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viernes, 13 de noviembre de 2015

El Misterio de Nuestro Señor Jesucristo


CAPITULO VI: JESUCRISTO, LA SABIDURIA ETERNA 


  
¿Dónde, además de la Sagrada Escritura y del Magisterio de la Iglesia, podemos hallar también esta afirmación tan consoladora y confortadora de la divinidad de Nuestro Señor, de su vida y de su caridad para nosotros? En la liturgia, puesto da la liturgia canta a Nuestro Señor Jesucristo, canta el amor de Dios por nosotros, de todas las maneras y en todas las expresiones. Hoy la liturgia tiene que desaparecer precisamente porque canta la divinidad de Nuestro Señor y porque su realeza se manifiesta en todo momento en las palabras, en la acción y en la adoración. Ya no se quiere oír hablar de la realeza de Nuestro Señor expresada públicamente por todos los hombres y por la sociedad. La liturgia se ha convertido en un acto público de alabanza dada a la humanidad y al hombre. La publicidad a la realeza de Nuestro Señor y de su divinidad se ha vuelto intolerable. Cuando nos dicen que los musulmanes y los judíos tienen el mismo Dios que los católicos, no está de más leer algunos párrafos de un libro titulado Portrait d'un juif (Retrato de un judío), publicado en 1962 por Albert Memmi, un judío de Túnez, de donde fue expulsado después de asentarse en Francia: «¿Se dan cuenta, los cristianos, de lo que puede significar el nombre de Jesús, su Dios, para un judío?... Para un judío que no ha dejado de creer y practicar su propia religión, el cristianismo es la mayor usurpación teológica y metafísica de la historia, es una blasfemia, un escándalo espiritual y una subversión. Para todos los judíos, aunque sean ateos, el nombre de Jesús es el símbolo de una amenaza, de esa gran amenaza que pesa sobre su cabeza desde hace siglos y que siempre les desafía con catástrofes, sin que sepan por qué ni cómo prevenirlas. Este nombre forma parte de una acusación absurda y delirante, pero de una crueldad eficaz que les asfixia la vida social. Finalmente, este nombre ha terminado siendo uno de los signos y uno de los nombres del inmenso aparato que los rodea, los condena y los excluye. Que me perdonen mis amigos cristianos, pero para que me comprendan mejor y empleando su propio lenguaje, yo diría que para los judíos su Dios es un poco como el demonio, si el diablo es, como dicen, el símbolo y el resumen del mal en la tierra, inicuo y omnipotente, incomprensible y obstinado en aplastar a los hombres desamparados...» Esto es lo que piensa de Nuestro Señor Jesucristo un judío. No hay que hacerse ilusiones, nos Encontramos ante una gente que lleva en su corazón el odio a Jesús. Si los adversarios de Nuestro Señor Jesucristo le tienen un verdadero odio, uno odio diabólico, al revés, nosotros los cristianos tenemos que tener el deseo de que El sea realmente el centro de nuestros pensamientos, de nuestro afecto, de nuestra alma y de toda nuestra actividad. San Luis María Grignion de Montfort ha empleado un lenguaje muy sencillo, pero al mismo tiempo muy profundo en su libro La Sabiduría eterna: «¿Puede amarse lo que no se conoce? ¿Es posible amar ardientemente lo que sólo se conoce imperfectamente?¿Por qué se ama tan poco a la Sabiduría eterna y encarnada, al adorable Jesús, sino porque o no se tiene conocimiento alguno de él o se tiene un conocimiento muy escaso? Apenas hay nadie que estudie como es debido, con el apóstol, esta sobre eminente ciencia de Jesús, que es la más noble, la más dulce y la más necesaria de todas las ciencias y conocimientos del cielo y de la tierra» San Juan Crisóstomo decía que Nuestro Señor es un compendio de las obras de Dios, un cuadro resumido de todas sus perfecciones, de todas las que están en sus criaturas. San Luis María Grignion de Montfort continúa: «Jesucristo, la Sabiduría eterna: he aquí cuanto podéis y debéis desear. Deseadlo, buscadlo, porque El es la única y preciosa perla por cuya adquisición debierais vender todo cuanto poseéis.

Nada hay tan dulce como el conocimiento de la Sabiduría divina. Felices lo que la escuchan. Más felices aún los que la desean y la buscan. Pero más felices aún los que guardan sus caminos y saborean en su corazón esa dulzura infinita que es el gozo y la felicidad del Eterno Padre y la gloria de los ángeles. (nº 9 y 10). Este conocimiento de la Sabiduría eterna es no solamente el más noble y el más dulce, sino además el más útil y el más necesario, porque la vida eterna consiste en conocer a Dios y a Jesucristo, su Hijo: Haec est autem vita aeterna: ut cognoscant te, solum Deum verum, et quem misisti Jesum Christum... Si queremos llegar a la perfección de la santidad en este mundo, conozcamos la Sabiduría; si queremos tener en nuestro corazón la raíz de la inmortalidad, tengamos en nuestro espíritu el conocimiento de la Sabiduría». (nº 11)Aquí San Luis María Grignion de Montfort resume en pocas palabras las sentencias que ya se encontraban en los Padres de la Iglesia: «Saber a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, es saberlo todo. Saberlo todo y no saber a Cristo, es no saber nada». El que conoce a Cristo ya sabe bastante aunque no supiese otra cosa. El que no conoce a Cristo, no sabe nada, aunque conozca todo lo demás. Tenemos que repetir y meditar a menudo estas palabras. A los sabios del mundo, que apenas conocen a Nuestro Señor y que no han estudiado lo que es Nuestro Señor les cuesta mucho admitir esto. No pueden comprenderlo porque no tienen la fe. Es la fe la que nos enseña que todo se halla en Nuestro Señor Jesucristo. ¿Por qué todo se halla en Nuestro Señor Jesucristo? Porque Nuestro Señor es Dios y todo está en Dios. La respuesta es sencilla y accesible, aunque a algunos les cueste creer que este hombre sea Dios.

San Luis María Grignion de Montfort prosigue:  «¿De qué sirve al arquero saber tirar flechas a los lados del blanco a que apunta si no sabe tirar derecho al centro?¿Para qué nos servirían las demás ciencias necesarias a la salvación si ignoramos la ciencia deCristo, única necesaria, centro y fin de todas ellas?». (nº 12)San Pablo, seguro en tantas cosas y tan versado en las ciencias humanas, decía sin embargo «que no creía saber otra cosa más que a Jesús crucificado»: «Non enim judicavi me scire aliquid inter vos, nisi Jesum Christum et hunc crucifixum» (I Cor. 2, 2). Es todo el resumen de nuestra fe y lo que en definitiva apasiona a todos los hombres, a pesar de lo que se diga y a pesar de lo que se piense. Aunque nuestra civilización sea cada vez menos cristiana, vivimos sin embargo en un ambiente acostumbrado a estas verdades cristianas. Pero ya no estamos lo bastante sensibilizados a lo que Nuestro Señor Jesucristo ha aportado a nuestra sociedad y a nuestras familias, todo eso lo vemos como natural. Nos decepcionamos, desde luego, al ver como poco a poco la santidad de la familia, la santidad del hogar, el orden público y todo esto se va degradando y desapareciendo. Quizás sea necesario haber estado en contacto con poblaciones paganas para medir todo lo que Nuestro Señor ha favorecido a nuestra sociedad. De los trece años que pasé en Gabón, siete estuve en la selva. Tuve así la oportunidad de hablar con estos paganos, en su lengua, para enseñarles el Evangelio y para hacerles descubrir y acercarse a Nuestro Señor. No os podéis imaginar el impacto que puede tener en estas almas totalmente incultas, pues no saben ni leer ni escribir, el hecho de hablarles de Nuestro Señor Jesucristo y de hablarles de la Cruz de Nuestro Señor. Es exactamente lo que dice san Pablo: es lo que necesitaban y lo que esperaban.  De modo semejante, durante mis visitas en los oasis del Sahara, tuve contacto con poblaciones musulmanas. Fui a las escuelas organizadas por los Padres Blancos y por las Hermanas Blancas. ¿Qué les interesaba a los niños? Que les hablase de la religión y de Nuestro Señor Jesucristo. Cuando trataba otros temas, se distraían, pero desde que se les hablaba de religión, sus ojitos se despertaban y se ponían atentos. Esto podría parecer extraño, pero a mí me parece que es bastante natural. Nuestro Señor Jesucristo es su Dios y su Creador, y no puede dejar de existir una afinidad entre Quien los ha creado y Quien los ha redimido, entre su Creador y sus almas. Por eso el hecho de hablarles de Nuestro Señor los cautivaba inmediatamente.«Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (S. Jn. 17, 3) Qui Christum noscit, sat scit, si cætera nescit; qui Christum nescit, nil scit, si cætera noscit. Unos 15 años antes del concilio se inventaron los catecismos progresivos con el pretexto de que no había que enseñar a los niños las verdades de la fe, ya que no podían comprender nada. Era preciso explicarles en primer lugar las verdades naturales, probarles la existencia de Dios y así poco a poco conducirlos a una verdad religiosa. Cuando hayan comprendido la existencia de Dios se les podrá empezar a hablar de la Revelación y de Jesucristo.

¡Qué aberrante! ¡Es una locura! Es olvidar que Nuestro Señor Jesucristo es también el Creador. Al contrario, nada puede trasformar sus almas, incluso las de los niños, como el hablarles de Nuestro Señor Jesucristo y contarles su vida. Es un error grave pensar que se necesite esperar a que conózcanlas verdades naturales para hablarles a los niños de Nuestro Señor Jesucristo. Los hay que pretenden, y suele ser frecuente, que los misioneros, cuando llegan a una misión no tienen que predicar la religión a los infieles antes de darles por lo menos un mínimo nivel de vida. ¿De qué sirve, dicen, predicarles el Evangelio a personas que viven en un estado social, o incluso físico, totalmente deficiente? Pero este razonamiento es absurdo y diríamos que casi diabólico, porque es privar a esas personas y niños de lo más grato y hermoso que pueden recibir. En definitiva, es privarlos de aquello a lo que se pueden adaptar más rápido y quizás más fácilmente que las personas que tienen todo y que viven confortablemente.

En su admirable Magnificat la Santísima Virgen dice: «Esurientes implevit bonis, etdivites dimisit inanes» (S. Lc. 1, 53). «A los hambrientos los llenó de bienes y a los ricos los despidió vacíos».
De este modo quieren hacer rica según el mundo a esa gente que está dispuesta a recibir la verdad de Nuestro Señor y privarla de lo que le da la vida feliz, pues de la riqueza no viene una vida verdaderamente feliz. Cuando se les enseñaba el Evangelio y la fe, se podía ver como esos pueblos se hacían cristianos y se transformaban. Casi se podía leer en sus rostros quiénes eran cristianos y quiénes nos. Los cristianos tenían un rostro apacible y radiante de paz, mientras que los demás solían tener temor y miedo, una especie de terror continuo a los espíritus que los rodeaban, siempre listos a hacer el mal, con un rostro que no reflejaba felicidad. El cristiano que se libera de las creencias paganas y que pone su esperanza en Dios tiene un rostro apacible, alegre y está en paz. Con estas evocaciones sólo deseo oponerme a esos falsos principios de los que pretenden que no se debe dar a Nuestro Señor Jesucristo a los que lo buscan, tienen necesidad de El y lo esperan. La caridad no consiste en decir: tenemos que darles a estos pobres un nivel de vida más humano y después les predicaremos el Evangelio. La verdadera caridad consiste en darles en seguida lo esencial, es decir, el fundamento de su alegría, de su felicidad y de su transformación interior. Es falso pretender que predicar el Evangelio es sencillamente incitar a esa gente a que soporte las injurias y las pruebas sin darles la alegría ni procurar disminuir las injusticias. Las injusticias van a desaparecer con la predicación de Nuestro Señor Jesucristo. La gente procurará practicar la caridad y dar a cada quien lo que le debe en la medida en que crea en Nuestro Señor y se sujete a El y, por consiguiente, a sus leyes de caridad. Así, inmediatamente, se restablecerán las relaciones humanas y la justicia. Es el único medio, y no hay más, ya que Nuestro Señor es la fuente de todos los bienes. La justicia no se restablecerá por medio de la lucha de clases sino por la predicación del reino de Nuestro Señor Jesucristo. No existe mejor medio para favorecer a las almas y conducirlas a su salvación. No hay ninguna fuente de bien social, de bien cívico ni de bien familiar mejor que Nuestro Señor Jesucristo. Los buenos cristianos fundan buenas familias cristianas que saben soportar sus pruebas y soportarse mutuamente. Al conservar la familia cristiana, obedecen a la ley de Dios. Hoy en día se buscan métodos y medios para mejorar el nivel de vida y eso es lo único que cuenta pero, finalmente, nos damos cuenta de que las injusticias continúan siendo más o menos grandes porque se rechaza la ley de Nuestro Señor Jesucristo. Entonces estallan los grandes escándalos financieros o contra la justicia, porque la gente ha perdido las nociones de la caridad y de la justicia.

No escuchemos a esos profetas malvados que quieren impedirnos hablar de Nuestro Señor y obligarnos a emplear otros medios para agradar a los hombres y salvarlos. Todo eso es falso. Inspirándose en la epístola de san Pablo a los Filipenses (3, 7-8), san Luis María Grignion de Montfort expresa su elección: «Veo y experimento ahora que esta ciencia es tan excelente, tan deliciosa, tan provechosa y tan admirable, que ya ningún caso hago de todas las demás que en otro tiempo tanto me habían gustado, pero que hoy me parecen tan vacías y tan ridículas, que entretenerse en ellas es perder el tiempo». Comentando de nuevo a san Pablo cuando se dirigía a los Colosenses (2, 4-8), san Luis María Grignion de Montfort prosigue: «Os digo que Cristo es el abismo de toda ciencia, a fin de que no os dejéis engañar por los agradables y magníficos discursos de los oradores ni por los engañosos sofismas de los filósofos, a fin de que todos crezcamos en la gracia y conocimiento de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, la Sabiduría encarnada». En este libro La Sabiduría eterna, hablando precisamente del Verbo encarnado que es la Sabiduría eterna, nos dice cómo podemos llegar a ella, cómo conocerla y cómo imitarla. El camino más corto para llegar a ella es la Santísima Virgen, que es el camino que nos conduce a la perfección. Tal es la espiritualidad de san Luis María Grignion de Montfort. Su primera devoción se dirigía precisamente al a Sabiduría eterna, a Nuestro Señor Jesucristo, como nos lo dice también: «Cristo es nuestra doctrina, a El sólo estudiamos. Cristo es nuestro Maestro de quien aprendemos. Cristo es nuestra escuela, es en El en quien aprendemos. Porque Cristo es el mensajero, porque El es el mensajero único, la luz de todas las cosas, la clave de todos los problemas humanos. El mundo tiene que volver a conocer a Quien le debe todo. Es preciso decirlo y volverlo a decir, a Nuestro Señor Jesucristo, sin cansarse nunca. Si lo conoce en su doctrina y en sus obras, volverá a ver en El al Señor yal Maestro que los falsos maestros del pensamiento y los pastores indignos le han hecho olvidar. Con esta ayuda para subir hacia las fuentes del bien, volverá a encontrar el Camino, la Verdad y la Vida».

CONTINUA...