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sábado, 30 de enero de 2016

"Presencia de Satan en el Mundo Moderno"

León Bloy

LEON BLOY


Recordemos brevemente que León Bloy, nacido en Perigueux, de padre ateo y madre muy piadosa, fue, desde su infancia, de temperamento violento, absoluto, inadaptado. Barbey d'Aurevilly le dio la fe — en París — y lo formó en esta búsqueda de un estilo suntuoso y fuerte, salpicado de palabras raras y expresivas, que son el rasgo principal de su modalidad. Es indiscutible que Léon Bloy fue un escritor magistral, que tiene un sentido del ritmo, de la música de la frase, que lo coloca en primera fila. Se relacionó estrechamente con Ernest Helio y con el abate Tardif de Moidrey. Tuvo una entusiasta admiración por el escritor lionés, Blanc de Saint-Bonnet. Pero de acuerdo con el libro de R. Barbeau, ya es una verdad que frecuentó mucho a los ocultistas, que vivió a la espera de revelaciones grandiosas, de catástrofes sorprendentes, y con la convicción de que tenía que cumplir una misión capital.

Debido a su carácter absoluto, se halla en conflicto agudo con su época. "Tengo la sensación clara —escribirá el 29 de mayo de 1892 — que todo el mundo se equivoca, que todo el mundo está engañado, que el espíritu humano ha caído en las más densas tinieblas.,¿De dónde le viene a él, pues, la luz? No de la Iglesia Católica como tal, sino de una pobre prostituta llamada Anne-Marie Roulé, la Verónica de su novela; “El desesperado”. Se ha vinculado con ella; asegura que la ha convertido. La mujer tiene visiones sobrenaturales antes de caer en la locura y acabar sus días en un manicomio. Basado en la fe de esta mujer y en las revelaciones que cree contenidas en el secreto de Melanie Calvat, la vidente de La Salette, proclama su segunda de la inminencia de la "parusia", os decir del fin del mundo. Y esta "parusia" consistirá en el advenimiento del Paráclito que ¡no sería otro que Lucifer en persona! Semejante extravagancia desemboca en la blasfemia más inadmisible.

Todo el libro de R. Barbeau tiende a demostrar que ésta fue la idea dominante y esencial de Léon Bloy, idea que consideraba como su "secreto" personal, que disimulaba, por consiguiente, pero ¡que inspiraba secretamente todo lo que escribía! Constantemente decepcionado en sus esperanzas de asistir al acontecimiento que tenía por misión preparar, escribirá, en su Biografía (publicada por Joseph Bollery, Albin-Michel, 1947): "No he podido hallar en mí más que el resentimiento más amargo y feroz contra un Dios tan duro e ingrato. . . Yo tendría vergüenza de tratar a un perro sarnoso como Dios me trata" (I, 428-429), Cree en efecto que Dios Padre fue un amo imperioso y despiadado, que Dios Hijo no hizo más que reparar la obra del Padre que había dado tan mal resultado, pero que únicamente con el Espíritu Santo llegará el reino universal del Amor.
Léon Bloy renovaba así a su manera las ensoñaciones de Joaquín de Flore (hacia 1145 - 1202). Pero ¡es sobre todo la identidad que establece entre Satán y el Espíritu Santo lo monstruoso! El Satán de Léon Bloy Y sin embargo León Bloy se glorifica de ser el único — es con frecuencia: ¡el único! — que ha comprendido lo que es Satán. Desde el momento que ve en él a la tercera persona de la Santísima Trinidad, no podríamos sorprendernos lo bastante de la enormidad de los poderes que le atribuye. En su libro sobre Cristóbal Colón, intitulado El revelador del Globo (1884), leemos: "La noción del Diablo es de todas las cosas modernas la que más carece de profundidad, a fuerza de haberse tornado literaria. Con toda seguridad, el Demonio de la mayoría de los poetas no espantaría ni siquiera a los niños. Sólo conozco un Satán poético que sea verdaderamente terrible. El de Baudelaire, porque es sacrilegio. "Todos los otros, comprendido el de Dante, dejan nuestras almas bien tranquilas, y sus amenazas harían encogerse los hombros muy poco literarios de las niñitas del catecismo de perseverancia. Pero el verdadero Satán que no conocemos más, el Satán de la Mujer y el Tentador de Jesucristo, ése es tan monstruoso que si le fuera permitido a ese Esclavo mostrarse tal cual es — es la desnudez sobrenatural del No-Amor — la raza humana y la animalidad toda entera sólo lanzaría un grito y caería muerta." Hasta aquí estamos completamente de acuerdo con Léon Bloy.


Lo estamos un poco menos en lo que sigue, porque exagera: "El (Satán) está entre todos los labios y todas las copas; está sentado en todos los festines y nos llena de horror en medio de los triunfos; está acostado en el fondo más oscuro del lecho nupcial; ¡roe y mancha todos los sentimientos, todas las esperanzas, todas las blancuras, todas las virginidades y todas las glorias! Su trono preferido es el cáliz de oro del amor en flor y su baño más suave es el hogar de púrpura del amor en llamas. Cuando no hablamos a Dios y por Dios, es al Diablo que hablamos y él nos escucha... en un formidable silencio. Envenena los ríos de la vida y las fuentes de la muerte, horada precipicios en medio de todos nuestros caminos, arma contra nosotros la naturaleza entera, a tal punto que Dios ha debido confiar el cuidado de cada uno de nosotros a un espíritu celeste para que no perezcamos desde el primer instante de nuestro nacimiento. En fin, Satán está sentado sobre la cima de la tierra, con los pies sobre las cinco partes del mundo, y nada de humano se cumple sin que el intervenga, sin que haya intervenido y sin que deba intervenir."


Y concluye: "Es el imperio ilimitado de Satán. Reina como patriarca sobre la multitud de horrorosos hijos de la libertad humana." Muchas veces Léon Bloy ha vuelto sobre estas mismas ideas que podrían estar firmadas por Lutero, el teólogo pesimista del pecado original, imborrable e indestructible. Ha vuelto sobre ellas en sus libros: Bella aires et Parchars (Domadores y porqueros) (1905), El alma cíe Napoleón (1912), y otros. Escribió, un día, a Pierre Termier: "Todo lo moderno es del Demonio. Tal es la clave de mis libros y de su autor." Y en El invendible (1909), leemos (pág. 219): "Podríamos encontrarnos mañana en presencia de un caso de posesión universal Pero, justamente ¿cómo después de haber exagerado tan violentamente la potencia maléfica de Satán puede Léon Bloy identificarlo con el Paráclito? ¿Cómo aquel que según él es el No-Amor, y según nosotros también, puede convertirse en el Amor personificado? Esto es el secreto más profundo de Léon Bloy. Está perdido en los simbolismos más impenetrables y goza de éxtasis que no pertenecen más que a él. Escribiendo a su novia, la hija del escritor dinamarqués Molbech, le dice el 24 de octubre de 1889: "Recuerda . . . esta cosa que me fue revelada otrora que sólo yo en el mundo he podido decir, a saber que este Signo de dolor y de ignominia —La Cruz— es la figura más expresiva del Espíritu Santo. Jesús que es el Hijo de Dios, el Verbo hecho carne y que representa a toda la humanidad, lleva pues esta Cruz, que es más grande que él y que lo abruma. Simón el Cirineo tiene que ayudarlo a llevarla. Cuando pienso en este grande personaje misterioso, elegido de toda eternidad entre miles de millones de criaturas para ayudar un día a la Segunda Persona divina a llevar la imagen de la Tercera, me siento penetrado de un respeto infinito que se asemeja al espanto. "El nombre de Simón quiere decir: obediente, y es la desobediencia lo que ha impuesto la Cruz, es decir, el Espíritu Santo, sobre las espaldas de este otro obediente que es Jesucristo. Advierte bien, Jeanne, que esto nos da tres, dos obedientes para llevar la carga terrible de la desobediencia y que este trío lamentable está en marcha para ir a vencer a la muerte. ¡Qué abismo!"


En otra carta fechada el 2 de diciembre de 1889, deja traslucir una vislumbre de su modo de concebir la caída original y la restauración final: "Verás — dice — cómo concibo en este instante el drama inmenso de la Caída. La Serpiente, figura sombría del Espíritu Santo, engaña a la mujer que allí es la figura radiante. La mujer acepta y come la muerte. Hasta ese momento el género humano no ha caído, puesto que si la mujer ha cambiado su maravillosa inocencia por el pudor que no es más que su reflejo lamentable, el hombre, figura deslumbrante de la Segunda Persona divina, no ha alterado todavía esta inocencia haciendo uso de su libertad. Tal es la situación inaudita, casi incosebible. Ahora requiero toda tu atención. El hombre y la mujer están en presencia el uno del otro, en conflicto, solos, porque la Serpiente ha pasado por la mujer, se ha amalgamado a ella; la sombra y la luz se han fundido, una  y otra, para los siglos de los siglos. El hombre y la mujer, es decir, Jesús y el Espíritu Santo, están el uno frente al otro, bajo la mano terrible del Padre.

"La mujer, figura del Espíritu Santo, representa todo lo caído, todo lo que caerá. El hombre, figura de Jesús, representa la salvación universal por la aceptación, la asunción misma de todas las caídas, de todo el mal posible y, por el milagro de una ternura infinita, consiente en perder la luz de su inocencia para compartir el fruto de la muerte, con vistas a triunfar un día de la misma muerte, cuando el dolor haya ampliado prodigiosamente su libertad. Entonces los dos advierten que están desnudos, porque la Redención —ya iniciada— que un día deberá cumplirse sobre un árbol del cual el del Edén no es más que una prefiguración, ese día la víctima, el holocausto universal de la Libertad y del Pudor tendrá que ser contemplado completamente desnudo sobre la Cruz de la expiación universal. ¡Tendría otras cincuenta cosas que decir sobre esto si no me estuviera muriendo de frío! "No importa: el Amor, en un movimiento inefable e incomprensible, cae sobre la tierra; el Verbo, del cual es inseparable, cae después de él, y el Padre los eleva el uno por el otro, sucesivamente, debiendo el hombre primero dar su libertad de manera terrible para salvar a la mujer, y debiendo la mujer después entregar su pudor de manera aún más terrible para libertar a su esposo. Cuando me escribes que tal vez la mujer sea la única rica y el hombre el único pobre, expresas — ¿es a pesar tuyo? — una de las más adorables exégesis trascendentes.



Pero esta fórmula no es perfectamente cierta sino en el sentido de la exégesis y esto me hace volver al objeto de mi carta." Si comprendemos bien este lenguaje sibilino y presuntuoso, la Serpiente, es decir Satán, figura sombría del Paráclito, engaña a la Mujer y no solamente a Eva, sino a la Mujer que será la Virgen María, figura radiante del mismo Paráclito. La Serpiente "se ha amalgamado a ella", lo cual quiere decir que Satán y la Luz y la Mujer "se han fundido unos en los otros para todos los siglos de los siglos". La Serpiente y la Mujer no forman más que un solo ser que es el Paráclito. Pero después de la caída, la elevación. El Amor, en un movimiento inefable e incomprensible, cae sobre la tierra. El Verbo, del cual es inseparable, cae después del, y el Padre los eleva el uno por el otro sucesivamente." Paráclito es sinónimo de Lucifer. Su imagen más notable es el hijo pródigo. El Padre espera ansiosamente su regreso. Lucifer volverá. Será recibido con alborozo por el Padre. Su hermano mayor no estará contento. Esto quiere decir que la Iglesia perseguirá al Paráclito Liberador que debe desclavar a Cristo al final de los tiempos.