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lunes, 28 de diciembre de 2015

"EL MISTERIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO"


CAPITULO XIX: 
EL DOBLE MISTERIO DE UNIDAD 

Antes de evocar la psicología de Nuestro Señor y en particular de su alma humana, de hablar también de sus relaciones con los santos ángeles y con los elegidos del cielo, en la medida en que nos es posible y en la que Dios nos lo ha dado a conocer, vamos a intentar adentrarnos aún más en la vida íntima de Nuestro Señor. La vida íntima de Nuestro Señor, su vida espiritual y su vida interior humana, cuenta más que su vida corporal. Sin duda, el sacrificio de la Cruz requería necesariamente que el Verbo encarnado asumiese un cuerpo que pudiese ofrecer, que pudiese sufrir y que pudiese derramar su sangre. Pero Nuestro Señor no hubiera podido hacer esa oblación de su cuerpo sin su inteligencia, su voluntad y su alma. Uno de los puntos más apreciados por el magisterio de la Iglesia a lo largo de su historia ha sido la defensa de lo que es Nuestro Señor Jesucristo.


Todos los errores cristológicos (y bien sabe Dios que fueron muchos en el transcurso de los primeros siglos) fueron combatidos por los teólogos y por los obispos que vivían en esa misma época. Ellos defendieron la verdadera naturaleza de Nuestro Señor Jesucristo y en particular la existencia de su alma humana, la de su inteligencia humana y la de su voluntad humana, contra el monotelismo, contra el monofisismo  y contra todos los errores que intentaban destruir a Nuestro Señor Jesucristo. La Iglesia ha querido definir con tanta firmeza lo que era Nuestro Señor que luego (aunque siempre hubo quien negara a Nuestro Señor Jesucristo y en particular su divinidad, como cierto número de protestantes) podemos decir que en el interior de su Iglesia y en su enseñanza ya no hubo desviaciones profundas sobre lo que era Nuestro Señor Jesucristo.

Una de las cosas que afirmó más Nuestro Señor es su unidad con el Padre, y para nosotros es una fuente de gran consuelo ver esta unidad tan profunda y hermosa entre el Padre y el Hijo. Pensar que el Hijo eterno de Dios estuvo presente ante los ojos de los apóstoles, recorrió esas sendas de Palestina, esos caminos y que vivió en ese país, es un hecho absolutamente consolador y estimulante para quienes creen en Nuestro Señor Jesucristo .

Tenemos que recordar las palabras que Nuestro Señor pronunció sobre su unidad con el Padre, para estar perfectamente convencidos de esta realidad. Ya hemos evocado la “misión eterna” de Nuestro Señor, que es la procesión del Verbo encarnado en el interior mismo de la Trinidad. Esta “misión” del Verbo es eterna y se continúa, por así decirlo, y se prolonga en el tiempo de la Encarnación. Esta misión temporal nos informa sobre la unidad eterna entre el Padre y el Verbo.
En su obra Las enseñanzas de Jesucristo, el Padre Bonsirven escribe, como ya hemos visto:
«A partir de la misión de Cristo, entramos más en el misterio de su Persona: “Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo” dice Nuestro Señor (S. Juan 3, 13)».
Esta es una frase que arroja una luz extraordinaria sobre lo que es Nuestro Señor. ¿Qué es el cielo? El cielo es el Padre, el cielo es Dios. No es un lugar en el que reside el Padre. Es el mismo Padre. Es cielo es Dios. Así es precisamente en el Apocalipsis, no habrá ningún lugar. Dios estará en todos y por eso Dios será el cielo.
«Sino el que bajó del cielo».
¿Quién bajó, pues, del cielo? El Hijo del Hombre. El que está ahí, ante los apóstoles, vive en su Padre y está en el cielo. 

Nuestro Señor puede también decir:
«Nadie ha visto al Padre, sino sólo el que está en Dios, ése ha visto al Padre».
Parece que no son palabras tan semejantes pero, sin embargo, expresan la misma realidad. «Nadie ha subido al cielo», «Nadie ha visto al Padre», es la misma realidad. «Sólo el que está en Dios, ése ha visto al Padre» (S. Juan 6, 46). El que está en Dios es su Hijo. También lo escribe san Juan: el Hijo de Dios encarnado puede decir: «Yo soy de arriba», es decir, de Dios (S. Juan 8, 23), mientras que sus oyentes son de la tierra, “de abajo”. Y dice también:
«Antes que Abraham naciese, Yo soy» (S. Juan 8, 58).
Un presente, un presente de eternidad. En ese momento los judíos se precipitaron sobre El queriéndolo lapidar. Evidentemente, era una afirmación clara de su divinidad. «La unidad perfecta del Hijo y del Padre es al mismo tiempo una realidad actual, del presente» dice el Padre Bonsirven. Y luego esa frase que deja estupefacto:
“Yo y el Padre, somos una sola cosa” (S. Juan 10, 30). ¿Podía afirmar de modo más claro y más perfecto su unidad con el Padre?
Esto tiene que ayudarnos en nuestras meditaciones y en nuestras oraciones, cuando estamos ante el Santísimo Sacramento. Tenemos que tener esta conciencia, esta convicción y esta fe profunda de que Nuestro Señor es realmente Dios, y de que Nuestro Señor está en Dios y es uno solo con su Padre, y evidentemente, uno con el Espíritu Santo. Forma parte de la Santísima Trinidad. Si consideramos a Nuestro Señor, podemos decir que, en cierto sentido, Nuestro Señor es más Dios que hombre. Desde luego, Nuestro Señor es hombre en toda su realidad y en toda su plenitud. Es un hombre perfecto, con un cuerpo y un alma como los nuestros e incluso es el hombre más perfecto de todos aunque, sin embargo, lo que le da la subsistencia a su humanidad es Dios. Es el Verbo de Dios el que asume esta humanidad. Como Dios es muchísimo mayor, muchísimo más infinito y más sabio que el hombre, es evidente que la realidad de Dios en Nuestro Señor es infinitamente mayor, infinitamente más hermosa y profunda que su realidad humana.

Sin embargo, por un misterio de la gracia de Dios y por un misterio de amor de Dios, vemos esta unidad entre esta criatura humana, este alma humana, este cuerpo humano, y Dios mismo. No forman sino una sola Persona en las dos naturalezas. También aquí hay una unidad perfecta. Hubo errores y herejes que dijeron que las dos naturalezas estaban separadas pero formaban una sola cosa. En Nuestro Señor Jesucristo, entre la naturaleza humana y la naturaleza divina, hay una unidad profunda y perfecta, pero evidentemente misteriosa. Esta unidad consiste en la Persona única de Nuestro Señor, verdaderamente divina, la Persona del Verbo.

Es evidente que esto tuvo consecuencias considerables en la psicología humana de Nuestro Señor y en la vida de su alma. Este alma unida a Dios mismo estaba asumida por Dios. No había otra Persona. Todos los actos de este alma, lo mismo que todos los actos del cuerpo de Nuestro Señor, eran actos de Dios. Eran actos divinos, pues en Nuestro Señor no había dos Personas, sino una sola. La persona es el sujeto de atribución de todos nuestros actos y, por consiguiente, todos los actos que hizo Nuestro Señor deben ser llamados actos divinos.

CONTINUA...