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sábado, 19 de diciembre de 2015

"EL MISTERIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO"


CAPITULO XVI: SIN DEJAR LA DIESTRA DEL PADRE 


¿Cómo pudo Nuestro Señor sufrir su Pasión? ¿Cómo, el que es Dios, pudo asumir nuestra carne y sufrir realmente sufrimientos humanos, cuando al mismo tiempo tenía la visión beatífica y, por eso mismo, se halla en una felicidad inefable? ¿Cómo pudo al mismo tiempo gozar de la visión beatífica en su humanidad y sufrir el martirio, sentir dolores tales que le hacían sudar gotas de sangre y que le hacían pedir a su Padre que si era posible alejase ese cáliz? (Cf. S. Luc. 22, 42 y44).

Se trata de dos cosas que a la vez son sublimes, pero que siguen siendo un gran misterio para nosotros. En definitiva, es el misterio del amor de Nuestro Señor Jesucristo por nosotros, ya que todo esto ha sido hecho por amor. Ha dado su vida por nuestro amor. Se trata, evidentemente, de un acto absolutamente único.

«El Hijo ha recibido del Padre, Principio único, esta compenetración mutua y esta comunidad integral de naturaleza y de bienes».

En su Pasión, la humanidad de Nuestro Señor se manifestó de una manera aún más tangible, si así se puede decir, que por ejemplo su divinidad en el momento de la Transfiguración, puesto que de todos modos continúa estando ahí con su cuerpo. Los apóstoles, que vivían con El, percibían mejor su humanidad que su divinidad. Tardaron en comprender su divinidad, y a nosotros nos ocurre lo mismo. Al leer el Evangelio y la vida de Jesús, y lo mismo los comentarios del Evangelio, nos damos más cuenta de la humanidad de Nuestro Señor Jesucristo que de su divinidad. Hay que ser muy prudente y evitar cuidadosamente considerar en Nuestro Señor solamente su humanidad. Tenemos que pensar constantemente que Nuestro Señor Jesucristo es realmente Dios y que hay tres Personas en Dios, distintas pero no separadas. Sería una ilusión y un error grave creer que mientras el Padre se quedó en el cielo, el Hijo bajó a la tierra y que el Padre y el Hijo estuvieron completamente separados; que al encarnarse se dividió completamente del Padre.

Las acciones de Nuestro Señor se atribuyen al Verbo, pero son las tres Personas divinas las que las llevan a cabo Se le atribuyen a Dios y Dios hay uno solo. No hay tres dioses. Aquí también entramos en un misterio extraordinario. ¿Cómo puede ser que se atribuya a una sola Persona las acciones que hace Nuestro Señor Jesucristo cuando en realidad es Dios quien las hace y no el Verbo separado de Dios? El Verbo no está separado de Dios, el Verbo es Dios y por consiguiente siempre es consubstancial con el Padre y el Espíritu Santo. La solución es esta: todas las acciones producidas por la naturaleza divina las lleva también a cabo la Santísima Trinidad sin dejar de atribuirse al Verbo de una manera particular, por ejemplo la virtud de realizar la Encarnación, de hacer milagros, etc. Pero estas acciones producidas o padecidas por la humanidad se le atribuyen sólo al Verbo, y no al Padre ni al Espíritu Santo. Por ejemplo, sólo el Verbo se encarna, sufre la Pasión, resucita, etc. Pero no hay que caer en lo opuesto, que consistiría en dar la impresión de que Nuestro Señor puede estar separado del Padre y del Espíritu Santo.

Evidentemente, las apariciones en las que Dios se quiso mostrar a sí mismo, nos muestran cierta división y cierta separación. Por ejemplo, cuando Nuestro Señor fue bautizado, se escuchó la voz del Padre, el Espíritu Santo se apareció con el aspecto de una paloma y Nuestro Señor estaba presente encarnado. La voz es el Padre, la paloma es el Espíritu Santo y Nuestro Señor es el que está encarnado. Nosotros tendríamos la tendencia a considerar las tres Personas como divididas, alejadas y separadas una de otra. No puede haber ninguna separación; lo que hay es una distinción, entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no es lo mismo. Esto es algo muy hermoso, porque tenemos que pensar que todas las acciones llevadas a cabo por Nuestro Señor son verdaderamente divinas y que fueron hechas por el Verbo, por Dios mismo y no sólo por alguien que viene de Dios. Es Dios mismo el que ha intervenido. Todas las acciones llevadas a cabo de este modo, son realmente divinas. Como ya he dicho, tenemos demasiada tendencia a ver en Nuestro Señor Jesucristo sólo el hombre, porque esto nos resulta más fácil. «Omnis cognitio venit a sensu: Nuestro conocimiento viene de los sentidos», dice Santo Tomás. Tenemos la tendencia a ver en Nuestro Señor Jesucristo sólo su naturaleza humana. Por eso, tenemos que insistir en su naturaleza divina y en la Persona divina de Nuestro Señor, ya que en El hay una sola Persona: la Persona del Verbo encarnado. En El no hay más Persona que la del Verbo encarnado, y puesto que todos los actos se le atribuyen a la Persona, todos los actos que hizo Nuestro Señor son divinos.


CONTINUA...