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sábado, 23 de enero de 2016

Historia de San Pascual Bailón


10. Historia de una Vocación.

Era por los años de 1575. El P. Francisco Ximénez era por entonces Provincial y estaba al frente de los conventos alcantarinos del reino de Valencia. Asuntos de familia le habían llamado a Jerez de la Frontera, donde había nacido. Un hermano de Ximénez, residente en el Perú, no escribía de algún tiempo atrás, y su cuñada vivía cargada de muchos hijos y víctima de dificultades de todo género. Pues bien, a raíz de la partida de Ximénez sobrevinieron en la Provincia muchos asuntos de importancia, y el superior que ocupaba accidentalmente su puesto carecía de atribuciones para resolverlas, debiendo por lo mismo atenerse en todo a las órdenes del Provincial. En tal estado de cosas, el superior comisiona al Siervo de Dios para poner a Ximénez al corriente de todo. Pascual obedece sin poner dificultades, y hace el viaje según su costumbre, a pie y descalzo, mendigando de puerta en puerta el alimento y pasando la noche a cielo abierto. A su regreso trae en su compañía al pequeño sobrino del Provincial, llamado Juan Ximénez,
que fue después religioso franciscano y biógrafo del Santo. Los dos hicieron juntos un viaje de cien leguas, viaje del que tenemos la noticia siguiente debida al mismo Juan.

«Tenía yo, a la sazón, nos dice, como unos catorce años, y solía frecuentar el convento de Jerez. Los religiosos me trataban con tanta amabilidad, que hasta llegaban a permitirme asistir al coro y cantar con ellos.
«Cierto día en que me hallaba en el Oficio de Tercia, vi entrar en la iglesia, en el momento en que iba a darse principio a la Misa, a un hombre vestido con remendada túnica, pero tan estrecha, que más bien que túnica parecía un saco. No llevaba ni sandalias, ni manto. Después de signarse devotamente, vino a arrodillarse a un rincón del coro, besó la tierra, unió las manos y se abismó en la oración.

«Un religioso le invita a ocupar una de las sillas y él accede y se porta durante toda la ceremonia con tal piedad y recogimiento, que yo, a despecho de mi edad poco dispuesta a admirar tales espectáculos, me sentí profundamente emocionado. Era este tal el Siervo de Dios a quien yo veía entonces por vez primera. La impresión que me produjo no puede nunca borrarse en mi memoria.

«Una vez terminada la Misa, entra en el convento, habla con mi tío, y sale luego a visitar a algunos bienhechores que deseaban hablarle y que le habían sido indicados por el superior. Entre otros fue también a visitarnos a nosotros, en cuya casa se habían ya engrandecido y celebrado más de una vez sus virtudes, puesto que mi tío lo tenía en mucho aprecio y solía hacer de él grandes elogios.

«Y de hecho, él hablaba con tanta modestia y circunspección, y parecía tan bueno y tan amable, que yo, fascinado, no podía apartar de él mis ojos. De súbito el varón de Dios clava en mí una mirada escrutadora, y dice, volviéndose a mi madre:

–Entregadme este muchacho por el amor de Jesús y de San Francisco.

«Estas palabras fueron derechas a lacerar el corazón de mi pobre madre. ¡Ah! yo era su primogénito; ella tenía puestas en mí sus esperanzas para el porvenir. La familia se opondría a ello. Yo no estaba en disposición de hacer los estudios; era aún muy joven para pensar en tal cosa. Y además ¡debía marchar tan lejos!... No, mi madre no podía consentirlo en manera alguna.

«Con todo, el Bienaventurado orilla con tanta habilidad todas estas dificultades, que al fin mi madre exclama con voz entrecortada por los sollozos:
–Llevadlo, puesto que tal es la voluntad de Dios, pero que no sepa nada la familia, porque lo impediría a todo trance...
«Pascual, a su vez, promete velar siempre por mí:
–Yo le atenderé, dice, con la solicitud de una madre.
«Y esta promesa no fue en sus labios una promesa vacía de sentido. Tendido en su lecho de muerte y entre los estertores de la agonía, quiere que los presentes me atestigüen lo bien que él había satisfecho esta deuda. Por otra parte, todos los episodios desarrollados durante nuestro viaje bastan para demostrarlo bien a las claras».

Juan Ximénez, a su vez, no se mostraba disgustado por la partida. La perspectiva de un largo viaje tenía para él sus atractivos, el guía era de su agrado, y dada su edad, no se preocupaba lo más mínimo por lo que el porvenir pudiera traerle. Montaba Ximénez una pequeña mula andaluza, muy robusta y briosa, que, a pesar de los esfuerzos del jinete, trotaba de continuo, formando con los cascabeles que la adornaban un
sonido muy agradable para el muchacho. Así que Pascual, para no perder de vista a su protegido, no tenía más remedio que seguir la marcha del bruto; y esto muchas veces por caminos sembrados de piedrecitas y en forma de pendiente, bajo el peso del cansancio y de los ardores del sol... En resumen, el viaje era para nuestro Santo un sacrificio continuo. Juan, adivinando la fatiga del Religioso, se empeña en hacerle subir a la cabalgadura:
–Hermano, le dice, vayamos a caballo, tú un poco y yo otro poco.
–No, no, mi pequeño, responde el Santo, déjate estar, que yo voy a pie mucho mejor.
«Todas cuantas instancias le hice, escribe Ximénez, fueron inútiles. Lo único que conseguí de él, contra mi deseo, fue que se quitara el manto, que le habían dado en Jerez, y que se sirviera de él para hacerme un asiento...

La madre de Ximenez había proporcionado a su hijo dinero y provisiones para el viaje, pero Pascual no consintió en que el niño le pagara cosa alguna. Mendigaba su pan y se resistía a gustar las provisiones de su acompañante. Hubo, sin embargo, una excepción: Juan arrojó al camino, como inservible, parte de su vianda, aquella que, gastada por el calor, se hallaba en mal estado. El Bienaventurado se apresuró a recogerla, y con ella se alimentó durante algunos días.

«Caminábamos de ordinario a un mismo paso, pero algún tanto separados. Pascual ocupaba el tiempo en rezar o en cantar gozos al Santísimo Sacramento. Sus cantos y su voz me causaban agrado, y yo le hacía repetir los que me parecían más hermosos, sin que nunca el Santo se negara a mis súplicas. De vez en cuando se aproximaba a mí, e inspeccionaba los aparejos:
–¿Vas bien así, mi querido Juan? ¿Sientes cansancio? me decía. Vamos, ten ánimo, que descansarás dentro de poco. ¿No ves? Estamos ya cerca de una posada.
«¡Las posadas! Los famosos albergues. Suelen estar rodeados por un huerto, en el que crecen al pie de los árboles los dorados melones y las rojas sandías. En el centro está la noria, recuerdo del tiempo de los moros, con su vieja rueda de sacar agua, puesta en movimiento por un mulo. El albergue es un cobertizo sostenido por pilares de piedra: a lo largo de las paredes toda una hilera de caballos, jumentos y mulos; junto a la puerta carretas y fardos. En el fondo, en una sala oscura, llamea el fuego de la hospitalidad. A la luz de este fuego se cocina, se come, se fuma, se canta, se discute, se grita y, a ser posible, se duerme.

«Cada uno se acomoda por la noche lo mejor que puede. Éste se encarama sobre un carro, el otro tiende su capa y se acuesta encima de ella, y el de más allá se arrolla en una manta y se tira en un rincón a la buena de Dios. Sería demasiado pretender mayores comodidades en una posada.

«Pascual escoge un rincón para mí e improvisa una camilla, lo menos dura posible, poniendo en ello todos los recursos de su habilidad. Luego me cubre con su manto y queda de guarda a mi lado hasta que se persuade de que estoy dormido. Al oírme roncar, se aleja.

«Yo tuve curiosidad por saber qué es lo que iba a hacer a aquellas horas, y, restregándome los ojos, le vi separarse a corta distancia, arrodillarse como en el coro de Jerez y orar... ¡Dios mío, por cuanto tiempo! ... Y lo que hacía entonces, lo hacía siempre, lo mismo en las posadas que en las granjas: orar por espacio de muchas horas y dormir lo menos posible.

«A veces el exceso del calor nos obligaba a caminar de noche. Entonces Pascual no se separaba de mí un momento, me hablaba de muchas cosas buenas y desvanecía mis aprensiones.

«Cuando tropieza en el camino con algún viajero, esfuérzase por colmarlo de favores. Cierto día hallamos a un hidalgo quien nos refiere toda una historia de bandidos, que me es muy interesante y que aquél relata con gran prolijidad de detalles. El Santo tomó pie en el percance
para recomendarle la devoción a la Santísima Virgen y la necesidad de vivir santamente. Y habló con tal convicción, que yo me sentí cambiado en otro hombre, y formé propósitos de hacer una confesión general de toda mi vida,
«Otro día tocó la suerte a un pobre joven quien, con los vestidos hechos jirones, el rostro cubierto de lágrimas y el cuerpo lleno de mordeduras de perros, se acercó a pedirnos limosna. Su porte daba a conocer bien a las claras que no había nacido en la miseria, y después he llegado a
saber que pertenecía a una de las principales familias.
«Dicho joven había abandonado, en un momento de obcecación, el hogar paterno, a fin de poder así entregarse más libremente a los placeres. Luego nos refirió sus amarguras, su miseria, su cruel infortunio... ¡toda una historia tan larga y tan triste!... Pascual lo consoló y le habló con inefable bondad, animándolo a que volviera al lado de su padre, a que le pidiera perdón por su pasada conducta, y a que se portara en adelante como buen hijo y buen cristiano. A medida que hablaba el Santo, el pobre joven sentía renacer en su ánimo la esperanza.
«Un compañero de viaje, que era Hermano coadjutor de la Compañía de Jesús, unióse entonces a nosotros y principió, a su vez, a hablar al hijo pródigo. Éste, al fin, se dejó convencer y prometió regresar a la casa paterna. ¡Había sufrido ya tanto! ...
«Más tarde tuve noticia de que el joven había seguido las exhortaciones de ambos, y que su situación era ya muy diversa. Él mismo vino en persona a Valencia, para dar las gracias a sus
caritativos consejeros. Pascual no habitaba ya allí: así que el joven sólo pudo hablar con el Hermano jesuíta, el cual se apresuró a comunicar al Santo las buenas noticias de la conversión de su protegido.

«Así atravesamos toda Andalucía, en la que van alternando con las rientes colinas, ligeramente ondulantes y cubiertas de olivares, las polvorientas llanuras y las sedientas torrenteras.

«Granada aparece a nuestros ojos. En el horizonte se columbran los picos dorados de Sierra Nevada. Sobre un fondo que se asemeja a un mar de verdura, surge una masa compacta de torres y cúpulas deslumbrantes a la luz del sol, en medio de blancos muros, perforados por ventanas ojivales. Se dice por allá: “cuando Dios quiere bien a alguno, lo lleva a vivir a Granada”.

«A la entrada de la larga avenida de los álamos, se ve una capilla edificada por Fernando el Católico, que trae a la memoria el 2 de enero de 1492. En dicho día, el Cardenal Pedro de Mendoza, colocado al frente de los asaltantes, clavaba a las tres de la tarde el signo de la Cruz en la más alta de las torres de la Alhambra. Con esto dábase por conquistado el último refugio de los moros, y por asegurado en España el principio de la unidad católica. Aun hoy día suele acudirse a la susodicha capilla para rezar ciertas plegarias indulgenciadas y para decir por la mañana, cual lo hace todo cristiano, la oración de la cruzada.

«Nosotros pudimos hacer nuestras devociones ante el sepulcro de los mártires franciscanos Juan de Cetina y Pedro de Dueñas, martirizados tiempo hace por Mahomed-a-Bembalua, y visitar la antigua fortaleza de los sarracenos, transformada en convento de los Frailes Menores. Pascual, en esta ocasión, me dijo que procurara hacerme con un libro escrito por fray Luis de Granada, que se llama: La Guía de Pecadores.
–Léelo, mi pequeño, agregó, pues es muy hermoso y te será de provecho.
«No bien salimos del convento, nos hallamos con un alguacil, que interceptándonos el paso y tomando al Santo por un vagabundo, lo colma de insultos y hace ademán de arrestarlo.
–Pero, si es un religioso... ¡un religioso tan bueno!, grité yo entonces. Examina, al menos, sus papeles.
«El desconfiado oficial lee detenidamente la obediencia de los superiores de la Orden, que era el pasaporte del Santo, se la devuelve sin decir palabra y se aleja al momento. A todo esto Pascual continuaba sonriendo con dulzura, sin que dejara salir de sus labios una sola queja o injuria. Esta actitud me impresionó vivamente.

«En otra ocasión, luego que salimos de Huéscar, se halló el Santo tan violentamente indispuesto, que se creyó a punto de irse al otro mundo. Pero implacable siempre consigo mismo, prosiguió a pesar de ello caminando y haciendo esfuerzos por disimular sus dolores...¡De qué diverso modo obraba yo cuando era yo el que sufría!

«Nos hallábamos una vez distantes de Calasparra como unas cuatro leguas. Hacía un calor tórrido; las hojas se desprendían marchitas de las ramas; los pájaros volaban a flor de tierra y se agazapaban, con la cabeza bajo el ala, en los huecos de los árboles y de las rocas, y el terrible solazo nos hería de lado. Alrededor de nosotros dilatábase la llanura desierta y gris barrida con furia por el huracán. Yo creía que me asfixiaba: mi garganta parecía de fuego. Entonces exclamé:
–¡Agua, agua! ¡Me muero!...
«El buen Hermano, sin cuidarse para nada de su propio cansancio, corre a derecha e izquierda, en busca de un poco de agua... ¡Todo inútil!
–Animo, muchacho, me dice, que yo daré con ella. Ten paciencia, que pronto será tu sed satisfecha...
«Al fin logra descubrir algunos juncos.
–Mastícalos, me dice; de este modo desaparecerá tu sed.
«Yo obedecí. Ayudado y sostenido por él, pude llegar junto a un arroyuelo.
–Come antes un bocado de pan, y después beberás, porque si no, puede hacerte daño.
«Poco después llegábamos a la población. Al día siguiente por la mañana nos dirigimos hacia Jumilla. Desgraciadamente nos desorientamos en la marcha, y nos encontramos de pronto frente a un foso muy largo y lleno de agua enlodada. Pascual tuvo que pasar el foso por encima de un tronco medio podrido. En el momento en que llegaba al medio, el tronco y él se cayeron al foso, dando volteretas. Tan cómica fue esta escena, que yo solté una estrepitosa carcajada... El Santo entonces, sin acordarse de reñirme, se limpia y enjuga lo mejor que puede, y celebra en tanto con chistes su poca suerte.

«Algún tiempo más tarde subíamos a pie por la cuesta que conduce al convento. Esta cuesta era tan pendiente que parecía estar cortada a pico, y yo no tenía ya fuerzas para proseguir adelante.
–Vamos, mi pequeño, yo te llevaré sobre mis espaldas, exclamó Pascual de improviso.

«Pero yo tuve vergüenza de mí mismo y respondí:
–No, no, iré por mis pies.
«Y cogido al brazo del Santo llegué a la cumbre.


«Así, pues, Pascual se portó conmigo como una verdadera madre, pensando a todo, rodeándome de cuantas facilidades pueden imaginarse, y favoreciéndome con su cariñoso trato. Se comprende, desde luego, que no es posible lleguen nunca a borrarse de mi memoria tan gratos recuerdos. A él debo yo la gracia de haber llegado a ser religioso».