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miércoles, 27 de enero de 2016

"EL MISTERIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO


CAPITULO XXVI: HUMILDAD DIVINO-HUMANA.

En medio de todas las preocupaciones, de todas los cuidados y de todas las dificultades que podemos encontrarnos, sobre todo en estos tiempos dolorosos que atraviesa la Iglesia, nos es un gran consuelo apoyarnos sobre el único fundamento que vale la pena: Nuestro Señor Jesucristo. No hay ningún otro. Al estudiar la psicología de Nuestro Señor y más particularmente el carácter de la unidad en su Persona, nos damos cuenta de que une en Sí cosas que en apariencia no se parecen. Hubiese sido muy sencillo comprender a Nuestro Señor si hubiese asumido sólo un cuerpo y no un alma: en ese caso, se hubiera podido decir que Dios animaba directamente el cuerpo que se presentaba a los habitantes de Palestina y a los Apóstoles y que era Dios en un cuerpo humano. Más bien es en nosotros en quienes puede haber una división, porque somos criaturas animadas por una persona humana y por eso mismo, enteramente distintas de Dios. En Nuestro Señor no cabía esta distinción porque la Persona que lo hacía subsistir era divina. En Nuestro Señor había, pues, una unidad mucho más profunda que entre Dios y nosotros. Nosotros tampoco podemos separarnos de Dios, porque es nuestro Creador y el que nos sostiene y nos mueve en todos los instantes de nuestra existencia, aunque El no es el responsable de nuestros actos. Entre Dios y nuestros actos está la persona humana, que Dios mismo ha creado, y que es la responsable, mientras que en Nuestro Señor, Dios mismo se convertía en el responsable de todos los actos de Nuestro Señor.

Entre el alma de Nuestro Señor y Dios hay una unidad infinitamente superior a la que hay entre nuestra persona y Dios mismo. Otro aspecto interesante en el estudio de Nuestro Señor, para comprender mejor su psicología interior, es el de su humildad. Entre los evangelistas, san Juan es el que estudió mejor la psicología de Nuestro Señor y el que narra las palabras que la esclarecen. En el evangelio de san Juan, hay lugares que nos sorprenden. Si Nuestro Señor es Dios, ¿cómo pudo dar la impresión de humillarse ante su Padre? Nosotros nos inclinaríamos a pensar que esta humildad nace de su humanidad y del sentimiento vivo de ser sólo una criatura. Su cuerpo era una criatura y su alma también: ¿Nuestro Señor habla desde el punto de vista de su alma y de su cuerpo cuando se humilla ante Dios Padre? Pero ¿acaso el origen de esta humanidad no está ya en la vida trinitaria, en la Trinidad misma?

Desde luego no se puede hablar de humildad en el interior de la Santísima Trinidad, aunque si la humildad se define y no es mas que la virtud de veracidad y la conciencia de haber recibido todo lo que somos y tenemos, ¿en quién puede ser más viva esta conciencia que en el Verbo, que oye constantemente: Ego hodie genui te, “Hoy te he engendrado” (Sal. 2, 7)? Este hodie es la eternidad. Nuestro Señor es engendrado siempre por el Padre. Nuestro Señor, el Hijo, se siente deudor eterno de todo su ser a su Padre. El nunca ha tenido principio y es igual al Padre, pero el hecho de ser Hijo y, por lo tanto, engendrado por su Padre, le hace reconocer que todo le viene del Padre, y eso es verdad.

No es una humildad forzada ni un sentimiento incorrecto, y Nuestro Señor lo dice de un modo muy explícito, no sólo por tener un alma humana y un cuerpo humano sino también porque recibe de su Padre toda su naturaleza divina, y porque recibe de su Padre toda su misión y toda su ciencia divina. ¿Cómo podría ser que este Hijo, que es Dios, no le rindiese homenaje a su Padre reconociendo su filiación? Eso es algo muy hermoso y que se extiende sobre la humanidad de Nuestro Señor. Es, pues, muy normal que Nuestro Señor se humille ante su Padre porque su alma y su cuerpo humanos están, evidentemente, a un nivel infinitamente inferior a su Persona divina. Nadie ha hablado tan bien de esta “humildad del Hijo encarnado” como el Padre Lebreton, en Los orígenes del dogma de la Trinidad: «Desde que abrimos el Evangelio, nos llaman la atención esos sentimientos de humildad tan nuevos en el judaísmo y tan poderosos en todos los que se acercan a Cristo y son movidos por su Espíritu. Pero si contemplamos a Cristo mismo, nos damos cuenta de que hay en El una dependencia y un aniquilamiento ante su Padre del que nada nos puede dar una idea en este mundo. Ni su doctrina es suya, ni sus obras, ni su vida; el Padre le muestra lo que debe hacer, y Jesucristo habla, actúa y muere con los ojos fijos en esta regla suprema y queridísima. Esta dependencia natural se ve acompañada en el Hijo de Dios por una complacencia infinita: así como el Padre derrama en El con un amor indecible, el Hijo halla su gozo en recibir y en depender». Me parece que es un sentimiento muy hermoso que debe hacernos meditar. Si Nuestro Señor ha expresado este sentimiento de homenaje y de reconocimiento de que todo se lo debe a su Padre, nosotros que somos tan inferiores, cómo no tendremos que estar en este sentimiento continuo de que todo se lo debemos a Dios. Y si cada uno de nosotros tenemos una persona que Dios quiso crear y que es responsable de nuestros actos, eso no quiere decir que tengamos un deber menor de dar homenaje a Dios por lo que somos, sino al contrario. Tenemos que someternos a Dios, por nuestra inteligencia y nuestra voluntad, como lo hizo Nuestro Señor, pero evidentemente de un modo más humilde, porque nuestra persona es creada; y de una manera más humilde, por lo pequeños e insignificantes que somos en relación a Dios y a Nuestro Señor. Aunque Nuestro Señor no podía querer sino lo que Dios quería, tenía, sin embargo, dos voluntades distintas. El monofisismo y el monotelismo son herejías. En Nuestro Señor hay dos voluntades: la voluntad divina y la voluntad humana. Es evidente que no podía haber la menor oposición entre ambas voluntades. Eso no puede imaginarse, pues había una sola Persona y por consiguiente la voluntad humana de Nuestro Señor siempre estuvo plenamente sumisa a la voluntad de Dios.

A ejemplo de Nuestro Señor, nosotros, que también tenemos una voluntad humana, tenemos que someterla a la voluntad divina. Por desgracia, nuestra voluntad, por un defecto de nuestra libertad, puede separarse e incluso oponerse a la voluntad de Dios. Es algo que parece increíble pero que, desgraciadamente, es así. Al meditar sobre esta actitud de Nuestro Señor con su Padre, tenemos que procurar ver en ella el modelo de nuestras obras y de nuestra actividad: «Eso es lo más íntimo de Nuestro Señor; y cuanto más nos adentramos en el secreto de su vida, comprendemos mejor esas palabras de humilde dependencia que invitan a los discípulos a elevarse hasta la fuente de la vida, de la bondad y de la ciencia: Dios Padre. Este rasgo, destacado con tanta nitidez en el Evangelio de san Juan, no sólo no compromete la filiación sino que es un elemento esencial; no debe velarla a nuestros ojos sino revelárnosla.

Los textos joánicos se podrían dividir en dos series; establecer por una parte la dependencia del Hijo, y por otra su unidad con el Padre, y fácilmente se concluiría en la incoherencia (entre esa dependencia de Nuestro Señor y su divinidad que lo hace igual a Dios). Sin embargo, tenemos que esforzarnos por entrar con el evangelista en la corriente profunda del cristianismo para unirnos con Cristo, para contemplar su vida y penetrarnos de su pensamiento, y así sentiremos la unidad de la verdad. Más tarde, sobre todo a partir del s. IV, algunos teólogos mostraron que esas relaciones de origen y de dependencia son las únicas que pueden distinguir entre sí a las Personas cuya naturaleza es común y que, por consiguiente, esta dependencia del Hijo hacia el Padre, que a primera vista parece atentar contra la unidad e incluso contra la igualdad de ambas Personas, es la que la consagra y la que nos permite concebirla». Es necesaria una distinción, ya que si no hay distinción en Dios, no hay Trinidad. Al haber tres Personas, tiene que haber relaciones de filiación por parte del Hijo, y de procesión por parte del Espíritu Santo y, por consiguiente, relaciones de dependencia total. El Hijo depende del Padre en su ser, pero nunca ha tenido principio, sino que ha existido siempre en la eternidad. Dios es eterno y, una vez más, esta generación es el hodie eterno, lo que hace que el Hijo sea completamente igual al Padre.