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martes, 26 de enero de 2016

Itinerario espiritual siguiendo a Santo Tomás de Aquino en su Suma teológica

Capítulo 5
La creación del mundo; el hombre.

Nunca rezaremos lo suficiente para pedir a Jesús y a María que abran los ojos de nuestro espíritu y nos comuniquen la inteligencia y la luz que tenían sus almas, para ver a través de la obra de la creación del mundo y del hombre las perfecciones infinitas de Dios, la difusión de su Caridad, la sobreabundancia de su misericordia.“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5 3, 8). ¿Es concebible que lo que sin cesar debería conducirnos a Dios se haya convertido en un obstáculo, en un velo para nuestro conocimiento de Dios? Toda la Escritura nos invita a cantar la gloria y el poder de Dios a través de sus creaturas, y no deja de recordarnos el dominio absoluto de Dios sobre el universo espiritual y corporal. Nuestro Señor, verdadero Dios, nos ha enseñado que dominaba a toda creatura, pues todo le obedecía instantáneamente.

Aceptemos con sencillez, humildad y fe el relato del Génesis, que nos describe la obra de la creación realizada por Aquel que es la fuente del ser. Venite adoremus, et procidamus ante Deum, ploremus coram Domino, qui fecit nos, quia Ipse est Dominus Deus noster” (Salmo 94) . Esta es la única actitud verdadera que podemos tener delante del misterio insondable de Dios Creador.  Aprovechemos los contactos que la gente tiene con la Creación —ya que viaja sin cesar— para hacerles ver a Dios a través de estas maravillas de las creaturas, y para restablecer a las creaturas que somos nosotros en su verdadera dimensión frente a Dios, frente a Nuestro Señor, frente al Espíritu Santo. Alentemos a nuestros fieles a vivir en el campo y a alejarse de las ciudades, que son cada vez más lugares de perdición y de escándalo. Que aprovechen los cursos por correo, tanto religiosos como profanos, para educar a sus hijos.  Toda la naturaleza no sólo canta la gloria del Creador, sino que también revela la Caridad que dominó en toda la creación, realizando el fin prescrito a cada creatura con notable perfección, en la obediencia perfecta a las leyes establecidas por Dios; leyes de gravitación, leyes de atracción, leyes de gravedad, leyes de la vegetación, leyes del reino animal. Nada escapa a Dios en la aplicación de estas leyes, a no ser que el hombre intervenga para perturbar estas leyes de la naturaleza. Esta Caridad innata, que nos descubren las leyes de la naturaleza en este mundo desprovisto de inteligencia, debería animarnos a seguir la ley de caridad que Dios ha inscrito en nuestras almas, nuestros corazones y nuestros cuerpos, y que El se ha dignado expresarnos en su Revelación.

Así se abre para nosotros la meditación o la contemplación de la obra que Dios, en su soberana sabiduría, ha querido realizar en el hombre. Esta obra, sin duda, está hecha a base de armonía entre el mundo material y el mundo espiritual, pero también de contraste, contrariamente a la creación de los puros espíritus que son los ángeles. Esta unión de los dos mundos en los seres humanos, espíritu y cuerpo, es para ellos a la vez una fuente de acción de gracias por los dones extraordinarios de la naturaleza espiritual, adornada por añadidura con los dones sobrenaturales, y también una fuente de humildad y de humillación, para estos espíritus prisioneros en su envoltura corporal y dependientes en todo de este cuerpo, en orden al conocimiento y a la realización de la voluntad de Dios. Esto exigirá una enseñanza, una educación, y autoridades humanas que ayuden a estos espíritus a alcanzar el fin que Dios les asigna: la felicidad eterna en el seno de la Trinidad divina, por el cumplimiento de la ley y por el auxilio de la gracia.

Cierto es que Dios había provisto a nuestros primeros padres de todos los medios necesarios para la obtención de este fin maravilloso por la observancia de las leyes impuestas por El. Pero por influjo de Satanás, Eva desobedeció a la ley de Dios y condujo a Adán a este horrible pecado que acarreará consecuencias asombrosas de desorden en su descendencia y en toda la historia de la humanidad, pero asombrosas también por la manifestación de la misericordia de Dios, que irá hasta su muerte en la Cruz en la persona del Verbo, el cual se revestirá de esta carne de pecado para recrearse una familia de elegidos, purificados en su sangre y miembros de su Cuerpo místico. Por esta decisión prevista desde toda la eternidad, el Verbo decide darse una Madre, la Virgen María, inmaculada, Madre de la familia de los santificados. Ante este anuncio hecho ya a nuestros primeros padres, ¿cuáles deben ser nuestros sentimientos, nosotros que no somos solamente de la familia de los santificados, sino también elegidos de entre estos santificados para hacernos y ser santificadores? Los de la Iglesia en su canto del Exsultet: “O beata Nox!…”; los de la Iglesia en las oraciones del Viernes Santo, en que pide con fervor la conversión de todas las almas a Jesucristo.  Pero consideremos la concepción del Creador, del Dios todopoderoso, en su creación del hombre. ¿Cómo concibió su psicología en este contexto de unión de alma y cuerpo?  Es imposible llegar a la verdad sobre la naturaleza de las diversas creaturas, y sobre todo del hombre, sin buscar cuál fue el fin de Dios en esta creación. Dios lo armoniza todo en las creaturas en miras al fin a que las destina. Es propio de la inteligencia, de la sabiduría y de la voluntad animada por la caridad, asignar un fin preciso para cada obra, para cada operación y para cada ser. El fin intentado es inmutable, necesario, obligatorio, bajo pena de graves sanciones, para las creaturas espirituales dotadas de libertad. ¿Cómo conoceremos nosotros este fin que nos asigna nuestro Creador y nuestro Salvador? Por la razón y por la fe en la Revelación divina y en el Profeta por excelencia, Nuestro Señor Jesucristo.

Hacer conocer este fin a los niños al despertar su razón, y sobre todo por la fe, es el deber más grave de los padres. Hacer conocer a los padres la verdadera religión para que conozcan a Dios, lo amen y lo sirvan, es también el deber más urgente de los apóstoles y de los sacerdotes. Pues, para los hombres, la ignorancia del fin es el mayor mal que pueda sucederles. Si no conocen el fin, usarán mal los medios que Dios ha puesto a su disposición para la obtención del fin. Harán entonces mal uso de sus facultades y sobre todo de su libertad. Vivirán en el pecado y se destinarán al Infierno.

Su inteligencia, bajo la influencia de Satanás, les hará inventar falsas religiones con leyes y costumbres contrarias a la Ley divina. El dinamismo de la caridad que Dios depositó en su naturaleza se orientará a falsos bienes. La Sagrada Escritura nos da abundantes instrucciones sobre los hombres pecadores. Este dinamismo de la caridad dispuesto en nosotros no es más que el soplo del Espíritu Santo, cuando este dinamismo está bien orientado hacia el verdadero fin. Entonces todas la facultades corporales y espirituales se des-arrollan bajo la influencia divina de la ley y de la gracia. Las diversas facultades adquieren “habitus” que llamamos virtudes. Los hombres se hacen virtuosos, a semejanza de Nuestro Señor y de la Virgen María. Los hombres se santifican e impregnan todos sus pensamientos y acciones con el espíritu de fe y de caridad. Así aparece el objetivo fundamental de la moral humana: ¿cómo hacer un buen uso de la libertad en los actos humanos, es decir, en los actos conscientes, responsables, libres y meritorios? El estudio de la moral puede considerarse tanto según la conformidad con la ley como según el desarrollo de la gracia en las virtudes, los dones del Espíritu Santo, las bienaventuranzas, los frutos del Espíritu Santo. Los catecismos, en general, consideran más bien la conformidad con la ley, estudiando uno por uno los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y de paso hablan de la caridad y de las virtudes, pero sólo ocasionalmente. Muchos libros de teología moral hacen lo mismo. Santo Tomás prefirió estudiar las virtudes de manera más profunda, uniendo los mandamientos con las virtudes. Las razones de esta elección las explica el Padre Bernard en su comentario del comienzo de la IIa IIæ. Los motivos son muy sugestivos. En efecto, la adquisición de las virtudes se presenta al alma como un ideal magnífico y enriquecedor que hay que perseguir, obra de santificación con la ayuda del Espíritu Santo para llegar al fin que hay que alcanzar: el cumplimiento, en la obediencia a la voluntad de Dios, de la obra de caridad hacia Dios y hacia el prójimo que nos ha sido asignada, y merecer así la vida eterna. Esta manera de estudiar la vida moral y espiritual suscita por sí misma el combate espiritual contra el pecado, contra todas las influencias maléficas del mundo y del demonio, y nos sitúa en ese estado de vigilancia tan recomendado por Nuestro Señor: “Orate et vigilate...” (Mt. 26 41); “Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora” (Mt. 25 13).

En la dirección espiritual es más alentador invitar a la adquisición de las virtudes, y evitar por esto mismo el vicio, que defender la aplicación de la ley, aunque esta sea, sin embargo, absolutamente necesaria para orientar bien el ejercicio de nuestra libertad. [Querer definir la libertad y su ámbito haciendo abstracción de nuestro fin y de las leyes establecidas por Dios y por las autoridades legítimas para alcanzarlo, es una impostura, y el establecimiento del principio revolucionario en la conciencia humana. Es el principio del liberalismo, del racionalismo, que convierte la libertad y la razón en valores absolutos y no esencialmente relativos al plan divino de la Providencia]. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mt. 5 6), es decir, los que tienen hambre y sed de santidad. La santidad se realiza por el ejercicio de todas las virtudes.

Ante todo por el ejercicio de las virtudes teologales, que no tienen límites. Creer en Dios, amar a Dios, esperar en Dios, puede crecer indefinidamente, sin medida. La medida del amor de Dios es amarlo sin medida, es el objeto del primer Mandamiento.

Las virtudes morales naturales y aun sobrenaturales son susceptibles de medida, y por esta razón la virtud de prudencia interviene con el don de consejo para estimar el justo empleo de estas virtudes de justicia, de fortaleza y de templanza en el cumplimiento de la Voluntad de Dios: “Non plus sapere quam oportet sapere: No sentir de sí más altamente de lo que conviene sentir” (Rom. 12 3).

Las virtudes sobrenaturales pueden llevar a actos heroicos, como el martirio, que es el acto por excelencia de la virtud de fortaleza. La virtud de religión, virtud anexa de la virtud de justicia, parecería no tener una medida. Sin embargo, esta virtud regula los actos exteriores del culto, en los cuales puede haber excesos. Es evidente que la virtud interior de devoción se une a la caridad y no tiene medida, pero si incitara a una multiplicación exagerada de los actos exteriores de devoción o a manifestaciones exteriores de devoción desordenadas, sería objeto de una medida. Podrá uno referirse a Santo Tomás o a otros autores aprobados para el estudio detallado de cada virtud, de cada don del Espíritu Santo y de los vicios correspondientes. Esto sería muy útil en particular para corregirnos de las faltas que nos son habituales. El estudio de las virtudes es una fuente preciosa de santificación. Pero nada será más eficaz en este campo que la contemplación de Jesús, y de Jesús crucificado. Por eso de-seamos encontrarnos junto a Él, aprender de El el horror del pecado, y recibir de su Corazón traspasado la efusión del Espíritu de Amor, la resurrección de nuestras almas y los medios para seguir siendo cristianos, partícipes de su Vida divina: “Divinæ consortes naturæ” (II Ped. 1 4).

LA PRÁCTICA DE LA VIRTUD DE RELIGIÓN, LAZO ESENCIAL ENTRE LA VIDA SANTA Y LA VIDA DE ORACIÓN .
“Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabaoth”.

Si Dios es la santidad misma, si cantamos de Nuestro Señor que El es el único Santo, “Tu solus Sanctus”, es porque de Dios viene la fuente de toda santidad, y por eso seremos santos en la medida en que nos unamos a Dios y a Nuestro Señor. Ahora bien, ¿cómo realizar concretamente esta unión con Dios? Bajo la influencia de la gracia del Espíritu Santo. Esta unión tiene un nombre: la oración, “oratio”. Profundizando tanto la naturaleza de la oración como su extensión en nuestra existencia humana y cristiana, tendremos la convicción de que la vida profunda del espíritu creado y redimido debe ser una vida de oración continua. Todo espíritu angélico o humano está ordenado a Dios por su naturaleza espiritual, por su inteligencia y su voluntad, y gratuitamente ordenado por la gracia a entrar en la participación de la bienaventuranza eterna de la Santísima Trinidad. Por eso, todo espíritu es religioso ante todo, y su vida religiosa se manifiesta por la oración, vocal, mental, espiritual. La oración vocal, que comprende toda la oración litúrgica, instituida por Dios mismo, y por Dios encarnado, y elaborada por el Espíritu Santo especialmente en la liturgia romana, es la fuente y la expresión más sublime de la oración mental y de la oración espiritual. El lugar de esta oración en la vida del sacerdote es considerable. Descuidarla, limitarla o hacerla superficial, es arruinar la oración esencial, la oración espiritual, a la que el Espíritu Santo ordena la oración vocal.

Sobre esto es muy útil leer qué piensan los autores espirituales, como San Luis María Grignion de Montfort en su “Oración abrasada”, o el Padre Emmanuel en su “Tratado del ministerio eclesiástico, o Dom Marmion en “Cristo ideal del monje”, o Dom Chautard en “El alma de todo apostolado” . Todos los santos han practicado la vida de oración, que es a la vez un efecto y una causa de la santidad. Muchos han escrito sobre este tema, particularmente Santa Teresa de Jesús y San Francisco de Sales. Y es que tenían un concepto muy profundo de esta vida de oración, que afecta tanto a la voluntad como al corazón, y realiza así el fin para el que Dios nos ha creado y redimido: adorar a Dios en una ofrenda total de no-sotros mismos, a ejemplo de Nuestro Señor, que viene a este mundo y dice a su Padre: “Ecce venio ut faciam vo-luntatem tuam: He aquí que vengo para hacer tu voluntad”. La concepción de la oración que se limitase a la oración vocal o mental, sería una desastrosa concepción de la oración, que debe concernir a todo nuestro ser, como la oración de los ángeles y de los elegidos del Cielo. No se pueden separar las peticiones del “Pater”. Las tres primeras peticiones se encuentran vinculadas indisolublemente. No se puede separar el primer Mandamiento de Dios de los demás mandamientos. “Ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur?: He venido a poner fuego sobre la tierra, y ¿que quiero, sino que arda?” (Lc. 12 49). El fuego es el Espíritu Santo, el Espíritu de caridad que llena a la Santí-sima Trinidad, y que ha creado a los espíritus para abrasarlos con esta caridad.

Este abrasarse es la oración de toda el alma, que adora a su Creador y Redentor y se entrega a su santa voluntad, a imitación de Jesús crucificado, que ofreció toda su vida en un impulso de caridad hacia su Padre y para salvar a las almas. De ahí el “opportet semper orare”; si esta oración cesara, significaría que el Espíritu Santo nos ha abandonado. ¡Ojalá que vivamos esta oración ardiente de la voluntad y del corazón de manera constante, aun en la actividad absorbente del apostolado, que jamás debe absorbernos hasta el punto de impedir a nuestra voluntad y a nuestro corazón ser de Dios! ¡Ojalá que nuestro apostolado sea un alimento de esta ofrenda a Dios! Esta actitud profunda de nuestra alma, tan conforme a su naturaleza y a la gracia, pondrá en ella un deseo de silencio y de contemplación que podrá realizarse en los ejercicios comunes y privados de piedad. Ahí nuestra vida espiritual encontrará su unidad, su perennidad, su paz verdaderamente cristiana. Estas breves consideraciones abren horizontes sobre la realización de la voluntad divina en nuestra vida cotidiana; es la introducción en este programa de nuestra santificación, que será la trama de nuestra vida sacerdotal. “Elegit nos in Ipso ante constitutionem mundi ut essemus sancti: Nos eligió en El antes de la constitución del mundo para que seamos santos” (Ef. 1 4). El joven seminarista, al ingresar en el seminario, debe esforzarse por entrar con toda su alma en esta vida de oración, de meditación, que lo entrega sin reservas a Nuestro Señor y a la Santísima Trinidad:

• Poniendo su inteligencia en dependencia de la Revelación que ilumina para nosotros el “Mysterium Chris-ti”, por la virtud y la obediencia de la fe: “Redigere intellectum in obsequium Christi: Someter toda inteligencia bajo la obediencia de Cristo” (II Cor. 10 5).

• Poniendo su voluntad y toda su alma bajo la influencia de la caridad del Espíritu Santo, a imitación de Jesucristo, en la obediencia a la ley de la caridad expresada por el Decálogo y especialmente por su primer Man-damiento, al igual que por el Sermón de la Montaña de Nuestro Señor (Mt. 5-7). Así toda su alma estará animada por la virtud de religión, virtud natural y sobrenatural, en unión con el sa-crificio de Nuestro Señor, renovado y continuado en los altares. Así se encontrará en las mejores disposiciones para escalar las etapas de la santificación, fin querido por Dios Creador y Redentor, y expresado en las tres primeras súplicas del Padrenuestro.