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lunes, 7 de diciembre de 2015

"CARTA ABIERTA A LOS CATÓLICOS PERPLEJOS"



XII

Resumamos. La nueva religión, en todos sus aspectos, choca al buen sentido cristiano. El católico está expuesto a una desacralización general; se lo han cambiado todo, todo está adaptado. Le han dado a entender que todas las religiones aportan la salvación, que la Iglesia acoge indistintamente a los cristianos separados y aun al conjunto de creyentes que se inclinan ante Buda o ante Krishna. Se le explica que los clérigos y los laicos son miembros iguales del "pueblo de Dios" hasta el punto de que ciertos laicos designados para cumplir determinadas funciones asumen las tareas clericales (se los ve celebrar solos los entierros y administrar el viático a los enfermos) en tanto que los religiosos asumen las tareas de los laicos. Se visten como ellos, van a trabajar a fábricas, se afilian a los sindicatos, hacen política. El nuevo derecho canónico fortalece esta concepción. Confiere prerrogativas inéditas a los fieles al reducir la diferencia entre éstos y los sacerdotes y al instituir lo que se llaman "derechos": teólogos laicos pueden ocupar cátedras de teología en las universidades católicas, los fieles participan en el culto divino en funciones (que estaban reservadas antes a ciertas órdenes menores) y en la administración de ciertos sacramentos; distribuyen la comunión, comparten el testimonio ministerial en las ceremonias nupciales. Por otra parte, se lee que la Iglesia de Dios "subsiste" en la Iglesia católica, fórmula sospechosa, pues la doctrina de siempre enseña que la Iglesia de Dios es la Iglesia católica. Si se considera esta fórmula reciente, parecería que las comunidades protestantes y ortodoxas forman también parte de ella, lo cual es falso puesto que esas comunidades están separadas de la única Iglesia fundada por Jesucristo: Credo in unam sactam Ecclesiam. El nuevo derecho canónico fue redactado con tal prisa y confusión que habiéndose promulgado en enero de 1983, en noviembre del mismo año ya tenía ciento catorce modificaciones. Esto también desconcierta al cristiano que tenía la costumbre de remitirse a la legislación eclesiástica como a algo fijo. Si un padre de familia se preocupa por educar bien a sus hijos, sea él mismo un practicante asiduo o esté alejado de la práctica de los sacramentos, experimentará muchas decepciones. En numerosos casos, las escuelas católicas adoptaron el régimen mixto, en ellas se imparte educación sexual, la enseñanza religiosa desaparece en las clases importantes y no es raro encontrar profesores de orientación socialista si no ya comunista. En un asunto que hizo mucho ruido en el oeste de Francia, uno de esos educadores, eliminado por los padres de los alumnos y luego reintegrado por la dirección diocesana, exponía así su defensa: "Seis meses después de haber vuelto a Notre-Dame, el padre de un alumno quiso separarme simplemente porque al comienzo del año me había presentado desde todos los puntos de vista político (de izquierda), social, religioso... Según ese padre no era posible ser profesor de filosofía y socialista en un establecimiento privado".

Veamos otro caso que ocurrió en el norte de Francia: un nuevo director es nombrado en una escuela por la dirección diocesana; al cabo de un tiempo los padres advierten que el hombre milita en un sindicato de izquierda, que se trata de un sacerdote reducido al estado laico y casado, que sus hijos no parecen haber sido bautizados. En Navidad, organiza una fiesta para los alumnos y los padres con la participación del Socorro Popular que es, como se sabe, una organización comunista. Entonces los católicos de buena voluntad se preguntan si vale la pena hacer esfuerzos para que sus hijos asistan a la escuela libre. En un establecimiento para señoritas del centro de París, la catequista se presenta una mañana con el capellán de Fresnes, a quien acompaña un joven preso de dieciocho años. Se explica a las alumnas que los presos se sienten muy solos, que tienen necesidad de afecto, de contactos con el exterior y de correspondencia. Si alguna de las alumnas quiere convertirse en madrina, puede dar su nombre y su dirección. Pero sobre todo no hay que decir nada de esto a los padres, pues ellos no comprenden esas cosas; éste debe ser un asunto sólo de jóvenes. En otro lugar, una maestra recibió una reprimenda de parte de un grupo de padres por haber hecho aprender a sus alumnos fórmulas del catecismo y del Avemaría. El obispo la apoyó, lo cual parece lo más normal del mundo, pero es tan poco habitual que su carta fue reproducida en La Famille éducatrice y el incidente adquirió las dimensiones de un acontecimiento. ¿Cómo proceder? Cuando el gobierno francés decidió terminar con la escuela libre, ésta se mostró vulnerable porque, en la casi totalidad de los casos, ya no correspondía a su misión, ora en lo tocante a un punto, ora en lo tocante a varios puntos. Sus adversarios podían preguntar: ¿Qué hacen ustedes en el sistema educativo? ¿Para qué sirven ustedes? Nosotros hacemos lo mismo, ¿por qué habría de haber dos escuelas? Verdad es que todavía se encuentran reservas de fe y es menester rendir homenaje a muchos docentes conscientes de su responsabilidad; pero la enseñanza católica ya no se afirma de una manera clara frente a la escuela pública, pues ha recorrido una buena mitad del camino por el que quieren hacerla marchar los defensores del laicismo. Me han dicho que en las manifestaciones, algunos grupos habían promovido escándalo al cantar "Queremos a Dios en nuestras escuelas". Los organizadores habían secularizado lo más posible los cantos, los lemas, los discursos, a fin de, según decían, no colocar en una posición falsa a las personas que habían acudido sin preocupaciones religiosas particulares y entre las cuales se encontraban incrédulos y hasta socialistas. ¿Significa hacer política querer apartar el socialismo y el comunismo de nuestras escuelas? El católico siempre pensó que la iglesia se oponía a estas doctrinas a causa del ateísmo militante que ellas profesan. Y ese católico tiene completa razón en cuanto al principio y en cuanto a las aplicaciones: el ateísmo determina modos radicalmente diferentes de concebir el sentido de la vida, el destino de las naciones, las orientaciones de la sociedad. Por eso no sale uno de su asombro cuando lee en Le Monde del 5 de junio de 1984 que monseñor Lustiger, al responder a las preguntas de ese diario y al expresar, por lo demás, varias ideas muy justas, se lamenta de haber visto desperdiciar una oportunidad histórica con la votación del Parlamento sobre la escuela libre. Dice que esa oportunidad consistía en encontrar, de acuerdo con los socialistas y comunistas, una serie de valores fundamentales para la educación de los niños. ¿Qué valores fundamentales comunes puede haber entre la izquierda marxista y la doctrina cristiana? Son cosas radicalmente opuestas. Pero el católico ve con sorpresa cómo se intensifica el diálogo entre la jerarquía eclesiástica y los comunistas. Dirigentes soviéticos y hasta terroristas como Yaser Arafat son recibidos en el Vaticano. El concilio Vaticano II dio el tono al negarse a renovar la condenación del comunismo.

Como en los proyectos que les habían sido sometidos no encontraban ningún indicio sobre este punto, cuatrocientos cincuenta obispos, recordémoslo, firmaron una carta en la que reclamaban una enmienda en ese sentido. Los obispos se apoyaban en las pasadas condenaciones y particularmente en la afirmación de Pío XI que calificaba al comunismo como "intrínsecamente perverso", con lo cual quería significar que en esa ideología no había aspectos negativos y aspectos positivos, sino que era menester rechazarla en su totalidad. Bien se recuerda lo que ocurrió: la enmienda no fue transmitida a los padres, el secretario general del concilio declaró que no tuvo conocimiento de ella, luego la comisión admitió que había recibido la enmienda pero demasiado tarde, lo cual no era exacto. Se produjo un escándalo que terminó, por orden del Papa, con un agregado a la constitución, Gaudium et Spes de un pasaje alusivo sin grandes alcances. ¡Cuántas declaraciones de obispos para justificar o para alentar la colaboración con los comunistas, independientemente del ateísmo implícito! "No me corresponde a mí, sino a los cristianos, que son adultos, responsables", decía monseñor Matagrin, "resolver en qué condiciones pueden colaborar con los comunistas". Para monseñor Delorme los cristianos deben "luchar para que haya más justicia en el mundo junto con todos -aquellos amantes de la justicia y la libertad, incluso los comunistas". El mismo toque de campanas se percibe en monseñor Poupard, quien incita a "trabajar con todos los hombres de buena voluntad en las obras de la justicia, en las que se construye incansablemente un mundo nuevo". En un boletín diocesano se dice así la oración fúnebre de un padre obrero: "Tomó partido por el mundo de los trabajadores en las elecciones municipales. No podía ser el sacerdote de todos. Eligió a quienes elegían una sociedad socialista. Fue duro para él, se hizo enemigos, pero también muchos amigos nuevos. Tit-Paul era un hombre bien situado". Hace poco un obispo disuadía a sus sacerdotes de hablar en sus parroquias de la obra "Ayuda a la Iglesia en apuros" diciendo: "Tengo la impresión de que esta obra se presenta con aspectos demasiado exclusivamente anticomunistas". Se comprueba con desconcierto que la excusa dada a este género de colaboración descansa en la idea, ella misma falsa, de que el partido comunista tiene por finalidad instaurar la justicia y la libertad. Sobre este punto hay que recordar las palabras de Pío IX: "Si los fieles se dejan engañar por los promotores de las actuales maniobras, si consienten en conspirar con ellos en favor de los sistemas perversos del socialismo y del comunismo, sepan y consideren seriamente esto: acumulan para sí mismos y ante el divino Juez caudales de venganza para el día de la cólera; mientras tanto, de esa conspiración no se seguirá ninguna ventaja temporal para el pueblo, sino que antes bien se producirá un acrecentamiento de miserias y de calamidades". Para ver la exactitud de esta advertencia formulada en 1849, hace casi ciento cuarenta años, basta observar lo que ocurre en todos los países colocados bajo el yugo comunista. Los acontecimientos han dado razón a aquel papa y a pesar de ello la ilusión continúa viva y aun se acentúa.

Hasta en Polonia, país eminentemente católico, los pastores ya no dan como primordial la cuestión de la fe católica y de la salvación de las almas por la cual hay que aceptar todos los sacrificios, incluso el de la vida. En su espíritu, lo que más importa es no provocar una ruptura con Moscú lo cual permite a Moscú reducir a una esclavitud completa al pueblo polaco sin encontrar verdadera resistencia en ese pueblo. El padre Floridi 7 muestra con claridad los compromisos que implica la Ostpolitik vaticana: "Es sabido que los obispos checoslovacos consagrados por monseñor Casaroli son colaboradores del régimen así como lo son los obispos que dependen del patriarcado de Moscú... Feliz por haber podido dar un obispo a cada diócesis húngara, el papa Pablo VI rindió homenaje a Janos Kadar, primer secretario del partido comunista húngaro, 'principal promotor y el hombre más autorizado de la normalización de las relaciones entre la Santa Sede y Hungría'. Pero el Papa no mencionaba el elevado precio con que se había pagado esta normalización: la introducción en puestos importantes de la Iglesia de 'sacerdotes de la paz'... Ciertamente grande fue el estupor de los católicos cuando oyeron al sucesor del cardenal Midszenty, el cardenal Laszlo Lekai, prometer que se intensificaría el diálogo entre católicos y marxistas." Al referirse a la perversidad intrínseca del comunismo, Pío XI agregaba: "y no se puede admitir en ningún terreno la colaboración con el comunismo por parte de quien quiera salvar la civilización cristiana. Esta ruptura de la enseñanza de la Iglesia, agregada a las otras que enumeré, nos obliga a afirmar que el Vaticano está penetrado por modernistas y hombres de este mundo que creen encontrar en las astucias humanas y diplomáticas más eficacia para la salvación del mundo que lo instituido por el divino fundador de la Iglesia. He mencionado al cardenal Midszenty; lo mismo que él, todos los héroes y los mártires del comunismo, en particular los cardenales Beran, Stepinac, Wyszynski, Slipyi son considerados testimonios molestos por la actual diplomacia vaticana y, digámoslo, como reproches mudos en lo que se refiere a aquellos que hoy descansan ya en la paz del Señor, en tanto se procura acallar la voz potente de monseñor Slipyi. Los mismos acercamientos se producen con la masonería, a pesar de la declaración sin ambigüedades de la Congregación para la Doctrina de la Fe de febrero de 1981, que había sido precedida por una declaración de la conferencia episcopal alemana en abril de 1980. Pero el nuevo derecho canónico no hace mención alguna de esos acercamientos ni formula expresamente ninguna sanción. Los católicos se habían enterado ya antes de que los masones B 'nai Brith habían sido recibidos en el Vaticano y que en fecha reciente el arzobispo de París recibía al gran maestre de una logia para mantener una conversación con él, a pesar de que algunos eclesiásticos se niegan a ver reconciliada la sinagoga de Satanás con la Iglesia de Cristo. Se tranquiliza a los católicos diciéndoles, como en todo lo demás: "La condenación de las sectas tal vez estuviera justificada ayer, pero hoy los hermanos masones no son lo que eran". Veamos, pues, cómo se comportan hoy. El escándalo de la logia P2 en Italia está todavía fresco en todas las memorias. En Francia no cabe ninguna duda de que la ley laica contra la enseñanza libre es ante todo la obra del Gran Oriente, que multiplicó las presiones sobre el Presidente de la República y los afiliados presentes en el gobierno y en los gabinetes ministeriales para que se realice por fin el "gran servicio único de la educación nacional". Y esta vez hasta actuaron a plena luz del día; diarios como Le Monde informaron regularmente sobre los trámites y en las revistas masónicas se publicó el plan y la estrategia.

¿Debo agregar que la masonería continúa siendo siempre lo que era? El ex gran maestre del Gran Oriente, Jacques Mitterrand, que en 1969 confesaba por radio: "Nosotros siempre tuvimos obispos y sacerdotes en nuestras logias", hacia la profesión de fe siguiente: "Si el pecado de Lucifer consiste en colocar al hombre sobre el altar en lugar de colocar a Dios, todos los humanistas cometen este pecado desde el Renacimiento". Esa fue una de las causas invocadas contra los masones cuando fueron excomulgados por primera vez por el papa Clemente XII en 1738. En 1982, el gran maestre Georges Marcou no decía otra cosa: "Lo que importa es el problema del hombre". Cuando fue reelegido, una de sus primeras preocupaciones era lograr que la Seguridad Social reembolsara los gastos de aborto y asegurar "la igualdad económica de las mujeres pasando por esta medida ". Los francmasones penetraron en la Iglesia. En 1976 nos enterábamos de que quien fue el alma de la reforma litúrgica, monseñor Bugnini, era masón. Después de esta revelación bien puede conjeturarse que no era él el único. El velo que cubría la mayor de las mistificaciones de que fueron objeto los sacerdotes y los fieles comenzaba a desgarrarse. A medida que pasa el tiempo se ve con mayor claridad y también lo ven con mayor claridad los adversarios seculares de la Iglesia, como lo prueba Jacques Mitterrand al decir: "En la {iglesia algo ha cambiado; las respuestas formuladas por el Papa a las cuestiones más candentes, como el celibato de los sacerdotes o la regulación de los nacimientos, son ardientemente discutidas en el seno de la misma Iglesia; la palabra del Sumo Pontífice es puesta en tela de juicio por algunos obispos, por sacerdotes, por fieles. Para el francmasón, el hombre que discute el dogma es ya un francmasón sin mandil". Otro hermano, el señor Marsaudon, del rito escocés, habla del modo siguiente sobre el ecumenismo cultivado durante el concilio: “Los católicos, particularmente los conservadores, no deberán olvidar, por lo tanto, que todos los caminos conducen a Dios. Y (deberán) mantenerse en esa valiente idea de la libertad de pensamiento que (y aquí cabe realmente hablar de revolución) salida de nuestras logias masónicas se extendió magníficamente sobre la cúpula de san Pedro”. Quisiera citar aún un texto que aclara esta cuestión y muestra quién espera salir vencedor de este acercamiento preconizado por el padre Six y el padre Riquet. El texto está tomado de la revista masónica Humáname, número de noviembre-diciembre de 1968: "Entre los pilares que se desmoronarían más fácilmente, citemos: el poder doctrinal dotado de infalibilidad que hace cien años creía haber consolidado el primer concilio del Vaticano y que ahora acaba de sufrir ataques con motivo de la publicación de la encíclica Humanae Vitae-, la presencia real eucarística, que la Iglesia había logrado imponer a las masas medievales y que desaparecerá con el progreso de las intercomunicaciones y de las concelebraciones entre sacerdotes católicos y pastores protestantes; el carácter sagrado del sacerdote, que derivaba de la institución del sacramento del orden sagrado y que cederá el lugar a un carácter electivo y temporal; la distinción entre la Iglesia dirigente y el clero negro, pues en adelante el movimiento irá desde la base hasta la cúspide, como en toda democracia; la desaparición progresiva del carácter ontológico y metafísico de los sacramentos y, seguramente, la muerte de la confesión, pues en nuestra civilización el pecado se convirtió en una de las ideas más anacrónicas que nos haya legado la severa filosofía de la Edad Media, heredera a su vez del pesimismo bíblico."

Se advertirá que los masones están prodigiosamente interesados en el futuro de la Iglesia, pero sólo para devorarla. Los católicos deben saberlo, a pesar de las sirenas que tratan de adormecerlos, y todas esas fuerzas destructoras están estrechamente ligadas entre sí. La masonería se define como la filosofía del liberalismo cuya forma aguda es el socialismo. Conjunto forma algo que bien puede designarse por la expresión empleada por Nuestro Señor: "las puertas del infierno".