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sábado, 26 de diciembre de 2015

"Actas del Magisterio - Mons. Lefebvre"


CAPÍTULO 4
Encíclica Humanum genus
del Papa León XIII
sobre la secta de los Masones
(20 de abril de 1884)
León XIII señala toda la perversidad de la Masonería 
(CONTINUACIÓN)




El aggiornamento: adaptación al espíritu liberal

Los Papas han condenado frecuentemente la sed de cambios. El deseo de cambio es el mal de los hombres modernos y fue el que atacó al Concilio. Con pretexto de aggiornamento quisieron cambiar todo. Hay que cambiar con pretexto de adaptación. Hay que ponerse al diapasón del hombre moderno, y como el hombre moderno siempre cambia, hay que cambiar siempre y adaptarse indefinidamente. Que hay que adaptar en cierta medida los métodos de apostolado, es algo evidente. El problema ni siquiera se plantea, porque es algo elemental. No se predica a los adultos como a los niños, ni a los intelectuales y gente culta como a la gente sencilla. Hay una adaptación, por supuesto. Es natural, y para eso no hacía falta reunir un concilio. Pero lo que parece inimaginable es que, de hecho, quisieran discutir las fórmulas para adaptar su-puestamente el modo de expresar nuestra fe y hacerlo más accesible al hombre moderno. ¡Son puras elucubraciones! Los “derechos del hombre”: ¿de qué hombre se trata? Lo que existen son hombres, no el “hombre” separado de toda realidad. Cuando se habla de adaptarse al hombre moderno, ¿de qué hombre se trata? ¿del de Europa, del de América del Sur, del de China…? Eso no tiene sentido. El hombre moderno es, sencillamente, un hombre cuyo cerebro ha sido modelado por las doctrinas masónicas, que son ideas absolutamente contrarias a la Iglesia, a los principios mismos de la naturaleza y a los principios tal como Dios los concibe.

Pretender que se pueden cristianizar las ideas y el vocabulario de este “hombre moderno” es algo totalmente irrealista. Por mucho que se diga: “los derechos del hombre son algo admirable y podrían hacerse evangélicos”, ¡es imposible! Los han elaborado los masones y los han querido en contra del decálogo. No se habla de los deberes del hombre sino únicamente de sus derechos, con la finalidad de destruir la ley de Dios, de modo que ya no sea la base de las sociedades y sea remplazada por la libertad. Los derechos del hombre: la diosa razón, adorar a la razón humana, todo eso es la Revolución. Poner al hombre en lugar de Dios.
¿Cómo se puede imaginar una adaptación a esa gente? ¡Es imposible!

Se han querido adaptar tanto que, finalmente, han acabado racionalizando nuestra liturgia, que contenía tantas cosas hermosas, sagradas y divinas. Las han convertido en algo racionalista y huma-no. Se ha rebajado el rito sagrado de la misa para convertirlo en una comida, una comunión y una eucaristía. Han hecho una democratización sin jerarquía —pues ya no la hay— y el sacerdote ya no es más que el presidente designado, pero al que también podría designar la comunidad. Es horrible ver a dónde nos ha llevado ese deseo de adaptación. No podemos usar el lenguaje de los protestantes y racionalistas sin hacernos tales poco a poco, porque ese lenguaje tiene un significado muy concreto y expresa muy bien lo que quieren. 

La lucha contra la Masonería

Después de haber explicado los principios de los masones y las consecuencias de su aplicación, León XIII propone los remedios. ¿Qué hay que hacer?

«Ante un mal tan grave y ya tan extendido, lo que a Nos toca, Venerables Hermanos, es aplicarnos con toda el alma a buscar remedios. Y porque sabemos que la mejor y más firme esperanza de remedio está puesta en la virtud de la religión divina, tanto más odiada por los masones cuanto más temida, juzgamos ser lo principal el servirnos contra el común enemigo de esta virtud tan saludable».
Así que —dice el Papa— hay que afirmar nuestra santa religión.
«Confiadísimos en la buena voluntad de los cristianos, rogamos y suplicamos a cada uno en particular por su eterna salvación que estimen deber sagrado de conciencia el no apartarse un punto de lo que en esto tiene ordenado la Sede Apostólica».
Los fieles tienen que atenerse estrictamente a todo lo que han promulgado los Papas sobre la Masonería.

Desenmascarar a la Masonería

A continuación, León XIII se dirige a los obispos:

«Como es propio de la autoridad de nuestro ministerio el indicaros Nos mismo algún plan razonable, pensad que en primer lugar se ha de procurar desenmascarar a los masones, para que sean conocidos tal como son».

El Papa les dice a los obispos: “Vuestra primera obligación es denunciar a la Masonería. Quitarle la máscara de ese vocabulario falaz que usa para encubrirse, y de las instituciones supuestamente de caridad y de abnegación que anima. Detrás de todo esto se esconde un espíritu satánico. A los masones no les gusta que los descubran ni que se hable de ellos. Algunas veces yo recibí varios ataques porque en algunos discursos había yo hablado de la Masonería y eso provocó inmediatamente réplicas en los periódicos. Cuando se toca a la Masonería y se la critica públicamente, sus adeptos se sublevan; no lo pueden tolerar. Y viendo que se los pone en evidencia —cosa que temen—, se ponen furiosos y contraatacan. En la homilía que pronuncié en Lille en 1977, hablé abiertamente contra la Masonería. Dije que era la fuente de todas estas revoluciones, de la guerra contra la Iglesia y de todo ese espíritu que aún hoy hace estragos. No soportaron esa intervención. En esas circunstancias es cuando se descubren… Después de esa intervención, un periodista que dirigía una revista muy bien hecha, en la que adoptaba una postura más bien tradicionalista que hacía que mucha gente de nuestros medios la leyera, reveló quién era realmente: su padre había sido masón. Lo dijo él mismo, y en un artículo que escribió manifestó que estaba muy disgustado porque yo había atacado a la Masonería. No tenía yo que haberlo hecho. Era absolutamente inadmisible. De modo que hizo un poco más que asomar la nariz. Su reacción violenta le hizo salir de la sombra donde disimulaba su verdadera pertenencia. Fue algo que sorprendió a muchos lectores de la revista, pues no se imaginaban que pudiese defender así a la Masonería. Para ellos fue un descubrimiento que lo perjudicó mucho entre los tradicionalistas que leían su revista, en la que hallaban informaciones muy interesantes e incluso artículos religiosos siempre en un sentido tradicional. 

Ningún católico puede afiliarse a la Masonería

Así que el Papa pide a los obispos que, en primer lugar, denuncien a la Masonería: «Que sean conocidos tal como son»:«Que los pueblos aprendan por vuestros discursos y pastorales, dados con este fin, las malas artesde semejantes sociedades para halagar y atraer, la perversidad de sus opiniones y lo criminal de sus hechos. Que ninguno que estime en lo que debe su profesión de católico y su salvación juzgue serle lícito por ningún título dar su nombre a la secta masónica, como repetidas veces lo prohibieron Nuestros predecesores. (…)Además, conviene con frecuentes sermones y exhortaciones inducir a las muchedumbres a que se instruyan con todo esmero en lo tocante a la religión, y para esto recomendamos mucho que en escritos y sermones oportunos se explanen los principales y santísimos dogmas que encierran toda la filosofía cristiana, con lo cual se llega a sanar los entendimientos por medio de la instrucción y a fortalecerlos así contra las múltiples formas del error». Es cierto. Cuando más conocemos nuestra religión más la vivimos, en particular nuestra liturgia, a la que estamos tan apegados y que en otro tiempo fue la de toda la Iglesia, y nos vemos más como inmunizados contra las tendencias malas del racionalismo y todos sus errores.

  El racionalismo, destructor de la liturgia

Frente a esa liturgia reformada del Concilio Vaticano II se siente una especie de repugnancia y desagrado. Uno ya no se siente a gusto, porque no corresponde a nuestra fe, ni a nuestro modo de pensar ni a nuestra vida cristiana. Me parece que es una reacción totalmente normal. Lentamente, desorientada por esa transformación, la gente ha empezado a abandonar las iglesias.

Un ejemplo de la penetración del racionalismo en la nueva liturgia, es que precisamente se pretende que los fieles entiendan todo. El racionalismo no acepta que haya algo que no se pueda comprender. Todo tiene que poder ser juzgado por la razón. Por supuesto que durante nuestros actos litúrgicos hay mucha gente que no entiende el latín, la lengua sagrada, o las oraciones que se dicen en voz baja, pues el sacerdote está de cara a la Cruz y los fieles no ven lo que hace, ni pueden seguir todos sus gestos. Hay cierto misterio.

Es verdad que hay un misterio y una lengua sagrada, pero aunque los fieles no entienden el miste-rio, la conciencia del misterio de Nuestro Señor les aprovecha mucho más que escuchar en voz alta y en su lengua toda la misa. En primer lugar, aun en la propia lengua, algunos textos suelen ser difíciles; a veces cuesta entender las verdades. Hay que tener en cuenta la falta de atención; la gente se distrae, escucha un poco, entiende una frase y después nada… No pueden seguirlo ni entenderlo todo. La misma gente se queja de que les cansa que se hable todo el tiempo en voz alta; no pueden re-cogerse ni un momento.

La oración, antes que nada, es una acción espiritual, como le dijo Nuestro Señor a la Samaritana: «Los verdaderos adoradores que pide mi Padre son los que le adoran in spiritu et veritate: en espíritu y en verdad». La oración es más interior que exterior. Si hay una oración exterior es para favorecer la oración interior de nuestra alma, la oración espiritual, la elevación de nuestra alma a Dios. Ese es el fin que se pretende: elevar las almas a Dios. Mientras que la otra, por el contrario, cansa con el ruido continúo. No hay un momento de silencio, y al final, la gente se cansa y se va. El error cometido al querer transformar la liturgia es el resultado del espíritu racionalista que ha prevalecido en nuestros tiempos. Han pretendido adaptarse al hombre moderno, que todo lo quiere entender y al que le resulta imposible aceptar una lengua que no entiende.

Sin embargo, todo el mundo sabe que los fieles tienen a su alcance los misales, que contienen la traducción al lado del latín. Esos misales existían en el mundo entero y no costaba seguir la misa. Por eso, ese racionamiento es absurdo. Pero quisieron adaptarse al espíritu del hombre moderno, que ya no admite misterios y que quiere comprender todo lo que oye. Así se ha destruido el misterio, y se ha terminado con lo sagrado y divinos de las ceremonias. Por eso tenemos que apegarnos mucho a nuestra liturgia. 


CONTINUA...