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miércoles, 2 de diciembre de 2015

"Los Cristeros del Volcan Colima"

Zenaida Llerenas
Su virtud se ve amenazada

No pudiendo obtener mejor respuesta de la madre, trató de conseguirla de la joven hija. Su madre, intuyendo las malas intenciones del General, entre tanto, se puso a rezar por su hija, desde su propia celda para que Dios la auxiliara en la prueba.

Pero Zenaida era del mismo temple que su digna mamá y que su tío, el coronel cristero Marcos Torres, y el General tampoco pudo obtener de ella nada ante sus negaciones y firmeza. Entonces, montando en cólera por verse vencido por una muchachita, el indigno militar la amenazó:

—Eres una orgullosa, y tu orgullo está en que eres virgen; pero si insistes en tu silencio te entregaré a estos soldados, en este mismo momento, para que hagan contigo lo que les venga en gana. Los soldados entre gritos y risotadas obscenas aprobaban la decisión y decían:

—Sí, sí, mi General... ¡ya la haremos hablar!
Pero Zenaida logró contenerse, y con toda su confianza puesta en Dios, con serenidad, respondió a Chaires:

—General, ¿ese es el honor de un militar? Bella honra debe tener, si así sabe castigar. Ahí tiene su pistola; sáquela y dispare, pues prefiero ahora mismo la muerte.

El soldadote, confuso por aquella respuesta valiente y justísima, salida de los labios de una jovencita, no supo qué responder. Dio la vuelta y ordenó a los soldados que la dejaran en paz.

¡Dios nunca abandona a los que en Él confían!
Zenaida quedó a solas en su estrecha y maloliente celda, y de rodillas dio gracias en su corazón a Dios por haberle dado la fortaleza necesaria para no desfallecer durante la dura prueba que acababa de pasar.

—Gracias, Dios mío. ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío! Virgen Santísima de Guadalupe, protege a mi querida mamá y protege a mi tío Marcos y a los demás cristeros de caer en las manos de sus enemigos.

A continuación, más serena, se puso a rezar el santo rosario a la espera de los nuevos acontecimientos, por si el militar quisiera renovar sus amenazas contra su virtud.

Otro día volvió el General a la celda de Zenaida, casi seguro de que el miedo y el hambre iban haciendo mella en el ánimo de la valiente jovencita para obligarla a hablar sobre el paradero de los cristeros y de su tío, el coronel Marcos Torres, de quien Chaires buscaba especialmente vengarse. Él era un general del ejército, ¡cómo iba a permitir que dos mujeres pudieran más que él!

—Ya mandé fusilar a tu madre. ¿Por qué no respondes a lo que se te pregunta? ¿Qué es lo que esperas? ¿Quieres que te mate a ti también?
— ¿Por qué se tarda, pues, general? Lléveme a donde está muerta mi mamá y máteme ahí también.

—Pos ahora verás, mocosa ¿Tú crees qu’estamos aquí p’a jugar contigo?

Los soldados acompañantes de Chaires, que huían ante la vista de los cristeros del volcán, se mostraron ahora sí muy “valientes” y amenazadores con Zenaida. Para asustarla, le echaron una soga al cuello y entre risotadas y malas palabras simularon que en ese momento la iban a ahorcar.

—General —dijo entonces la jovencita—, no me ahorque; ¡saque su pistola y máteme de un disparo!

—No, porque el parque me cuesta.

—Pues entonces, ¡yo le pago el cartucho que gaste en matarme..! Dispare de una vez, para reunirme con mi madre, de quien usted dice que ya está muerta. ¡Si tiene algo de humanidad, ya no me haga sufrir y acabe de una vez por todas!

Dicho esto, Zenaida rompió a llorar, más dolida por el sufrimiento de su corazón que por los malos tratos e insultos que recibía de esos bárbaros contra su frágil persona

Pero nuevamente la valiente actitud de la muchacha desconcertó al brusco militar, quien se daba cuenta de que ni las amenazas de muerte eran capaces de amedrentarla. La dejó en la celda, y en los días sucesivos volvieron en más de una ocasión con la misma macabra simulación de que iban a ahorcarla en el acto si no revelaba a los cristeros. Pero Zenaida se encontraba cada día más resuelta y firme, porque en ningún momento dejaba de rezar a Dios y a la Santísima Virgen de Guadalupe, de quienes recibía consuelo espiritual y la fortaleza para la durísima prueba. Su mamá, confinada en otra oscura celda, con la angustia en su alma por la suerte de su hijita, velaba y rezaba también intensamente.

Pasaron doce días de aquel inhumano martirio en que tanto padecieron las admirables doña Rosalía y su hija Zenaida, cual nuevas Macabeos; madre e hija que sufrían el martirio por su fidelidad a Cristo y a su santa causa, a la que ellas defendían con todo su ánimo. Fueron entonces sacadas de la prisión y conducidas ante el juez de distrito, y entre la sorpresa y las lágrimas de felicidad volvieron a abrazarse madre e hija nuevamente. El juez no pudo obtener de ambas ninguna denuncia ni retractación de su catolicismo, y las envió otra vez a la cárcel, pero ya no separadas sino juntas en una misma estrecha y maloliente celda de la prisión de mujeres.

— ¡Mamita, yo creí que ya estabas muerta! Los soldados se burlaron de mí y me hicieron sufrir lo indecible diciéndome que ya te habían fusilado, y que eso mismo iban a hacer con los cristeros.

—También así lo creí yo, hija querida, porque el mal corazón de esos hombres inventó esa mentira para hacernos sufrir. ¡Pero ya vez cómo Cristo Rey nos ha protegido; Él y su Madre Santísima nunca abandonan a los que confían en ellos. Ningún día he dejado de rezar el santo rosario a la Virgen, encomendándote.

Entre las presas que unos días antes las habían visto llegar a la cárcel, y que conocían los sufrimientos a que madre e hija eran sometidas, iba creciendo no sólo el respeto sino la admiración, por el testimonio de fe y valentía sobrehumana que estaban dando en la prisión y en toda Colima, que seguía el caso muy de cerca y rezaba por ellas y por toda la familia Torre

CONTINUA...