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jueves, 17 de diciembre de 2015

"ANACLETO GONZÁLEZ FLORES. MÁRTIR CRISTERO."




V. El testimonio supremo del martirio

Anacleto vivió permanentemente hostigado por la policía de Guadalajara. Se podría decir que no conoció día sin sobresalto. Varias veces fue encarcelado. Pero cuando salía de la prisión continuaba como antes, sin retroceder un milímetro en su designio. No podía ignorar que estaba jugando con la muerte. Varias veces la vio muy cerca, pero jamás la esquivó, dejando de hacer, por temor, lo que debía. La idea del sacrificio de su vida no le era extraña ni remota. Uno de los capítulos de la última y más importante de sus obras lleva por título: «Reina de los Mártires, ruega por nosotros». Ya anteriormente había sostenido que si las acciones encaminadas a la salvación de la Iglesia y de la Patria fallasen, sería preciso votar, no con papeletas, de las que se burlaban los enemigos, sino con las propias vidas, en un plebiscito de mártires. «Porque lo que se escribe con sangre, según la frase de Nietzsche, queda escrito para siempre, el voto de los mártires no perece jamás». Llegó un momento en que el acoso de sus enemigos lo obligó a esconderse. Por algunas infidencias se había enterado de que el Gobierno estaba decidido a acabar con él, en la idea de que así la resistencia se debilitaría sustancialmente. Una familia amiga, la de los Vargas González, le abrió las puertas de su casa, conscientes del grave peligro al que se exponían.

Allí se guareció, disfrazándose de obrero; dejó crecer la barba, enmarañó su cabellera, y siguió su actividad como antes. El 29 de marzo de 1927, pasó la noche con su familia, castigada por la miseria, alternando con su esposa, y rezando y jugando con sus tres hijitos. Fue la última vez que los vería. El 31 del mismo mes estaba, como de costumbre, en la casa de los Vargas González. Allí se confesó con un sacerdote que se encontraba de paso, y después se quedó comentando con él una reciente Pastoral del Arzobispo de Durango, que aprobaba plenamente la defensa armada. «Esto es lo que nos faltaba, dijo Anacleto. Ahora sí podemos estar tranquilos. Dios está con nosotros».

Era de noche. Se retiró a su cuarto, y allí se puso a escribir para la revista Gladium, un artículo de tres páginas, papel oficio, con excelente letra aún hoy perfectamente legible. La noticia de la que acababa de enterarse sobre la decisión del obispo de Durango fue lo que inspiró su pluma:

«Bendición para los valientes, que defienden con las armas en la mano la Iglesia de Dios. Maldición para los que ríen, gozan, se divierten, siendo católicos, en medio del dolor sin medida de su Madre; para los perezosos, los ricos tacaños, los payasos que no saben más que acomodarse y criticar. La sangre de nuestros mártires está pesando inmensamente en la balanza de Dios y de los hombres.

«El espectáculo que ofrecen los defensores de la Iglesia es sencillamente sublime. El Cielo lo bendice, el mundo lo admira, el infierno lo ve lleno de rabia y asombro, los verdugos tiemblan. Solamente los cobardes no hacen nada; solamente los críticos no hacen más que morder; solamente los díscolos no hacen más que estorbar, solamente los ricos cierran sus manos para conservar su dinero, ese dinero que los ha hecho tan inútiles y tan desgraciados».

Ya había pasado la media noche, y Anacleto seguía escribiendo. Había empezado el día de su sacrificio, y, como dice Gómez Robledo, iba a pasar casi sin transición de la palabra a la sangre. Escribió entonces las palabras finales de su vida:

«Hoy debemos darle a Dios fuerte testimonio de que de veras somos católicos. Mañana será tarde, porque mañana se abrirán los labios de los valientes para maldecir a los flojos, cobardes y apáticos». 

Nos impresiona este hoy. ¿Era un presentimiento?

«Todavía es tiempo de que todos los católicos cumplan su deber; los ricos que den, los críticos que se corten la lengua, los díscolos que se sacrifiquen, los cobardes que se despojen de su miedo y todos que se pongan en pie, porque estamos frente al enemigo y debemos cooperar con todas nuestras fuerzas a alcanzar la victoria de Dios y de su Iglesia».

Eran las tres de la mañana y se aprestó a tomar un breve descanso. Una hora antes, un grupo de soldados había entrado por un balcón en la casa de Luis Padilla, brazo derecho del Maestro, deteniéndolo. Luego, hacia las cinco, movidos por la delación de algún traidor, golpean la puerta de los Vargas. La casa está rodeada. Hay soldados sobre las paredes y la azotea. Tras un cateo de la casa, se llevaron a las mujeres, la madre y sus hijas, por un lado, y a los varones que allí se encontraban, Anacleto y los tres hermanos Vargas González, por otro. Todo esto me lo contó personalmente, con más detalles, por supuesto, María Luisa Vargas González, una de las hermanas, en una entrevista emocionante que mantuve con ella en la propia casa donde sucedió lo relatado. Llegados los varones a destino, comenzó enseguida el interrogatorio. Lo que buscaban era que Anacleto reconociera su lugar en la lucha cristera y denunciase a los que integraban el movimiento armado católico de Jalisco; asimismo que revelase el lugar donde se ocultaba su obispo, Orozco y Jiménez. Anacleto no podía negar su participación en la epopeya cristera. Bien lo sabían sus verdugos, ni era Anacleto hombre que rehuyera la responsabilidad de sus actos. Reconoció, pues, totalmente su papel en el movimiento desde la ciudad, pero nada dijo de sus camaradas ni del paradero del Prelado.

Entonces comenzó la tortura, lenta y terrible. En presencia de los que habían sido detenidos con él, lo suspendieron de los pulgares, le azotaron, mientras con cuchillos herían las plantas de sus pies.

–Dinos, fanático miserable, ¿en dónde se oculta Orozco y Jiménez?

–No lo sé.

La cuchilla destrozaba aquellos pies. Como dice Gómez Robledo, «el hombre que ha vivido por la palabra va a morir por el silencio».

–Dinos, ¿quiénes son los jefes de esa maldita Liga que pretende derribar a nuestro jefe y señor el General Calles?

–No existe más que un solo Señor de cielos y tierra. Ignoro lo que me preguntan…

El cuchillo seguía desgarrando aquel cuerpo. «Pica, más, más», le decía el oficial al verdugo. De manera semejante torturaban a los hermanos Vargas, por lo que Anacleto, colgado todavía, gritó: «¡No maltraten a esos muchachos! ¡Si quieren sangre aquí está la mía!». Los Vargas, abrumados por el dolor, parecían flaquear; pero Anacleto los sostenía, pidiendo morir el último para dar ánimo a sus compañeros.

Tras descolgarlo, le asestaron un poderoso culatazo en el hombro. Con la boca chorreando sangre por los golpes, comenzó a exhortarlos con aquella elocuencia suya, tan vibrante y apasionada. Seguramente que nunca ha de haber hablado como en aquellos momentos…Se suspendieron las torturas. Simuló se entonces un «consejo de guerra sumarísimo», que condenó a los prisioneros a la pena de muerte por estar en connivencia con los rebeldes. Al oír la sentencia, Anacleto respondió con estas recias palabras: «Una sola cosa diré y es que he trabajado con todo desinterés por defender la causa de Jesucristo y de su Iglesia. Vosotros me mataréis, pero sabed que conmigo no morirá la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto desde el cielo, el triunfo de la religión en mi Patria».

Eran las 3 de la tarde del viernes 1º de abril de 1927. Anacleto recitó el acto de contrición. Aún de pie, a pesar de sus terribles dolores, con voz serena y vigorosa se dirigió al General Ferreira, que presenciaba la tragedia: «General, perdono a usted de corazón; muy pronto nos veremos ante el tribunal divino; el mismo Juez que me va a juzgar será su Juez; entonces tendrá usted un intercesor en mí con Dios».

Los soldados vacilaban en disparar sobre él. Entonces el General hizo una seña al capitán del pelotón, y éste le dio con un hacha en el lado izquierdo del torso. Al caer, los soldados descargaron sus armas sobre el mártir. Con la última energía, trató de incorporarse Anacleto. Y exclamó: «Por segunda vez oigan las Américas este grito: «Yo muero, pero Dios no muere. ¡Viva Cristo Rey!». Se refería al grito que lanzó García Moreno en el momento de ser asesinado. García Moreno, presidente católico del Ecuador, era uno de sus héroes más admirados, cuya historia conocía al dedillo. Anacleto tenía 38 años. Casi a la misma hora, en un patio interior del cuartel, eran fusilados tanto Luis Padilla como Jorge y Rafael Vargas González. Al tercero de los hermanos Vargas, Florentino, lo dejaron libre, por considerárselo el menor de ellos.

Los cadáveres fueron transportados en ambulancia a la Inspección de Policía, y allí arrojados al suelo para que sus familiares los retiraran. Por la noche se instaló una capilla ardiente en el humilde domicilio de González Flores. La joven viuda acercó a sus hijitos al cadáver: «Mira, dijo, dirigiéndose a su hijo mayor, ése es tu padre. Ha muerto por confesar la fe. Promete sobre este cuerpo que tú harás lo mismo cuando seas grande si así Dios lo pide». Guadalajara entera desfiló ante sus restos mortales, pese a los obstáculos puestos por las autoridades. Algunos mojaban sus pañuelos en los coágulos que quedaron en la palangana cuando el aseo del cuerpo, otros tijereteaban su ropa para llevarse consigo alguna reliquia. Alguien le preguntó al mayor de los hermanitos sobre la causa de la tragedia y el niño contestó, señalando el cadáver de su padre: «Lo mataron porque quería mucho a Dios». Una multitud lo acompañó hasta su tumba. De él diría Mons. Manríquez y Zárate: «En el firmamento de la Iglesia Mexicana, entre la inmensa turba de jóvenes confesores de Cristo, se destaca como el sol la noble y gallarda figura de Anacleto González Flores, cuya grandeza moral desconcierta y cuya gloria supera a todo encomio».

A su muerte, así cantó el poeta:

¡Patria, Patria del alma!;
Patria agobiada, sí, mas no vencida.
La sangre de tu hijo
es tu manjar de fortaleza y vida.
¡Anacleto!
Trigo de Dios fecundo
plantado en la llanura sonriente
de Jalisco, no has muerto para el mundo.
Ayer humilde grano…
eres ya espiga de oro refulgente
y alimentas al pueblo mexicano.

Grande fue mi emoción cuando me arrodillé delante de las lápidas que cubren los cuerpos de los dos héroes de la fe: Miguel Gómez Loza y Anacleto González Flores, en el Santuario de Guadalupe de Guadalajara. En la de Anacleto leí esta frase imperecedera:Verbo Vita et Sanguine docuit, enseñó con la palabra, con la vida y con la sangre. He ahí el martirio en su sentido plenario. Porque martirio significa testimonio. Y cabe un triple testimonio: el de la palabra, por la confesión pública de la fe; el de la vida, por las obras coherentes con lo que se cree; y finalmente el de la sangre, como expresión suprema de la caridad y de la fortaleza. Anacleto dio testimonio con la palabra, y en qué grado; por las obras, y con cuánta abundancia; con la sangre, y tras cuáles torturas. Es, pues, mártir en el sentido total de la palabra.

El 15 de octubre de 1994, la Arquidiócesis de Guadalajara abrió, con toda solemnidad, en el Santuario de Guadalupe, el proceso diocesano de canonización de ocho hombres que en Jalisco dieron su vida por la fe, entre ellos Miguel Gómez Loza, a quien nos referimos ampliamente; Luis Padilla, el amigo de nuestro héroe; Jorge y Ramón Vargas González, compañeros de martirio de Anacleto; el arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, tan unido a nuestro mártir; y, como es obvio, Anacleto González Flores. En presencia de sus familiares, hijos, sobrinos y nietos, que sostenían sus retratos junto al altar, se leyó una síntesis de la vida de cada uno de ellos. En la ceremonia ondearon las banderas de todos los movimientos de la Acción Católica y de la Adoración Nocturna, de las que estos siervos de Dios fueron miembros y fundadores.

Anacleto González Flores

Lo saben por los llanos y en la cumbre del risco
las piedras que semejan de la roca un desangre,
lo dicen enlutados los Altos de Jalisco:
enseñó con la vida, la palabra y la sangre.
O se canta en corridos con sabor de elegía
cuando ensaya la tarde un unánime adiós,
era cierto el bautismo de la alegre osadía,
era cierto que mueres pero no muere Dios.
Ni el Pantano del Norte ni el mendaz gorro frigio,
ni los hijos caídos del caído heresiarca,
callarán el salterio de tu fiel sacrificio
ofrecido en custodia de la Fe y de la Barca.
Porque el Verbo no cabe en algún calabozo,
fusileros no existen que amortajen la patria,
sobre la cruz la herida resucita de gozo,
reverdece en raíces coronadas de gracia.
Tampoco los prudentes de plegarias medrosas
atasajan tus puños de valiente cristero,
enarbolan banderas que vendrán victoriosas
más allá del ocaso, desde el alba al lucero.

Antonio Caponetto



Cortejo Funebre de Anacleto González Flores

Beato Anacleto González y compañeros


VIVA CRISTO REY!!!