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viernes, 11 de diciembre de 2015

"EL MISTERIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO"



CAPITULO XIII: MISIONES DE AMOR DIVINO 

La creación nos parece un mundo casi infinito, pero no cambia nada en Dios ni le añade nada a Dios, que puede crear otros mundos en una medida infinita. Es imposible que nos hagamos una idea de lo que realmente es Dios, pero lo que es extraordinario es que la revelación nos permita conocer que en Dios hay tres Personas.

Dios es único como Dios pero no como Persona. Hay tres Personas en Dios.

Dios ama a alguien en la plena medida en que puede amarla y esa persona es digna de amor. Por eso, se ama a Sí mismo mucho más de lo que nos puede amar a nosotros, que somos seres limitados. Al amarse, Dios engendra una Persona semejante a El. Es realmente extraordinario. Son las procesiones en Dios. Comprendemos mejor por qué toda la creación es, al igual que las procesiones, un efecto del amor de Dios y que la misión de Nuestro Señor y la del Espíritu Santo también son efectos del amor de Dios por nosotros.

El primer efecto del amor divino fuera de Dios, la primera misión de amor, en cierto modo, ha sido la creación. Todo ha sido creado particularmente por Nuestro Señor, por el Verbo, aunque también por el Espíritu Santo. Esta es la misión de caridad por la que Dios ha creado el mundo. Por eso mismo, al haber sido creados, hemos sido enviados y hemos recibido una misión. Esta misión es, ni más ni menos, una parte de la misión del Verbo, infinitamente pequeña, por supuesto, pues somos tan poca cosa en relación con el Verbo.
Pero conscientes de que tenemos un alma, tenemos que cumplir una misión consciente, una misión de caridad. El mismo movimiento de caridad envía a Nuestro Señor y a las criaturas; las criaturas materiales de modo inconsciente y a las espirituales de modo consciente. Somos conscientes del amor que medio de Dios reside en nosotros y conforme al cual tenemos que vivir. Todos tenemos una misión en la tierra. ¡Ojalá todos los hombres pudiesen comprender que tienen una misión!
Tenemos que admirarnos al pensar que Dios nos ha creado como almas inteligentes, voluntarias y conscientes de la misión que debemos cumplir en la tierra. Incluso si se trata de una misión muy pequeña, que parece insignificante ante los ojos de los hombres, es una misión que ha sido querida de toda eternidad por Dios, en la Persona del Verbo y en la unión con Nuestro Señor Jesucristo. Es admirable.
Ahora podemos intentar definir esta misión, la del Hijo. Supone un estado anterior, o más bien, eterno, en el que el Hijo y el Padre se hallan juntos de manera tal que al mismo tiempo son distintos y están unidos consubstancialmente: «Al principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios» (S. Juan 1, 1). «Yo y el Padre somos una sola cosa», dice Nuestro Señor.
Luego, hay que entender en sentido estricto la expresión: “Yo he salido de Dios” (S. Juan 16, 27). Significa no sólo la procesión eterna del Hijo a partir del Padre sino también la misión del Hijo en el tiempo: «Salí del Padre y vine al mundo» (S. Juan 16, 28). En el primer sentido, la palabra “salí” significa la relación de origen, que constituye la Persona del Hijo; en el segundo sentido, designa aquí la Encarnación, que es la misión del Hijo. Esto es lo que explica san Agustín al comentar estas palabras: «Yo he salido de Dios» (S. Juan 16, 27):
«Salió de Dios en tanto que Dios, como igual, como Hijo único, como Verbo del Padre, vino hasta nosotros, porque el Verbo se hizo carne para habitar entre nosotros. Su llegada es su humanidad, su estado permanente es su divinidad. Su divinidad es el término hacia el que nos dirigimos, su humanidad el camino que nos conduce. Por esto vino sin dejar a Dios».

La misión es tal que el Hijo no se ha separado de Dios y puede decir: «Yo y el Padre somos una sola cosa» (S. Juan 10, 30). Jesucristo y el Hijo enviado son una misma Persona, como lo dice también san Agustín: «Viene con Aquel de quien viene». El autor de la misión es el Padre, como hemos visto en varias afirmaciones y podemos añadir otras. Jesús suele usar la expresión: “El Padre que me ha enviado”. Esto supone que el Padre es el principio del Hijo: pero ya que el Hijo no pierde su unidad con el Padre, tiene con El una entera igualdad. Esta misión no supone una superioridad.“No más—dice San Cirilo— que el fuego no es superior al resplandor y a la luz que emana”.

Por otra parte, esta idea de misión nos da a conocer lo que es el misterio del Salvador, Jesucristo, pues procede del amor de Dios. Dios es caridad y esta misión viene del amor de Dios que por este medio quiere salvar al mundo. También es san Juan el que expresa esto de una manera admirable:  «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna; pues Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo sino para que el mundo sea salvo por El» (S. Juan 3, 16-17). ¡Ah, si los hombres pudiesen comprender este plan de amor hacia ellos! Cuando se piensa qué pocos son los que viven este gran misterio del amor de Dios sin conocer el misterio de la Santísima Trinidad y la misión de amor de Nuestro Señor Jesucristo, la realidad de la Encarnación, de la Redención y de la Cruz por la que somos salvados, medimos la importancia y la inmensidad de la tarea que tienen que cumplir en primer lugar los sacerdotes y los misioneros.

Por la Cruz nos unimos a Nuestro Señor para entrar de nuevo en Dios, de donde hemos salido por la creación. «Creatio est a nihilo sui et subjecti», dice la teología: la creación es de la nada, en sí y en el sujeto, es decir, que presupone la nada en relación a la cosa y en relación al sujeto que la puede recibir. Así, antes de la creación, no había ni mar ni tierra que la soportase: lo único que existía era Dios.

Dios existía pero de nosotros no había nada, de modo que hemos sido hechos de la nada por Dios, lo que no es el caso de Dios, que no ha sido creado. El existe siempre; El es. Es toda la diferencia entre Dios y nosotros. Pero por el hecho de haber sido creados por Dios, emanamos, en cierto modo, de sus manos, si podemos hablar así, es decir, que salimos de su amor y de la caridad de Dios.

No podemos ser nada más que caridad. Los que no son caridad están desnaturalizados. No ser caridad es contrario a la naturaleza. Obrar por egoísmo, para nuestra satisfacción, para darnos gusto, por orgullo o amor propio, es contrario al fin para el que hemos sido creados y, con mayor razón, al fin por el que hemos sido redimidosTenemos que volver a poner constantemente la caridad en nosotros y colocarnos en la perspectiva en la que Dios ha querido crearnos. Es toda la explicación de la vida espiritual, ya que, en la medida en que no amamos a Dios suficientemente y en que no amamos suficientemente a nuestro prójimo, nos desnaturalizamos.

Es evidente que esto proviene del pecado, que ha puesto en nosotros el espíritu de desobediencia, de ruptura con Dios y de alejamiento de Dios. Cuando, después de haber sido redimidos y de haber recibido el bautismo del Espíritu Santo, el amor de Dios, el sacerdote dice: «Sal de este alma, espíritu inmundo, y da lugar al Espíritu Santo», hay que dejar el lugar a la caridad de Dios, es decir, el lugar que tiene que ocupar en el alma. Se trata, pues, de conservar esta caridad y eso es lo difícil. Esto nos da una luz verdadera de lo que somos, de dónde venimos y a dónde vamos.

Esta caridad que nos ordena hacia Dios tiene que tener por objeto darse. Darse primero a Dios e incluso, cuando nos damos a nuestro prójimo, siempre en razón de Dios, a causa de Dios. En el fondo, sólo hay una caridad. No hay dos caridades, una para Dios y otra para el prójimo. El objeto formal de la caridad es Dios y el de la caridad al prójimo es también el mismo, Dios. En cierto modo hay dos objetos materiales, Dios y el prójimo, pero un sólo mandamiento: amar a Dios. Amamos al prójimo precisamente en la medida en la que proviene de Dios, va a Dios y está unido a Dios. No podemos ni tenemos que amar más que en esta perspectiva.

No tenemos derecho a amarlo en la medida en que esté separado de Dios y se halle en pecado. No podemos amarlo sino porque es una criatura que proviene de Dios y que está destinada a Dios y porque Dios está en ella o para que Dios esté en ella por la gracia. Por esto tenemos que amar a quienes han recibido la gracia, más que a los que no la tienen. Tenemos que amar a los demás para darles a Dios, puesto que es a Dios a quien amamos en el prójimo. No amamos al prójimo por sí mismo sino que lo amamos por Dios. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Todo está en esta corriente de caridad y de amor. Es la grandeza y la hermosura de nuestra vida.

CONTINUA...