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miércoles, 20 de enero de 2016

LE DESTRONARON - Del liberalismo a la apostasía La tragedia conciliar.

CAPITULO VI
DESIGUALDADES NECESARIAS.

“La naturaleza se rige por procedimientos que implican la autoridad y la desigualdad, contradiciendo así directamente, la ridícula hipótesis liberal y democrática.” Charles Maurras, Mis Ideas Políticas Un individualismo antinatural Prosigamos el análisis del principio del liberalismo: es antinatural, dice el Card. Billot, “al pretender que todo debe ceder ante el bien de la libertad individual, que las necesidades sociales han multiplicado las trabas a esta libertad, y que el régimen ideal para el hombre es aquel en el cual reinase la ley del puro y perfecto individualismo”. Ahora bien, agrega el autor, “este individualismo es absolutamente contrario a la naturaleza humana”.

Aquí reconocemos el liberalismo individualista de Juan Jacobo Rousseau, que se encuentra en el fondo de todo pensamiento político actual. Según Rousseau, los hombres nacen libres, es decir, libres de toda coacción y asociales por naturaleza, hechos para vivir solos en la selva, donde son felices. El origen de sus males y de la desigualdad reside en la introducción de la propiedad privada, que engendra las rivalidades: un “estado de guerra de todos contra todos”. Si los hombres se unen entonces en sociedades, no es por una necesidad de su naturaleza, sino únicamente por decisión de su libre voluntad, como una escapatoria a ese estado en el cual el hombre es un lobo para el hombre. La sociedad no tiene nada de natural, es puramente convencional en su origen histórico y en su constitución: esta convención es el “contrato social”.

Toda esta teoría fue refutada de antemano, especialmente por Santo Tomás de Aquino, que demuestra la naturaleza social del hombre, poniendo en evidencia el hecho de que el hombre es el animal más desprovisto de medios naturales para subsistir de manera autónoma cuando nace y que los hombres aún en la edad adulta, son incapaces de satisfacer solos a todas sus necesidades; deben entonces ayudarse mutuamente. Hubiera querido presentar aquí una página admirable, titulada “la desigualdad protectora”, del admirable pensador político contemporáneo Charles Maurras (1868-1952) quien, siguiendo a Santo Tomás, refuta magistralmente la mitología rouseauniana individualista e igualitaria. Pero bastará aquí indicar lo que enseña León XIII en relación a ese tema en su encíclica sobre el origen del poder político: “Pero es un grande error no ver lo que es manifiesto, a saber: que los hombres, no siendo una raza de vagos solitarios, independientemente de su libre voluntad, han nacido para una natural comunidad.”




Una igualdad quimérica

El principio igualitario es quimérico, dice el Card. Billot, “ante todo porque no responde en absoluto a la realidad: supone en el origen de toda sociedad, un pacto inicial. ¿Dónde? Presupone la entrada libre de cada uno en la sociedad. Va todavía más lejos. Imagina que los hombres han sido tallados exactamente del mismo modelo –exactamente iguales– el hombre abstracto, millones de veces reproducido sin notas individualizantes. ¿Dónde está?” – “Aplicad el contrato social si os parece bien, dice Taine, pero explicadlo únicamente a los hombres para los cuales fue fabricado. Son hombres abstractos de ningún siglo y de ningún país, puras entidades nacidas de la varita mágica metafísica.”

León XIII expresa el mismo juicio concisamente a continuación de la frase antes citada: “Agregad a esto que el pacto que invocan, es un invento y una quimera.”Quiero insistir sobre el aspecto quimérico de esta igualdad, según la cual los hombres nacen iguales, o al menos iguales en derechos: “los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”, proclama el artículo primero de la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1791. Veamos lo que piensan de esto los Papas. El Papa Pío VI, en primer lugar, condenando especialmente el artículo II de esta misma declaración se refiere directamente de la libertad-igualdad: lo condena calificándolo de “quimera” y de “palabras vacías de sentido”:

“¿Dónde está entonces esta libertad de pensar y de actuar que la Asamblea Nacional otorga al hombre social como un derecho imprescriptible de la naturaleza? Ese derecho quimérico ¿no es acaso contrario a los derechos del Creador Supremo, a quien debemos la existencia y todo lo que poseemos? ¿Es posible ignorar que el hombre no fue creado para sí mismo, sino para ser útil a sus semejantes? Pues tal es la debilidad de la naturaleza humana que, para conservarse, los hombres tienen necesidad del socorro mutuo; y por eso los hombres han recibido de Dios, la razón y el uso de la palabra, para permitirles pedir ayuda a otros y poder socorrer a su vez a aquellos que imploraran su auxilio. Es la misma naturaleza la que ha establecido lazos entre los hombres y los ha reunido en sociedad; por otra parte, puesto que el uso de la razón que el hombre debe hacer consiste esencialmente en reconocer a su Soberano Autor, honrarlo, admirarlo, entregarle toda su persona y su ser y supuesto que, desde su infancia es necesario que esté sometido a aquellos que tienen más edad, que se deje gobernar e instruir por lecciones, que aprenda de ellos a reglamentar su vida según las leyes de la razón, de la sociedad y de la religión, se sigue que esta igualdad y esta libertad –tan ponderadas– no son para él, desde el momento de su nacimiento, más que quimeras y palabras vacías de sentido.”

De esta libertad-igualdad, supuestamente innata en el individuo, derivará, en virtud del contrato social, el principio de la soberanía del pueblo; la soberanía reside primariamente en el pueblo y de ninguna manera en Dios, o en las autoridades naturales constituidas por Dios; Pío VI no deja de notar esta consecuencia. El Papa León XIII condena a su vez el principio liberal de igualdad de los hombres, retomado por los socialistas y distingue cuidadosamente la igualdad que los hombres tienen por su naturaleza común, de la desigualdad que tienen en razón de las funciones diversas en la sociedad y que es afirmada por el Evangelio:

“Los socialistas (...) no cesan de insistir, como hemos insinuado, que todos los hombres son entre sí por naturaleza iguales, y por lo tanto, sostienen que ni se les debe el honor y reverencia a la majestad, ni a las leyes, a no ser acaso las que ellos se dan a su arbitrio."

“Por el contrario, según las enseñanzas evangélicas, la igualdad de los hombres es tal, que todos, dotados de la misma naturaleza, son llamados a la misma altísima dignidad de hijos de Dios, y al mismo tiempo, decretado para todos un mismo fin, han de ser juzga-dos según la misma ley, para recibir, conforme a sus méritos, o el castigo o la recompensa. La desigualdad de derechos y poderes, empero, dimana del mismo Autor de la naturaleza por Quien es nombrada toda paternidad, en los cielos y en la tierra.”

León XIII recuerda luego, el precepto de la obediencia a las autoridades, dado por el apóstol San Pablo: “No hay poder que no venga de Dios; y aquellos que existen, han sido establecidos por Dios. Por ello, quien resiste al poder, resiste al orden querido por Dios” (Rom. 13, 1-2). Luego, el Pontífice enseña que la jerarquía que se encuentra en la sociedad civil, no es únicamente fruto de la voluntad de los hombres, sino, ante todo, la aplicación de un ordenamiento divino, del plan divino:

“Porque, a la verdad, el que creó y gobierna todas las cosas, dispuso, en su providencia y sabiduría, que las cosas ínfimas se dirijan a las medias, y las medias por los superiores, a sus fines. Pues, así como en el mismo reino de los cielos quiso que los coros de los ángeles fuesen distintos y unos subordinados a otros; así como también en la Iglesia instituyó varios grados de órdenes y diversidad de oficios, para que ‘no todos fuesen apóstoles, no todos doctores, no todos pastores’ (I Cor. 12, 29), así también dispuso que en la sociedad civil hubiese varios órdenes, diferentes en dignidad, derechos y poder; es a saber: que el Estado, como la Iglesia, fuese un solo cuerpo, compuesto de muchos miembros, unos más nobles que otros, pero todos necesarios entre sí y solícitos del bien común.”


Me parece que esos textos muestran suficientemente la total irrealidad del principio fundamental del liberalismo: libertad-igualdad. Es por el contrario, un hecho innegable de la naturaleza, que en ninguna etapa de su vida, el individuo es intercambiable, sino un miembro que forma parte de un cuerpo ya constituido. Y en ese cuerpo, se ve sometido a necesarias y benéficas coacciones. En ese cuerpo, finalmente, encontrará el lugar que corresponde a sus talentos naturales o adquiridos, así como a sus dones sobrenaturales, sometidos en eso también a jerarquías y desigualdades muy beneficiosas. Así lo concibió Dios, que es un Dios de orden y no de desorden.

CONTINUA...