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viernes, 22 de enero de 2016

Itinerario espiritual siguiendo a Santo Tomás de Aquino en su Suma teológica

Capítulo 4
Los ángeles

La existencia de los ángeles, su perfección, su actividad, la caída de los ángeles malos, su influencia en nosotros y en el mundo, todo esto nos es revelado por la Sagrada Escritura y la Tradición, y pertenece al objeto de nuestra Fe. ¡Qué gran perjuicio causa a nuestras almas el olvido de este mundo espiritual de los ángeles, más numerosos que los hombres, más perfectos que ellos! La influencia de los ángeles buenos y malos en nuestras almas es mucho más importante de lo que pensamos. El solo hecho de que tengamos un ángel custodio que vela por nosotros, sin dejar de contemplar el rostro de Dios, debería animamos a conversar con él, a recurrir a su auxilio, para que nos ayude a conquistar la vida eterna y compartir su felicidad.

Nos inclinamos más a creer en la influencia de los malos ángeles que en la de los buenos. Esforcémonos en penetrar el mundo maravilloso de todos estos espíritus llenos de la luz y de la caridad del Espíritu Santo, abrasa-dos de amor de Dios y del prójimo. Estos espíritus angélicos tienen una inteligencia y una voluntad mucho más perfectas que las nuestras. Por eso su aceptación o su rechazo a participar en la gloria de Dios fueron definitivas. El orgullo de los que creyeron alcanzar esta gloria por sí mismos los precipitó al Infierno para siempre.

¡Qué lección sobre la gravedad del pecado! ¡Cómo deberían temblar de terror los pecadores que permanecen en el pecado, y hacer el propósito de alejarse del pecado por la gracia y la sangre de Nuestro Señor, lo cual es posible mientras somos peregrinos en esta vida, pero ya no será posible después de la muerte! Aprendamos a vivir en compañía de los santos ángeles. Cada día, en el Prefacio de la santa Misa, la Iglesia nos invita a imitar a los santos ángeles, cantando la gloria de Dios: “Sanctus, Sanctus, Sanctus...”, cantando el “Gloria in excelsis Deo”.

Los oficios litúrgicos de los Arcángeles san Miguel, san Rafael, san Gabriel, son maravillosos y celestiales. ¡Qué hermosas lecciones nos dan por sus ejemplos y sus palabras! Nada hay tan celestial como el Oficio de difuntos, que nos encomienda a los ángeles: “Subvenite angeli Dei”; “In paradisum deducant te angeli”, etc. ¡Qué alentadora es la fe de la Iglesia en los santos ángeles! Guardémosla preciosamente y comuniquémosla a los fieles. El hecho de que una parte de los ángeles haya caído es demasiado importante en sí mismo y en sus consecuencias para que no reparemos en él: todos los hombres sufren las terribles consecuencias del pecado de los ángeles, y por eso este acontecimiento concierne a la salvación de cada alma.

El pecado original y todas sus desastrosas consecuencias, la acción maléfica de los demonios sobre todos los hombres, son el resultado de este abominable pecado de los ángeles. ¿En qué consistió, pues, este pecado de los ángeles? Dios quiere, con razón, que las creaturas espirituales inteligentes y libres merezcan la felicidad eterna y manifiesten espontáneamente su amor a Dios orientándose por sí mismas, bajo la influencia de la gracia, hacia la felicidad a la que Dios las destina.

Los ángeles, mucho más perfectos que los hombres, comprendieron con una inteligencia perfecta, ayudada por la gracia santificante de que están provistos desde su creación, la felicidad de la visión beatífica a la que Dios los llamaba. Así, pues, se les proponía una elección, moralmente obligatoria, pero libre. La proposición de esta elección, al ser para cada ángel lo más clara y luminosa posible, debía recibir una respuesta de adhesión instantánea y definitiva. Todos tendrían que haber respondido: “¿Quis ut Deus?”: ¿Quién es como Dios para que no lo amemos y no nos sometamos a esta proposición, que es la manifestación de la caridad infinita de Dios hacia sus creaturas espirituales? Desgraciadamente, el orgullo y la complacencia en sí mismos de un cierto número de ángeles, los arrastró hacia una elección negativa. “Lo que somos nos basta; encontramos en ello nuestra gloria”. El resultado fue inmediato: perdieron la gracia santificante y fueron precipitados a las tinieblas y al fuego del odio del Infierno para siempre, ya que permanecen eternamente en su mala elección.

La proposición de esta felicidad suprema, ¿se hizo por medio de Nuestro Señor Jesucristo, por la adhesión al misterio de la Encarnación? Es probable, porque, ¿cómo concebir que Nuestro Señor sea el Rey de los Ánge-les, sin que hayan consentido a su reino? Así se entienden mejor todas las expresiones de la Sagrada Escritura: “Rex cæli et terræ”, “Rex universorum”, “Data est mihi omnis potestas in cælo et in terra”, “Omnium creatu-rarum dominatum obtinet essentia sua et natura” (fiesta de Cristo Rey). La carta de San Pablo a los Colosenses. (Col. 1 15-20) es explícita sobre el Reino de Nuestro Señor sobre los ángeles. Así se explica también el odio de los demonios contra Nuestro Señor.

La realidad de la existencia de miríadas de espíritus angélicos y, por desgracia, también de miríadas de de-monios, su influencia sobre nosotros querida por la Providencia de Dios para los buenos ángeles y permitida para los malos, no puede dejarnos indiferentes y debe intervenir en nuestros juicios sobre la vida espiritual e incluso sobre los acontecimientos de la vida cotidiana. El pensamiento de los santos ángeles debería sernos familiar, y preparar así la realidad celestial; de igual modo, debemos hacer todo lo posible para evitar la mala influencia de los demonios.

Nuestra actitud con los demonios, ya sea en nuestra vida interior personal, ya sea en nuestra actividad pastoral, debe ser conforme al pensamiento y a la Tradición de la Iglesia. A este respecto, repasemos frecuentemente las prescripciones del Ritual, que nos da preciosos y sabios consejos. La influencia creciente de los demonios en estos tiempos de desorden, y el abandono de la pastoral de los exorcismos por parte del clero progresista, provoca un aumento de pedidos de auxilio a los sacerdotes de la Tradición.

Nuestra actitud en este campo ha de ser de gran prudencia y sabiduría: ante todo descartar los casos que son competencia de la medicina, y exigir la práctica religiosa tradicional, especialmente la asistencia frecuente al santo sacrificio de la Misa, el sacramento de penitencia, el rezo del Rosario, la oración a san Miguel Arcángel; luego, el exorcismo menor de san Miguel; finalmente, raras veces, el exorcismo mayor. Durante estos exorcismos, no hacer jamás preguntas indiscretas a los demonios, no entrar jamás en conversación con los demonios, sino ordenarles imperativamente al modo de las oraciones del exorcismo mayor. Los demonios son muy inteligentes y astutos; excitan la curiosidad para lograr hechizar, lenta pero segura-mente, al sacerdote exorcista, y acaban por hacerle cumplir sus voluntades, obligándolo a actos generalmente buenos, pero por medio de los cuales lo conducen luego a actos malos cuando dominan su voluntad.  Por eso hay que negarse a todo diálogo; Satanás logró pervertir a Eva porque aceptó dialogar.

Sepamos imponer un límite a esta pastoral, para que no se haga avasalladora: pues este es uno de los fines de los demonios para impedimos realizar nuestro apostolado. Esta pastoral debe contribuir a nuestra santificación, y no a turbarnos y llevarnos al pecado. 

CONTINUA...