí si, con tal de ser bueno, uno se puede salvar en todas las religiones? Estoy inquietando inútilmente a las conciencias”. En cambio, si se está persuadido de que no hay salvación fuera de la fe en Nuestro Señor Jesucristo, se querría devorar al mundo y estar en todas partes al mismo tiempo para gritar: “¡Creed en Nuestro Señor Jesucristo!” El espíritu misionero devora a las almas de los sacerdotes para que recorran el mundo y vayan a predicar el evangelio y a Nuestro Señor, y convenzan a los adeptos de las falsas religiones a que se conviertan a la única religión verdadera. Lo que ha sucedido con motivo del Concilio es espantoso.

La “libertad” de conciencia es la libertad del error

Gregorio XVI continúa:

«De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad de conciencia. Este pestilente error se abre paso (…) para ruina de la sociedad religiosa y de la civil y se extiende cada día más por todas partes (…) “¡Qué peor muerte para el alma que la libertad del error!”  Decía San Agustín». Por supuesto, hay que entender bien la libertad de conciencia. Nosotros también pedimos la libertad de conciencia para que nadie pretenda forzar nuestras conciencias a que adopten el error. Pedimos que nadie nos someta a la tortura, como hicieron con los mártires, para forzar las conciencias a adorar a los ídolos. Para nosotros la libertad de conciencia y la libertad del alma es adherir a la Verdad.

Pero la libertad de conciencia que admite que cada uno tenga su propia moral y fe, y que pueda hacer o creer lo que quiera, es inaceptable. Un musulmán dirá: “Para nosotros la poligamia es algo normal. Mi conciencia dice que es buena. Vosotros decís que no, ese es vuestro asunto; pero yo digo que sí, y eso es todo”… y luego, con todo lo demás: todas las inmoralidades y todo lo que se puede imaginar: “Mi conciencia me dice que no es malo”. ¡Eso es inaceptable! Lo mismo sucede con las religiones. No se puede decir que todos tienen la libertad de tener la religión que quieran. Sin embargo, la Declaración sobre la libertad religiosa (Dignitatis humanae) dice lo contrario.

Estos últimos días, en preparación de la venida del Papa a París, Le Figaro ha dedicado una página entera a Mons. Lefebvre y a su obra. Después de una exposición más o menos objetiva redactada por Jean Bourdarias sobre la Fraternidad y su desarrollo, hay dos artículos más, uno de Michel de Saint-Pierre y otro de un sacerdote (J. Vandrisse?). El de Michel de Saint-Pierre está bien. Es interesante y esencialmente nos defiende. Pero el de ese sacerdote está en contra nuestra: “Mons. Lefebvre —escribe— está contra la libertad de conciencia”, mientras que el Papa está a favor, es decir, a favor de la libertad para todas las religiones, opiniones y filosofías.

Nada irrita tanto a los que preconizan la libertad para todas las religiones como la postura que formulamos nosotros contra semejante libertad de conciencia, apoyándonos en los Documentos Pontificios. Es una reacción muy masónica. Apenas se les ataca en esos puntos, reaccionan con mucha violencia y nos dicen: “¡Sois unos intolerantes!” Eso no es ningún argumento. Lo que sucedió en el Concilio es extremadamente grave, ya que supuso la penetración de las ideas liberales al interior de la Iglesia. Ahora, en Roma no saben cómo salir de ahí. La religión católica no puede vivir en ese clima de degradación. No se puede mezclar así a la verdad con el error. El error está siempre contra la verdad y acaba devorándola, es decir, la hace desaparecer. En cambio, si se afirma con vigor la verdad, desaparecerán los errores. Pero si no se recurre a esta afirmación firme de la verdad, gana el error, por lo menos en apariencia y por un tiempo limitado, puesto que finalmente sólo triunfará la verdad. Por esto me ha parecido importante prestar mucha atención a los diferentes puntos que señala Gregorio XVI en su encíclica Mirari vos.