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sábado, 2 de enero de 2016

Itinerario espiritual siguiendo a Santo Tomás de Aquino en su Suma teológica


Bajo el patrocinio de la Virgen María

Ansiando poner al aspirante a la santidad, y especialmente a la santidad sacerdotal, en las mejores condiciones para llegar a ella, y aun antes de considerar sus elementos y etapas esenciales, me parece imprescindible evocar la acción particular de la Virgen María en esta adquisición, por la voluntad misma de Dios. Si el Verbo Encarnado, que no tuvo necesitaba alguna de una madre para venir hasta nosotros y cumplir su misión de Redentor, quiso sin embargo que su persona divina recibiera su cuerpo y su alma en el seno de María, y durante treinta años de un total de treinta y tres permaneció sometido a María y fue en cierto modo formado por María, ¿cómo podríamos nosotros, pobres creaturas pecadoras, imaginar siquiera que no tengamos necesidad de la ayuda eficaz de María para formar en nosotros al cristiano y al sacerdote?

Espero que tendremos ocasión de hablar más extensamente de esta influencia necesaria de María para la santificación de nuestras almas, pero me parecía necesario evocar esta condición “sine qua non” de nuestra santificación, a fin de que este estudio, en su totalidad, se encuentre colocado bajo su protección y auxilio.

“Tota pulchra es, o Maria, et macula non est in te” (Cant. 4 7)


ITINERARIO ESPIRITUAL siguiendo a Santo Tomás.

“O Sapientia, quæ ex ore Altissimi prodiisti, attingens a fine usque ad finem, fortiter suaviterque disponens omnia, veni ad docendum nos viam prudentiæ”.
Esto es, en efecto, lo que nos enseñará Nuestro Señor al venir a nosotros. El es la Sabiduría encarnada; El es el Profeta; El es el Sacerdote; El es el Rey. Su alma divina es el templo que abriga todas estas riquezas. ¿Acaso existió cuna o nacimiento de niño entre los hombres en que hayan brillado, de manera incomparable, todos los esplendores del gobierno de Dios en el mundo? Sí, es la cuna o el nacimiento del Niño que pronto se presentará como la vía o el camino de vuelta del hombre hacia Dios (Ia, 109, 2 ad 4).

Entre 1945 y 1947, por decisión del Superior General de los Padres del Espíritu Santo, tuve que dejar el Africa, donde me encontraba desde 1932, para tomar la dirección del escolasticado de filosofía de la Provincia de Francia, situado en Mortain. Por este mismo motivo, quedé encargado de dar las conferencias espirituales. Para programarlas, me apoyé en el tratado de las virtudes de la Suma Teológica, y redacté unos pocos apuntes que me ayudaron a dar esas conferencias. Pasaron los años, y mis convicciones sobre el tesoro que representa la Suma Teológica, en conformidad con el magisterio constante de la Iglesia, siguieron aumentando.

La Suma de Santo Tomás representa el armazón de la ciencia de la fe para todo seminarista o sacerdote que quiere, según el deseo de la Iglesia, iluminar su inteligencia con la luz de la Revelación y adquirir así la sabiduría divina. Por eso, me parece muy deseable que estas almas sacerdotales encuentren en esta Suma, no solamente la luz de la fe, sino también la fuente de la santidad, de la vida de oración y de contemplación, de la oblación total y sin reserva a Dios por Nuestro Señor Jesucristo crucificado. Así se prepararán ellos mismos, y prepararán también a las almas que les son confiadas, a la vida bienaventurada en el seno de la Trinidad.

Mucho deseo que, con la gracia de Dios, algunos sacerdotes de la Fraternidad más capacitados que yo emprendan la obra de elaborar la suma espiritual de la Suma Teológica de Santo Tomás. Por mi parte, como este ideal me parece demasiado pretencioso para mis capacidades, me limitaré por el momento a escoger algunas ideas maestras de la Suma, tratando de atraer la atención sobre la inmensa riqueza espiritual que encierra, y principal-mente sobre la seguridad espiritual que procuran las meditaciones fundadas en una fe esclarecida, y no en un sentimentalismo religioso o un subjetivismo carismático.

¡Ojalá que estas meditaciones ayuden a conseguir una inmutabilidad espiritual que participe de la inmutabilidad de Dios! 


Capítulo 1
Dios 

A ejemplo de Santo Tomas y en su seguimiento, nuestras consideraciones se establecerán sobre la fe, sobre la Revelación, y eventualmente sobre los argumentos de razón. “Iustus ex fide vivit”: el justo, el santo, vive de la fe, porque la fe lleva en sí como en germen la visión beatífica; y nosotros hemos sido creados con este fin. La fe asume la luz de nuestra inteligencia y le confiere una sabiduría incomparable. El primer tema de estudio que presenta la Suma Teológica es Dios. Es también el primer tema de la Oración de Nuestro Señor: “Padre Nuestro que estas en los cielos”. Es la primera afirmación de nuestro Credo: “Creo en Dios”. Es el primer mandamiento: “Adorarás a un solo Dios”. El primer bien del hombre y el último, su origen y su fin, su felicidad de todos los días y de la eternidad, es Dios. Desde sus primeras horas de conciencia, el alma del niño debe volverse hacia Dios y florecer en el gran sol de Dios, “qui illuminat omnem hominem venientem in hunc mundum: que ilumina a todo hombre que viene a es-te mundo” (Jn. 1 9).

¡Bienaventurados los ángeles, que conservaron inscrito en su corazón el “quis ut Deus?: ¿quién como Dios?”, y no vacilaron en la prueba!

¡Bienaventurada la Virgen María, Inmaculada en su Concepción, que orientó para siempre su alma hacia Dios desde su más tierna infancia!

¡Bienaventurada el alma de Nuestro Señor, iluminada por la visión beatífica desde el instante de su creación!

¿Por qué tanta demora, por qué tanto retraso, por qué tanta ceguera en el conocimiento y en el amor de Dios, incluso en muchos bautizados? Esta comprobación provoca la lamentación de Nuestro Señor en los Salmos, los improperios del Viernes Santo, en el primer capítulo de San Juan. Se puede pensar que su agonía en el huerto de los Olivos era la constatación de este ateísmo de hecho. El Amor no es amado: “Non requirunt Deum...”, “non receperunt”.

¿Este drama puede dejarnos indiferentes? La realidad de la ignorancia de Dios nos supera. ¿Qué podemos hacer? Toda la sociedad moderna lleva a esta ignorancia. Pero ¿acaso nosotros mismos no tenemos demasiada ignorancia de Dios? ¿Nos esforzamos por meditar sobre Dios, por acercarnos a este misterio insondable, al “Alfa y Omega”, al “Principium et Finis”, al Misterio de amor expresado en el Verbo Encarnado? Santo Tomás nos invita a conocer mejor a Dios, en su Unidad, en su Trinidad, en sus obras.
Esta contemplación de la Trinidad bienaventurada, que será nuestra felicidad eterna, ¿no puede darnos ya desde ahora, en la fe y en el Espíritu Santo, un esbozo, un efluvio de lo que será esta felicidad? Doy aquí la referencia de algunos estudios que pueden ayudar a completar o explicar la enseñanza de la Suma: • “Las Perfecciones Divinas”, del Padre Garrigou-Lagrange; • los Comentarios de la Suma Teológica, del Padre Pègues y del Padre Hugon; • “Los Nombres Divinos”, del Padre Lessius; • “Dios”, “La Trinidad”, del Padre Emmanuel; • “Cristo, Ideal del Monje”, capítulo 1, de Dom Columba Marmion.

No se trata de hacer un estudio teológico, sino de acercarse un poco más a la realidad que es Dios, y ante sus atributos y perfecciones infinitas lanzarnos en la adoración, en la humildad, en la oblación ardiente, a imitación de Jesucristo y de la Virgen María. Un conocimiento más profundo de la infinitud de Dios, de su infinita caridad y misericordia, debería hacer-nos progresar en la Caridad de Dios, alejarnos del pecado y confirmarnos en la virtud; pues este es el camino que han seguido todas las almas santas, bajo la influencia del Espíritu de Jesús.

EXISTENCIA DE DIOS

La fe, la ciencia más segura a que podamos referimos, nos enseña la existencia de Dios: “Credo in unum Deum Patrem omnipotentem, factorem coeli et terræ, visibilium omnium et invisibilium”. Ella nos enseña que Dios es Espíritu: “Deus spiritus est”, como se lo enseña Nuestro Señor a la samaritana. Por lo tanto, un Espíritu poderoso lo ha creado todo. Hubo luego un momento en el que el mundo no existía, en el cual sólo Dios existía eternamente, en su santidad y felicidad perfectas e infinitas, no teniendo ninguna necesidad de crear. Nuestro Señor, al principio de su oración sacerdotal, hace alusión a esta época: “Y ahora Padre, glorifícame con la gloria que tenía junto a Ti antes de que el mundo existiese” (Jn. 17, 5).La fe nos enseña que la razón puede y debe llegar a la conclusión de la existencia de Dios, y San Pablo en su Epístola a los Romanos (1, 18) reprocha con vehemencia a los hombres el no haber conocido al verdadero Dios, que se manifiesta por sus obras. Y es que, en efecto, todo lo que existe, todo lo que somos, proclama la existencia de Dios, y canta sus perfecciones divinas. Todo el Antiguo Testamento, y particularmente los Salmos y los Libros Sapienciales, cantan la gloria del Creador. Por eso los Salmos tienen un lugar primordial en la oración litúrgica y sacerdotal.

Es bueno meditar sobre la creación, “ex nihilo sui et subiecti”, hecho de la nada, por la simple decisión del Creador: “Qui putat se esse aliquid, cum nihil sit, ipse se seducit: si alguien cree ser algo, no siendo nada en realidad, se engaña a sí mismo” (Gal. 6 5). Cuanto más profundizamos esta realidad, tanto más nos asombramos de la omnipotencia de Dios y de nuestra nada, y de cuán necesario es que toda creatura sea constantemente sostenida en la existencia, bajo pena de desaparición, de volver a la nada. Así nos lo enseñan la fe y la filosofía. Por sí solas, esta meditación y esta comprobación deberían arrojamos en la humildad, en la adoración pro-funda, y darle a esta actitud una inmutabilidad parecida a la de Dios mismo, que es inmutable. Deberíamos estar llenos de una confianza sin límites hacia Aquel que es nuestro Todo y que decidió creamos y salvamos.

¡Con qué devoción y sinceridad deberíamos rezar cada mañana, al comienzo de Maitines, el Salmo 94: “Venite, exsultemus... Venite, adoremus... quoniam ipsius est mare, et ipse fecit illud, et aridam fundaverunt manus ejus; venite, adoremus et procidamus ante Deum, ploremus coram Domino, qui fecit nos, quia ipse est Dominus Deus noster, nos autem populus ejus et oves pascuæ ejus” .

¡Cómo no dar gracias a la Iglesia, que pone estas palabras en nuestros labios para expresar los sentimientos más profundos de nuestras almas de creaturas! La creación es un gran misterio, porque Dios es para nosotros el gran Misterio y seguirá siéndolo eternamente, incluso en la visión beatífica. “Nemo Deum vidit unquam, nisi qui ex Deo est: sólo el Verbo y el Espíritu Santo ven a Dios, pues proceden de Dios y son un solo Dios con el Padre” (Jn. 6 46). Tratar de los atributos y de las perfecciones de Dios, realidad espiritual que lo abraza todo, que lo vivifica todo, que lo sostiene todo en la existencia, no hará más que aumentar el Misterio divino, para nuestra mayor satisfacción, edificación y santificación.Santo Tomas dice esto: “Cuanto más perfectamente conozcamos a Dios en este mundo, tanto más entenderemos que supera todo lo que la inteligencia comprende” (IIa IIæ, 8, 3).

Puesto que la fe viene en socorro de la razón para convencernos de la existencia de Dios, y nos abre horizontes maravillosos sobre la intimidad de Dios por la Revelación y sobre todo por la Encarnación del Verbo Divino, hemos de preguntarnos si puede darse a Dios un nombre que sea propio de El y nos ayude a conocerlo mejor. Ahora bien, es precisamente lo que Dios hizo tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo. Así habló Dios a Moisés: “Preguntó Moisés a Dios: Si voy a los israelitas y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros; cuando me pregunten: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Dijo Dios a Moisés: Yo soy el que soy. Y añadió: Así dirás a los israelitas: El que es, me ha enviado a vosotros” (Ex. 3 13-14). Y Nuestro Señor se expresa de la misma manera con los judíos que le decían: “¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham? Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo soy” (Jn. 8 57-58).

Nunca admiraremos lo suficiente estas respuestas tan luminosas, que por otra parte coinciden con las conclusiones de nuestra razón. “Dios es”, El es el “ens a se”, el ser por sí mismo; todos los otros seres son “ab alio”, no tienen en sí mismos su razón de ser.


Estas afirmaciones simples son una fuente de meditación y de santificación inagotable. Tanto en la mirada en Dios que se pierde en lo infinito, como en la comprobación de las relaciones de la criatura con el Creador, o en la consideración de la nada de la creatura, estamos frente a lo que hay de más verdadero, de más profundo y de más misterioso en Dios y en nosotros mismos.

CONTINUA...