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jueves, 21 de enero de 2016

MIGUEL AGUSTIN PRO Y SUS AMIGOS.


ROBERTO PRO INDULTADO


(Julio Scherer García. Roberto Cruz en la Época de la Violencia. Serie de artículos publicados en Excélsior, en octubre de 1961.)

A Calles le constaba que los Hermanos Pro eran inocentes-. Al mismo Obregón igualmente. Y a Roberto Cruz, que condujo las averiguaciones. Como quedó comprobado por el acta levantada en la Inspección de Policía el 19 de noviembre. Entonces, ¿por qué Calles determina que sean fusilados? Quia nominor leo. Porque me llamo león. El General Cruz, sabiendo que eran inocentes, se atrevió a sugerirle que convenía consignarlos - tal vez- a las autoridades judiciales. Replicó Calles, con gesto enfático y dramático "No, Ejecútelos y cuando esté cumplida la orden venga adarme cuenta de ella". (Excélsior, octubre 1961).

Mentiras de Cruz y de Morrow. - Aún no cumplido un mes de su estancia en México, el embajador de los Estados Unidos, Dwight D. Morrow, llegado a la Ciudad de México el 23 de octubre de 1927 (presentó sus credenciales el 29 del mismo mes), envió al Departamento de Estado de los E.U. su despacho 123, fechado el 25 de noviembre de 1927, en donde comunica: "La prensa de ayer pública una declaración oficial del General Roberto Cruz, Inspector General de Policía, en los términos siguientes: Comprobada la responsabilidad de las personas que participaron en el atentado, la superioridad ordenó su fusilamiento.

Esta responsabilidad quedó comprobada en las declaraciones explícitas que rindieron ante las autoridades policíacas: declaraciones que vinieron a confirmar la investigación que sobre el particular efectuó la policía y de cuyo asunto la prensa metropolitana dio amplia y veraz información. Por lo tanto, esta Inspección General de Policía, no tiene que agregar nada sobre el particular, desde el momento en que el resultado de sus trabajos fueron [sic] ya dados a conocer."

¿Cómo se atreve Morrow a solidarizarse con Cruz proclamando estas mentiras, tan grandes como montañas? Y continúa Morrow su despacho 123 informando del fusilamiento de las cuatro víctimas, Miguel, Humberto, Luis y Antonio Tirado, dudando ahora de la realidad como la pintó Cruz. Dice: "La actitud de las autoridades en este caso ha causado gran indignación en la Ciudad de México ... apartándose de los principios legales y violando lo dispuesto por la Constitución Mexicana y el Código de Procedimientos Penales ... ". y termina con las siguientes vacilaciones: "Es igualmente difícil definir la verdad sobre la complicidad que se pretende de las cuatro personas ajusticiadas el 23 de los corrientes con relación al atentado contra el General Obregón. A este respecto se presentan contradicciones entre las declaraciones oficiales y las numerosas opiniones expresadas por el elemento católico. Sean o no culpables los prisioneros ejecutados el día mencionado, muchos consideran que esto es de menor importancia, frente a los procedimientos extralegales empleados para llegar a estas ejecuciones" (Vasconcelos Visto por la Casa Blanca. Obra citada, páginas 39-40).

Espectacular Matanza. El martes 22 por la tarde comenzaron los preparativos de la terrorífica hecatombe, vergüenza del siglo XX. A media noche bajaron a los sótanos inhóspitos, donde los prisioneros tiritaban de frío, sobre las asperezas del cemento, sin camas, ni colchones, ni almohadas, los Generales Roberto Cruz, el terrible; y Jesús Palomera López, "hombre' de pésima reputación, anormal y sanguinario", según el Padre Antonio Dragón, S.J., para revisar, de pies a cabeza, a los prisioneros y tomarles docenas de fotos con la chispa luminosa y deslumbradora del molesto "flash".

En la mañana siguiente, desde como a las seis, empezó en la Inspección un inusitado movimiento de tropas. Tres ambulancias, militares uniformados de gala y un ejército de fotógrafos penetraron en los patios. A las 10 de la mañana, José Mazcorro, el que se ufanaba y vanagloriaba de ser "la Ley", Jefe de Comisiones de Seguridad, bajó al sótano número uno, donde el Padre Pro y su hermano Roberto oraban de rodillas, y en voz altisonante y ostentosa gritó: "¡Miguel Agustín Pro!". Salió el Padre Pro de su estrecha y obscura celda, estrechando la mano de su hermano Roberto, sin decir palabra. Sólo dijo: "Nos veremos en el Cielo". Tenía la seguridad de volar del suplicio a la gloria.  Frente a un muro del jardín de la Inspección hay unas siluetas metálicas para la práctica del tiro al blanco. Un pelotón de la policía montada, en traje de gala, como en día de fiesta nacional, se situó a unos cuantos metros de distancia. Había más soldados, oficiales y curiosos. El General Cruz, de uniforme dominguero, saborea un aromático puro. Al aparecer el Padre se produjo un repentino silencio. Caminaba lentamente junto a Mazcorro. El agente-detective que "confesó" a Nahúm, Antonio Quintana, se atraviesa en su dirección al patíbulo y le pide que lo perdone. "Perdóneme, Padre", le dijo. Con la mayor naturalidad del mundo le contestó: "No sólo te perdono, hermano, sino que te lo agradezco". Ya de cara al pelotón, el Mayor Torres, jefe del piquete de la ejecución, le preguntó se deseaba algo. Le respondió sencillamente: "Rezar". Se arrodilló, bajó la cabeza y se santiguó, besando el pequeño crucifijo que llevaba en la mano derecha y el rosario que traía en la izquierda. Ora unos instantes. Se levantó, se colocó en el lugar de la muerte y esperó con los ojos semicerrados. Abrió los brazos en cruz y gritó: [Viva Cristo Rey! El silencio es total. Una descarga rubrica su exclamación. Una descarga y se desploma. Un soldado se aproxima y dispara su arma en la sien del mártir. Eran las 10 y 30 minutos de la mañana.

Casi idénticamente se produjo la segunda escena. Bajó Mazcorro al sótano y apareció nuevamente en el jardín junto a Luis Segura Vilchis, quien de una mirada abarca la tragedia que se cierne sobre su cabeza. Pero no se abatió. Erguido, con el rostro sereno, avanza hasta el sitio de su sacrificio. Al llegar frente al cadáver del Padre Pro se detuvo un instante y lo miró sin desmayos. Luego se inclinó ante él y después se colocó a su derecha.  Contestó con voz clara a las preguntas que se le hicieron de si deseaba alguna cosa y si quería ser vendado. Respondió que no. A pie firme y frente al cuadro de ejecución, dijo: "Estoy dispuesto, señores". Sus manos las llevó, instintivamente, a los bolsillos del pantalón. Pero luego las sacó y echó los brazos hacia atrás, presentando el pecho levantado para recibir la descarga. Se hizo un silencio angustioso que se quebró con la voz de mando: ¡Firmes!... ¡Tercien!... ¡Preparen!... ¡Apunten!... ¡Fuego! Cayó sobre su costado derecho, cerca del cuerpo del Padre Pro. Humberto fue el tercero sacrificado. Con idéntico valor caminó al Patíbulo y recibió la muerte. Juan Tirado Arias fue el cuarto. Temblaba de fiebre y no se le concedió ver por último a su mamá, como lo anhelaba. Tenía 20 años. Iban a dar las 11 de la mañana.


Loas al Ing. Vilchis. Escribió el primer Obispo de Huejutla, Mons. José de Jesús Manríquez y Zárate: "Segura Vilchis, por ejemplo, aseguró ante el representante de la tiranía que veinte veces daría muerte al General Obregón, si fuera necesario, por creerlo en gran manera nocivo a la Patria. Y después de esta enérgica afirmación, se encaminó serenamente al lugar del suplicio. ¿Quién no ve en este atleta de Cristo la encarnación del valor cívico en su más alta expresión, junto con el valor cristiano en la más sublime de las manifestaciones? ¿O este joven gallardo, orgullo de la Iglesia y ornamento de la Patria, dejará de ser mártir por haber sido excelente ciudadano?" y el Padre Antonio de Viú, S.J., haciendo alusión a su porte y manera de recibir la descarga, con tanto valor y entereza, escribió estos inspirados versos, como un epitafio glorioso:

Fijos los ojos en la azul esfera,
erguido el pecho, la cabeza alzada,
atrás los brazos, y la faz bañada
del sol eterno con la luz primera.
De su vida en la alegre primavera
por Cristo Rey cual víctima inmolada,
a Pie firme la muerte despiadada
al Congregante de María espera.
Suenan de la descarga los fragores,
y el Plomo ardiente, que en el pecho se hunde,
traspasa el corazón, ¡nido de amores! ...
y en tanto que la sangre corre hirviente
la aurora de mártir se difunde
de Luis Segura por la hermosa frente.

El Indulto a Roberto. Si eran tres los hermanos Pro y los tres fueron aprehendidos, encarcelados y sentenciados a muerte, el lector se preguntará: ¿y qué fue de Roberto, el menor de los tres? Pues al enterarse de la aprehensión de sus hermanos, Ana María Pro movió todas las influencias a su alcance, entre otras la del Embajador de Argentina en México, Emilio Labougle, quien visitó a Calles para pedirle que no se hiciese daño alguno a los prisioneros. Y veamos lo que consiguió. Nos lo informa el Padre Joaquín Cardoso, S.]., en la página 384 de su obra supra citada: "Toda la zona que rodeaba a la Inspección estaba llena de una silenciosa multitud. Asidas a los barrotes de las ventanas, trepadas en las azoteas, donde cada quien podía, las gentes asistían de cerca a lo que estaba por consumarse. Todo era patetismo y silencio. Nadie dudaba ya de que las cosas no tenían remedio. Una llamada telefónica sonó en la residencia del Ministro Argentino, comunicándole los serios temores que existían en el pueblo. El diplomático subió a un automóvil y se presentó frente al General Calles. La escena fue rápida.

 - Señor Presidente, ¿es verdad que van a fusilar a los Pro?
-- No puedo evitarlo, Señor Ministro, porque se trata de un compromiso político con el General Obregón. Y vinieron las insistencias y las defensas, hasta que el llamado a la justicia triunfó en el ánimo de Calles. Tomó el teléfono y pidió con Cruz.
- ¿Fusilaron ya a los Pro?
- Lo estamos haciendo.
- Detengan las ejecuciones. - Imposible, ya han sonado varias descargas, pero veré si algunos quedan vivos. Sí, en estos momentos va entrando a cuadro Roberto Pro.
-No lo maten, vuélvanlo a la celda y esperen órdenes."

“Paso al Mártir de Cristo!" A bordo de ululantes ambulancias, dispuestas de antemano, fueron conducidos los cadáveres de los mártires al Hospital Militar para hacerles la inútil autopsia. Más tarde recogieron los cuerpos de sus hijos D. Miguel Pro, el padre de los hermanos Pro, y la madre del Ingeniero Vilchis. También la humilde madre del obrero queretano Juan Antonio Tirado Arias recogió, al día siguiente, los destrozados despojos de su hijo. El pueblo, desafiando la ira impotente de los asesinos, mostró públicamente su rencor acumulado. Una fila interminable de dolientes desfilaron frente a los ataúdes y se llegaron a besarlos. Abundaron las ofrendas florales. Más de 500 automóviles bloqueaban las calles y más de 30 mil personas visitaron la capilla ardiente de los Pro, instalada en Pánuco 58. Todos se apretujaban por entrar. Hasta que el Padre Alfredo Méndez Medina, saliendo al balcón, gritó a las muchedumbres compactas: "Paso al Mártir de Cristo!"




Automáticamente se abrió una valla, al tiempo que el féretro del Padre Pro asomaba por la puerta, en hombros de sacerdotes vestidos de civiles. De la casa del Padre Pro al cementerio de Dolores hay unos seis kilómetros. El recorrido fue lento. Al frente las dos carrozas, la del Padre Pro y la de Humberto. Iban los acompañantes de cuatro en fondo. A sus lados dos filas de automóviles. Sobresalían en esta singular apoteosis las caras encendidas, las palmas y los ramos y las coronas y ramilletes de flores. Una gran muchedumbre triunfal también concurrió a la casa número 6, de la Plaza Juárez, en la Villa de Guadalupe, para rendir devoto y ferviente homenaje al heroico acejotaemero Luis Segura Vilchis. Cuando el 24 de noviembre fueron conducidos los cuerpos de los Hermanos Pro a la Colina de Dolores y el de Segura a la Colina del Tepeyac, una multitud compacta los acompañó, rezando con delirante fervor el Santo Rosario y cantando el Himno de Cristo Rey: "Que viva mi Cristo, que viva mi Rey". Yo pienso que las almas de nuestros muertos contemplaron desde su Cielo esta marcha triunfal.

FIN