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sábado, 19 de diciembre de 2015

"Las cinco festividades del Niño Jesús por San Buenaventura"




Festividad Primera
Cómo Jesucristo,el Hijo de Dios, sea concebido espiritualmente por el alma devota.

1. En primer lugar, purificado el entendimiento con el agua de la contrición, y encendido y elevado el afecto con la chispa del amor, consideremos casta y devotamente la manera como este bendito Hijo de Dios, Cristo Jesús, es concebido espiritualmente del alma piadosa. Cuando el alma devota, movida y estimulada o por la esperanza del galardón del cielo, o por el temor del eterno suplicio, o por el hastío de morar por más tiempo en este valle de lágrimas, comienza a ser visitada con nuevas inspiraciones, santos afectos la inflaman y altos pensamientos y consideraciones del cielo la congojan, pero, rechazados y despreciados los antiguos defectos y los deseos de antes, es espiritualmente fecundada con el espíritu de la gracia por el Padre de las luces, de quien proviene toda dádiva preciosa y todo don perfecto[i], con la decisión de una nueva forma de vivir. ¿Y qué significa esto, sino que descendiendo la virtud del Altísimo y la sombra del celestial refrigerio, que mitiga las concupiscencias carnales, conforta y ayuda a ver a los ojos del alma, el Padre vuelve grávida y fecunda el alma con una suerte de semilla celeste? Tras esta sacratísima concepción, el alma empalidece en el rostro por la verdadera humildad en el comportamiento, experimenta desgano por el alimento y la bebida, y desprecio y rechazo totales por las cosas del mundo; cambian los deseos en los afectos a raíz del propósito y la intención de bienes diferentes, y a veces también comienza a debilitarse y enfermar en el reniego de la propia voluntad. Ya anda triste y turbada por la perpetración de los pasados delitos, por el tiempo perdido, por la compañía y la conducta de los hombres que todavía viven en el mundo según los criterios del mundo. Poco a poco, ya comienza a resultarle pesado y tedioso todo lo que está y se ve afuera, porque se da cuenta de que desagrada a Aquél que ella percibe y siente presente en el corazón.

2. ¡Oh feliz concepción, de la cual se consigue semejante desprecio del mundo y tan gran apetito por las operaciones del cielo y las ocupaciones divinas! Ya, habiendo gustado el alma aunque más no sea un poco de la suavidad del espíritu, pierde el sabor toda carne con gemido, ya el alma comienza a subir a la montaña con María, porque después de tal concepción molestan las cosas terrenas y se desean las celestes y eternas. Ya comienza a huir de la compañía de aquellos que sólo encuentran sabor en lo terreno, y anhela la familiaridad de aquellos que suspiran por lo celeste. Ya comienza a servir a Isabel, es decir, a aquellos que ilumina la sabiduría divina y la divina gracia más enciende por el amor. Y esto es muy importante, porque es la exigencia de muchos que, cuanto más se apartan del mundo, tanto más amigos y familiares se vuelven de los hombres buenos, de manera que tanto más insípida se les vuelve la compañía de los malos, cuanto más dulcemente los aficiona y los enciende la vida honesta de los buenos y los espirituales. Porque, según el bienaventurado Gregorio, “cuando alguien se une a un hombre santo, sucede que, de verlo con frecuencia, de oír sus palabras y del ejemplo de su vida, se enciende en el amor a la verdad, huye de las tinieblas de los pecados y se enardece en el amor de la luz divina”[ii]. De donde Isidoro: “Procura la compañía de los buenos. Sucederá, en efecto, que si te haces compañero de su vida, serás también compañero de sus virtudes”[iii]. Considere aquí el alma fiel, cuán castos, cuán santos y cuán devotos fueron los diálogos de aquellos santos, cuán divinos y cuán salutíferos sus consejos, cuán admirable la santidad y cuán grande la obra de su mutua compañía, cuando cada uno provocaba al otro, con el ejemplo y la palabra, a cosas siempre mejores.

3. Eso mismo has de hacer tú, alma devota, si sientes haber concebido del Espíritu nuevos deseos de vida celestial. Huye de la compañía de los malos, asciende con María, busca los consejos de hombres espirituales, trata de imitar las huellas de los perfectos, contempla las palabras de los buenos, junto a sus obras y a sus ejemplos. Huye de los venenosos consejos de los perversos, que siempre buscan pervertir, desean impedir, no desisten de lacerar los nuevos deseos del Santo Espíritu, y muchas veces, bajo apariencia de piedad inoculan el virus de la impía tibieza, diciendo: “lo que empiezas es demasiado grande, lo que te propones es demasiado arduo, nadie puede resistir lo que haces; no te darán las fuerzas, te faltan las virtudes naturales, perderás la cabeza, se te destruirán los ojos, te prepararás mil enfermedades distintas: tisis, parálisis, cálculos, mareos de cabeza, cataratas en los ojos; perderás los sentidos, se te obnubilará la razón, y te abandonarán todas las fuerzas. Todo esto te sucederá si no desistes de lo comenzado, si no atiendes más al bienestar de tu cuerpo. Estas cosas no están bien para tu estado, te hacen perder honor e imagen”. Ves cómo ya se hizo maestro de disciplina y médico del cuerpo el que ni sabe componer las propias costumbres ni es capaz de curar la enfermedad de su propia mente. Ay,ay…¡Cuántos y cuántos cayeron por las zancadillas de los malditos consejos de los mundanos, y mataron al Hijo de Dios que había sido concebido en ellos por el Espíritu Santo! Esta es la miserable poción y la mortífera persuasión diabólica, que impide en muchos la concepción espiritual, y en muchos más elimina y aborta lo que ya está concebido y formado por el propósito, o lo que ya está hecho por el deseo.

4. Pero también hay otros que parecen buenos y religiosos -y quizá lo son-,mas, salvada su reverencia, son demasiado miedosos, sin darse cuenta de que no se empequeñeció la mano del Señor, de manera que ya no pueda salvar[iv], ni fue disminuida la piedad del Altísimo, que quiere y puede ayudar; tienen celo de Dios, pero indiscreto[v], al alejar a los hombres de las obras de perfección por compasión de la aflicción corporal, o tal vez por temor del desfallecimiento natural, viendo hacer a otros con resolución lo que ellos mismos ya habían considerado bueno y santo, pero no se habían atrevido a empezar. Disuaden de todo aquello que exceda la norma de la vida común, destruyen los santos consejos de la divina inspiración; y los consejos de estos tales, cuanto más autorizados son en razón de su vida, tanto más peligrosos resultan.

5. A veces dicen éstos, objetando astutamente con el arte del antiguo enemigo: “Haciendo todo eso te considerarán santo, buen religioso, devoto. Y como aún no se halla en ti aquello que dicen los otros, a los ojos del supremo Juez, que conoce tus grandes, graves y horrendos pecados, serás culpable y perderás los méritos de tus obras, y serás juzgado como un simulador o un hipócrita”. Ellos dicen que tales ejercicios son para aquellos que nunca hicieron nada malo, aquellos que siempre llevaron una vida santa e inocente, que dejaron todo por el Señor, y que todo el tiempo de su vida vivieron perfectamente unidos a Dios.

6. Pero tú, oh alma devota amada por Dios, guárdate bien de ellos; sube al monte con María. Pablo no había vivido sin pecado, y todavía no había servido por mucho tiempo a Dios cuando fue arrebatado al tercer cielo y vio a Dios cara a cara [vi]. María Magdalena, toda soberbia, toda ambiciosa, toda vuelta a las vanidades del mundo y toda volcada a los placeres de la carne, no mucho después se sentó entre los apóstoles a los pies de Jesús, y escuchó con devota intención la doctrina de la perfección; mereció en poco tiempo ver a Dios antes que todos los demás y anunció con constancia a todos las palabras de la verdad. Dios, en efecto, no hace acepción de personas[vii] , no se fija en la nobleza de linaje, ni en la cantidad de tiempo, ni en la multitud de obras, sino en el fervor más grande y en el mayor amor del alma devota. No se fija en cómo fuiste alguna vez, sino en cómo empezaste a ser ahora. Por eso los consejos de quienes te aconsejan de este modo serían muy reprensibles si no los excusara la simplicidad; pero no deben ser aprobados.

7. Si no puedes ser salvada por la inocencia, entonces, procura ser salvada por la penitencia; si no puedes ser Catalina o Cecilia, no desprecies el ser María Magdalena, o María la Egipcia. Así pues, si tú sientes haber concebido con un santo propósito al dulcísimo Hijo de Dios, huye de aquellos mortíferos venenos y apresúrate, anhela y suspira, como una mujer en su último mes, por llegar felizmente al parto.