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miércoles, 30 de diciembre de 2015

"EL MISTERIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO"


CAPITULO XX: 

«YO Y EL PADRE SOMOS UNA SOLA COSA» 


Entre Nuestro Señor y su Padre una unidad perfecta, como hemos visto, que no puede ser más perfecta, ya que Nuestro Señor es consustancial con su Padre. Quizás una de las cosas más conmovedoras es ver la manera con la que Nuestro Señor afirma su unidad con su Padre. «Yo y el Padre somos una sola cosa» dice Nuestro Señor, según san Juan (10, 30). Esta unidad, por supuesto, no se refiere a la unidad de Persona, puesto que hay tres Personas y que la Persona del Hijo es muy distinta a la del Padre, sino a la unidad de naturaleza (divina) de Nuestro Señor con su Padre, o más exactamente, a la consustancialidad del Hijo con su Padre. Evidentemente, estos calificativos que atribuimos a Nuestro Señor son siempre delicados y tenemos que procurar no equivocarnos. Desde que hablamos de algo que se le atribuye, que se dice de la Persona (o del supuesto, como dicen los filósofos, o de la hipóstasis, como dicen los Griegos) se trata de algo divino. Todo eso se atribuye a Dios mismo. Esta unión de la naturaleza humana y de la naturaleza divina en Nuestro Señor y la distinción entre las Personas de la Santísima Trinidad es un gran misterio. Todo esto se halla intrincado: la actividad del Padre, la actividad del Hijo, el ser del Padre, el ser del Hijo, el ser del Espíritu Santo, el ser de la Persona de Nuestro Señor Jesucristo y la actividad de su naturaleza humana... Todo esto nos pone en un ambiente que es, evidentemente, bastante difícil de definir. Son dos grandes misterios. En Nuestro Señor se reúnen al mismo tiempo el misterio de la Trinidad y el misterio de la Encarnación; de ahí proviene cierta dificultad de comprensión y nuestra imaginación está siempre preparada para engañarnos. Por más que procuremos ver las cosas de modo puramente intelectual y objetivo, nuestra imaginación nos hace ver a Nuestro Señor como si fuese sólo una persona humana. No cabe duda de que es hombre, pero no es una persona humana. Sólo hay una Persona en Nuestro Señor, la Persona divina, y por consiguiente todo lo que se dice de El se le atribuye a Dios y es divino.

Así, cuando Nuestro Señor le dice a su Padre: «Glorifícame cerca de Ti con la gloria que tuve cerca de Ti antes que el mundo existiese» (S. Juan 17, 5), ¿cómo puede ser? El cuerpo de Nuestro Señor empezó en el seno de la Virgen María, es cierto, pero de Cristo podemos decir con verdad, con todas las potencialidades de su Persona: «Christus heri, hodie et in saecula» (Heb. 13, 8): «Cristo ayer y hoy y por todos los siglos». San Pablo dice esto de Nuestro Señor mismo. Es eterno. Al hablar de Nuestro Señor, se habla de su Persona divina, unida a su naturaleza humana, y se trata de Nuestro Señor, que es eterno. Aquí hallamos una dificultad para expresarnos, pero tenemos que volver a las verdades fundamentales del ser de Nuestro Señor Jesucristo: su Persona divina. La Persona divina de Nuestro Señor es eterna: era, es y será. El hecho de nacer en el seno de la Virgen María no le afecta a su Persona, del mismo modo que la creación no supone ningún cambio en Dios, que no sería perfecto si la creación le añadiese algo. En Dios no puede haber cambio, ni mutación, ni aumento, ni disminución. Dios es perfecto para siempre y desde toda la eternidad. Tiene un ser infinito y la creación no le afecta para nada. Evidentemente, para nosotros es un gran misterio. Sin embargo, es así, pues si no caeríamos en conclusiones absurdas que harían que Dios no fuese Dios. Puesto que la Persona de Nuestro Señor es Dios, tiene todos los atributos de Dios: es eterna, no entra en el tiempo y no le afecta la mutación de las cosas temporales. ¡Ved qué gran misterio es la Encarnación!

Es muy importante que reflexionemos sobre todas estas cosas y las meditemos. Nos hallamos en pleno misterio, precisamente el gran misterio, que nos ha revelado Nuestro Señor y que debe colmarnos de alegría y de esperanza. Este Dios eterno se unió realmente a una naturaleza humana y física en el seno de la Santísima Virgen, pero hay que darse cuenta de que el cuerpo y el alma humana de Nuestro Señor no existirían sin la Persona divina. Todo lo que hay en nosotros existe sólo por medio y por estar soportado por la persona que Dios nos ha dado y que es realmente responsable de todo nuestro ser. Del mismo modo, en Nuestro Señor, la Persona divina es la que tomó y que asumió realmente esta naturaleza humana de una manera perfecta. Por eso es verdad que Nuestro Señor puede decir que hay una unidad perfecta entre El y el Padre, pero no podemos decir que haya una unidad y una igualdad perfectas entre la naturaleza humana de Nuestro Señor y Dios Padre. No, pues en ese caso estaríamos extrayendo la Persona, atribuiríamos a la naturaleza humana los atributos de Dios y esto, evidentemente, es imposible. Que Nuestro Señor pueda decir ante sus apóstoles, con toda verdad y sin engañarlos: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” y que “Yo y el Padre somos una sola cosa” (S. Juan 10, 38 y 30) es algo inaudito; ¡que una Persona que se presenta bajo las apariencias humanas pueda decir semejante cosa, es extraordinario!

Por lo mismo, Nuestro Señor afirma de sí mismo todos los atributos divinos. Afirma su eternidad. Puede decir: «Yo no he tenido principio ni tendré fin». Es verdad, Nuestro Señor puede decir esto porque se refiere a su Persona y no a su naturaleza humana, que no existe por sí misma y que no puede separarse de la Persona. Siempre tenemos la tendencia a dividir a Nuestro Señor y decir: sí, tenemos la Persona de Dios y la persona del hombre. ¡Pero este es un punto de vista herético!, ya que sólo hay una Persona en Nuestro Señor; volvemos siempre a lo mismo. Los fariseos y los escribas le dijeron: «Tú te haces Dios, siendo que tú eres sólo un hombre» y quisieron lapidarlo. Se comprenden sus sentimientos: no tenían la fe. Nos hace bien meditar estas pequeñas frases que Nuestro Señor le dijo a sus apóstoles. Son capitales, pues constituyen el fundamento de toda nuestra religión. La religión católica está fundada sobre la Persona de Nuestro Señor Jesucristo.

De este modo, si comenzásemos a disminuir la Persona de Nuestro Señor Jesucristo como lo hicieron los Arrianos, por ejemplo, que decía que Nuestro Señor era una persona muy elevada pero por debajo del Padre, lo convertiríamos en una persona creada y ya no increada. Eso es muy peligroso y por esto, por el mismo hecho de esta aserción, los Arrianos dejaban de ser católicos; habían perdido la fe. No se puede dividir a Nuestro Señor, no podemos “disolverlo”. San Juan lo repite hasta la saciedad, sobre todo en sus cartas. «Todo el que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo tiene también al Padre» (1 Juan 2, 23). Y «Carísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad los espíritus si son de Dios, porque muchos pseudoprofetas han salido en este mundo. Podéis conocer el espíritu de Dios por esto: todo espíritu que confiese que Jesucristo ha venido en carne es de Dios; pero todo espíritu que no confiese a Jesús, ése no es de Dios, es del anticristo, de quien habéis oído que está para llegar y que al presente se halla ya en este mundo» (1 Juan 4, 1-3).

Toda nuestra fe y nuestra fuerza consiste en la afirmación de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. En todas las encíclicas, los papas sólo repetían esto. Y por esto, en la encíclica Humanum genus, León XIII condenó y excomulgó a los francmasones, a los que los reciben y a los que los ayudan. La razón es precisamente este indiferentismo con todas las religiones, que en estas sectas se admiten en pie de igualdad. Los papas, como todos los que tienen la fe, no pueden admitir esto. Creemos en la divinidad de Nuestro Señor y este indiferentismo la cuestiona y la ataca directamente. Creemos realmente que la Persona de Nuestro Señor es igual a su Padre, que El es realmente el Hijo de Dios eterno, al poseer todos su atributos, la omnipotencia, la omnipresencia y toda la ciencia de Dios. Nuestro Señor no es un semidiós o un hombre muy sobrenatural y muy perfecto. No: El es Dios. Si Nuestro Señor es Dios, sólo hay una religión posible en este mundo y en el cielo: la de Nuestro Señor Jesucristo. No puede haber otra. Los que tienen fe (y los que, como los Papas, tienen la misión de defenderla) son muy sensibles a esta definición.

Esto no significa que no tengamos que amar a los que están en el error y extraviados en las falsas religiones, para intentar convertirlos; pero algo muy distinto sería darles la impresión de que nuestra religión es igual que la suya o que la suya es igual que la nuestra. Eso jamás, no se puede aprobar por nada en el mundo, pues sería una mentira y una traición a Nuestro Señor. La religión católica ha sido fundada por Nuestro Señor Jesucristo. Es, en definitiva, su Cuerpo místico, la prolongación de Nuestro Señor, que es Dios. No hay otros dioses. Es de una lógica implacable y no se permite ninguna duda sobre el tema.

Actualmente vivimos en un clima falso, con un falso ecumenismo que deteriora nuestra santa religión, que la empequeñece al intentar hacer compromisos. Todas esas reuniones con los judíos, los protestantes, los budistas o los musulmanes, dan la impresión que se discute de igual a igual. No, no es posible y eso no depende de nosotros. Existe, por supuesto, una cierta igualdad, puesto que son criaturas como nosotros, pero nosotros poseemos la verdad. La verdad es que Nuestro Señor Jesucristo es Dios y que todo el mundo le está sujeto. Sólo hay un Dios, al que tenemos que someternos, Nuestro Señor Jesucristo. No tenemos derecho a disminuir esta verdad. No tenemos derecho, por ejemplo, a darle a un musulmán la impresión de que su religión vale tanto como la nuestra. Eso sería un traición. Ni Judas hizo algo peor. Y de él se dijo:

«Mejor le fuera a ése no haber nacido» (S. Mat. 26, 24).

Si nosotros también traicionamos a Nuestro Señor Jesucristo, nos arriesgamos a irnos al infierno; no tenemos derecho a traicionar a Nuestro Señor. Se trata de algo absolutamente capital y fundamental. Las relaciones entre el Hijo, el Padre y el Espíritu Santo (la Santísima Trinidad) son realmente esenciales en nuestra santa religión. Tienen que ser el objeto de nuestras meditaciones profundas y de nuestras oraciones: adorar a la Trinidad Santa y adorar a Nuestro Señor Jesucristo, que es Dios. Volvamos a leer una vez más al apóstol san Juan, que en su Evangelio, refiriendo las palabras de Nuestro Señor, escribió:

«Soy Hijo de Dios. Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, ya no me creáis a mí, creed a las obras, para que sepáis y conozcáis que el Padre está en mí y yo en el Padre» (S. Juan 10, 36-38).

Una vez más, Nuestro Señor afirma su divinidad con gran precisión y es evidente que ninguna criatura puede pretender nada semejante. Afirma su igualdad con Dios. Y como ya he dicho, los judíos no se equivocaron, sino que comprendieron bien. San Juan refiere también la respuesta que Nuestro Señor le hizo a Felipe, que le preguntaba: «Muéstranos al Padre» (S. Juan 14, 8). «¿No crees —le respondió Jesús— que Yo estoy en el Padre y el Padre en mí?» (S. Juan 14, 10). Y en el versículo 20, san Juan añade estas palabras de Nuestro Señor: «En aquel día conoceréis que Yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y Yo en vosotros». Hay que tener, pues, esta profunda convicción y comunicarla, de lo que dijo Nuestro Señor: «Yo y el Padre somos una sola cosa», es la verdad, que todos tenemos que creer y amar.


CONTINUA...