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martes, 1 de diciembre de 2015

"El Misterio de Nuestro Señor JesuCristo".


CAPITULO X: EL VERBO, EN EL SENO DE LA CARIDAD DEL PADRE 

Continuemos nuestro estudio sobre Nuestro Señor Jesucristo en su divinidad, es decir, en sus relaciones con la Santísima Trinidad. Primero tenemos que intentar comprender mejor lo es para nosotros Nuestro Señor y su obra y, al mismo tiempo, su grandeza y sublimidad, para unirnos más con El, seguirlo, abandonarnos en El y para que nuestra vida sea realmente una vida cristiana, una vida como a menudo la pedía El mismo en el Evangelio. Que viva en nosotros y que nosotros vivamos en El. Si queremos apreciar lo que es Nuestro Señor, tenemos que considerar todos los aspectos bajo los cuales se nos ha presentado y en particular, en primer lugar, en la Santísima Trinidad.

¿Cómo puede ayudarnos el Evangelio a comprender mejor lo que Nuestro Señor es en la Santísima Trinidad?





Uno de los fragmentos más significativos se halla en la primera epístola de san Juan, cuando nos habla de la caridad (I Juan 4, 12-15): «A Dios nunca le vio nadie; si nosotros nos amamos mutuamente, Dios permanece en nosotros su amor en nosotros es perfecto. Conocemos que permanecemos en El y El en nosotros en que nos dio su Espíritu. Y hemos visto y damos de ello testimonio, que el Padre envió a su Hijo por Salvador del mundo. Quien confesare que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios».

En pocas frases, el apóstol que Jesús amaba precisa muy claramente cuál es el lugar de Nuestro Señor en la Santísima Trinidad y también en relación con nosotros. Por la simple confesión de la divinidad de Nuestro Señor, si se hace con una fe verdadera, Dios mora en nosotros y nosotros en Dios. «Y nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene: et nos credidimus caritati. Dios es amor, y el que vive en amor, permanece en Dios y Dios en él» (I Juan 4, 16). Deus caritas est. Conviene meditar este pasaje de la epístola de san Juan preguntándole a santo Tomás de Aquino qué es la caridad.

Santo Tomás define la cualidad particular de la caridad con estas palabras: bonum est diffusivum sui. Así como el bien tiende a difundirse y a comunicarse, la caridad sale, en cierto modo, de sí misma, de la persona, de sí. La caridad se da. Sería contrario a la caridad que se retuviese, puesto que es exactamente lo contrario del egoísmo. Tiende a dar lo que tiene y lo que es. Si esto es precisamente la caridad y Dios es caridad, comprendemos mejor, en cierta medida, que Dios haya engendrado al Hijo y que del Padre y del Hijo proceda el Espíritu Santo.

Puesto que Dios es caridad, es casi imposible que no se dé. Al darse, lo hace de tal manera que Dios Padre no retiene nada de sí mismo y el Hijo engendrado desde toda la eternidad es igual a El mismo, al Padre. No podemos tildar al Padre de egoísmo o de darse sólo parcialmente, no. El Padre se da de tal modo a su Hijo que desde toda la eternidad engendra un Hijo igual a sí mismo, sin ninguna diferencia y sin ninguna desigualdad. La única distinción es precisamente que el Hijo proviene, procede del Padre, pero como el Padre le da todo desde toda la eternidad, el Hijo es exactamente igual al Padre.

Evidentemente, es un misterio, pero la Escritura misma nos invita a estudiar la caridad en Dios ya que define a Dios como caridad y que lo propio de esta virtud precisamente es darse. Dios es caridad, el Hijo es Dios y así hay caridad en El y no sería normal que no procediese nada de El, que El mismo no se dé. El Padre es caridad y si del Hijo no procediese ninguna otra Persona de la Trinidad, podríamos decir: sí, el Padre es caridad, pero el Hijo no, no es realmente caridad, a pesar de lo que dice el Evangelio.

Puesto que Dios es caridad, también el Hijo es caridad. Y del Hijo, precisamente, procede otra persona, la que representa al amor del Padre y del Hijo entre sí: la tercera Persona que es el Espíritu Santo. Realmente es el ejemplo más perfecto de la caridad entre el Padre y el Hijo. Y esta tercera Persona, que es el Espíritu Santo y que procede de las otras dos, es igual al Padre y al Hijo. Esta es, en el interior de la Santísima Trinidad, la expresión más perfecta que se pueda imaginar de una caridad. Esta caridad trinitaria está admirablemente expresada en la liturgia de la fiesta de la Santísima Trinidad: «Caritas Pater est, gratia Filius,communicatio Spiritus Sanctus, o beata Trinitas». Leamos los profundos acentos de Dom Guéranger comentando este texto: «¡Oh complacencia del Padre en el Hijo, por quien tiene conciencia de Sí mismo; complacencia de amor íntimo que proclama a nuestros oídos mortales en la ribera del Jordán y en la cumbre del Tabor! (Cf. San Luc. 3, 22; San Mat. 17, 5).»(...) ¡Oh Hijo de Dios, eres el Verbo del Padre! Palabra increada, eres tan íntimo con El como su pensamiento, y su pensamiento es su ser. En Ti este ser se expresa todo entero en su infinidad, en Ti se conoce. (...) Tú eres el esplendor de la gloria del Padre, la forma de su substancia (Heb. 1, 3).

CONTINUA...