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viernes, 27 de noviembre de 2015

"Carta Abierta a los Católicos Perplejos"



IX

Los estragos de esta catequesis son visibles en las generaciones que ya tuvieron que sufrirlas. En la Ratio studiorum de mis seminarios yo había incluido un año de espiritualidad situado al comienzo de los estudios que duran seis años. Espiritualidad, es decir, ascetismo, misticismo, formación en la meditación y en la oración, profundización de los conceptos de virtud, de gracia sobrenatural, de presencia del Espíritu Santo... Pero pronto tuvimos que desengañarnos. Nos dimos cuenta de que esos jóvenes (que llegaban con un vivo deseo de convertirse en verdaderos sacerdotes, que poseían una vida interior más profunda que muchos de sus contemporáneos y que tenían el hábito de la oración) no conocían ni siquiera las nociones fundamentales de nuestra fe. Nunca se las habían enseñado. De modo que durante ese año de espiritualidad fue necesario enseñarles el catecismo. Muchas veces referí cómo nació el seminario de Ecóne. En esa casa situada en el Valais, entre Sion y Martigny, se había previsto que los futuros sacerdotes sólo harían un primer año de espiritualidad allí; luego seguirían los cursos de la universidad de Friburgo. Pero si muy pronto se consideró la creación de un seminario completo se debió a que en la universidad de Friburgo ya no se aseguraba una enseñanza verdaderamente católica. La Iglesia siempre consideró las cátedras universitarias de teología, de derecho canónico, de liturgia y de derecho eclesiástico como órganos de su propio magisterio o por lo menos de su predicación. Pero en la actualidad, es un hecho cierto el de que en todas las universidades católicas o casi católicas ya no es más el credo católico ortodoxo lo que se enseña. No veo ninguna universidad que lo haga ni en Europa libre ni en los Estados Unidos, ni en la América del Sur. Siempre hay algunos profesores que, con el pretexto de realizar investigaciones teológicas, se permiten dar opiniones contrarias a nuestro credo y no sólo en aspectos secundarios. Ya hablé de ese decano de la facultad de teología de Estrasburgo para quien la presencia de Nuestro Señor en la misa puede compararse con la presencia de Wagner en los festivales de Bayreuth. Para ese decano ya no se trata del Novus Ordo, sino que el mundo evoluciona con una velocidad tal que estas cosas se encuentran rápidamente en el tiempo pasado. Estima pues que hay que prever una Eucaristía que surja del grupo mismo. ¿En qué consistirá dicha Eucaristía? Él mismo no lo sabe, pero profetiza en su libro Pensamiento contemporáneo y expresión de la fe eucarística que los miembros del grupo, al estar juntos, crearán el sentimiento de la comunión con Cristo quien estará presente en medio de ellos, pero sobre todo no en las especies del pan y del vino. Sonríe ante la Eucaristía que se llama "signo eficaz", definición común a todos los sacramentos y dice: "Eso es ridículo, en la hora actual ya no se pueden decir esas cosas, en nuestra época eso no tiene sentido". Los jóvenes alumnos que oyen estas afirmaciones de boca de su profesor, que por añadidura es decano de la Facultad, los jóvenes seminaristas que acuden a sus cursos se ven poco a poco impregnados por el error y reciben una formación que ya no es católica, Lo mismo cabe decir de aquellos que asistían antes a las clases de un profesor dominico de Friburgo, quien aseguraba que las relaciones prematrimoniales eran normales y deseables.

Mis propios seminaristas conocieron a otro dominico que les enseñaba a componer nuevos cánones: "Eso no es muy difícil; vean ustedes algunos principios que podrán utilizar fácilmente cuando sean sacerdotes". Se podrán multiplicar los ejemplos. Smulders, de la Escuela Superior de Teología de Amsterdan, sospecha que san Pablo y san Juan impusieron abusivamente el concepto de Jesús hijo de Dios y rechaza el dogma de la Encarnación. Schillebeeckx, de la universidad de Nimega, expone las ideas más extravagantes, inventa la transignificación, somete el dogma a las variaciones impuestas por las circunstancias de cada época, asigna un fin social y terrenal a la doctrina de la salvación. Küng, en Tubingen, antes de que le prohibieran enseñar en una cátedra de teología católica, ponía en tela de juicio el misterio de la Santísima Trinidad, a la Virgen María, los sacramentos y decía que Jesús era un narrador de feria desprovisto de "toda cultura teológica". Snackenburg, en la universidad de Wüzburg, acusa a san Mateo de haber forjado el episodio de la confesión de Cesarea para autenticar la primacía de Pedro. Rahner, que acaba de morir, minimizaba la tradición en sus cursos de la universidad de Múnich, negaba propiamente la Encarnación al hablar sin cesar de Nuestro Señor como de un hombre "naturalmente concebido", negaba el pecado original y la Inmaculada Concepción, preconizaba el pluralismo teológico. Los elementos avanzados del neo modernismo pusieron por las nubes a toda, esa gente que cuenta con el apoyo de la prensa, de manera tal que sus teorías asumen importancia a los ojos del público y sus nombres son conocidos. Parecen, pues, representar toda la teología y favorecen la idea de que la doctrina de la Iglesia ha cambiado. Esos hombres pueden continuar su perniciosa enseñanza durante largos años interrumpidos a veces por ligeras sanciones. Los papas recuerdan de manera regular los límites de la misión del teólogo. No hace mucho aún Juan Pablo II decía: ''No es posible apartarse, por separarse, de los puntos fundamentales de referencia que son los dogmas definidos sin perder la identidad católica." Schillebeeckx, Küng, el padre Pohier fueron reprendidos pero no sancionados, este último por un libro en el que negaba la resurrección corporal de Cristo. ¿Se puede imaginar que en las universidades romanas, incluso en la Gregoriana, se permitan, con el pretexto de la indagación teológica, las teorías más peregrinas sobre las relaciones de la Iglesia y el Estado, sobre el divorcio y sobre otras cuestiones fundamentales? Es seguro que el hecho de haber transformado el Santo Oficio, que siempre fue considerado por la Iglesia como el tribunal de la fe, favorece estos excesos. Hasta entonces, cualquier fiel, sacerdote y con mayor razón cualquier obispo, podía someter a la consideración del Santo Oficio un escrito, una revista, un artículo y preguntar qué pensaba de él la Iglesia y si se trataba de un escrito que estaba de acuerdo o no con la doctrina católica. Un mes o seis semanas después el Santo Oficio respondía: "Esto es justo, esto es falso, eso debe ser distinguido porque hay una parte verdadera y una parte falsa".

De esta manera se examinaba y juzgaba definitivamente todo documento. ¿Es chocante que se sometan los escritos al conocimiento de un tribunal? ¿Qué ocurre en las sociedades civiles? ¿No existe en ellas un consejo constitucional para decidir lo que está de conformidad o no con la Constitución? ¿No existen tribunales a los que se acude en el caso de diferentes ofensas sufridas por los particulares y por las colectividades? Hasta puede uno pedir al juez que intervenga en casos de moral pública contra anuncios licenciosos o contra una publicación vendida a la plena luz del día y cuya primera página constituye un ultraje a las buenas costumbres, por más que en estos últimos tiempos y en numerosos países el límite de lo que está permitido se haya ampliado considerablemente. Pero en la Iglesia ya no se aceptaba la intervención de un tribunal, ya no había que juzgar ni condenar. Lo mismo que los protestantes, los modernistas tomaron de los Evangelios la frase que les interesaba: "No juzguéis". Pero no han tenido en cuenta el hecho de que inmediatamente después Nuestro Señor dijo: "Guardaos de los falsos profetas... Por sus frutos los juzgaréis". El católico no debe juzgar inconsideradamente las faltas de sus hermanos, sus actos personales, pero Cristo le ha mandado conservar su fe y ¿cómo podría hacerlo sin echar una mirada crítica a lo que se le da a leer o a oír? El católico se dirigirá al magisterio cuando una opinión le parece dudosa; para eso servía el Santo Oficio. Pero éste, después de la reforma a que se lo sometió, se definió a sí mismo como "Oficio de indagaciones teológicas". La diferencia es enorme. Recuerdo que pregunté una vez al cardenal Browne, ex superior general de los dominicos, que estuvo mucho tiempo en el Santo Oficio: —Eminencia, ¿tiene usted la impresión de que este cambio es radical o sencillamente superficial y accidental? ¡Oh! —me respondió—. ¡No! El cambio es esencial. Por eso no hay que asombrarse si ya no se condena, si el tribunal de la fe de la Iglesia no ejerce ya su papel frente a los teólogos y a todos aquellos que escriben sobre cuestiones religiosas. Siguiese de ello que los errores se difunden por todas partes; habiendo salido de las cátedras universitarias invaden los catecismos y los presbiterios de las parroquias más alejadas. El veneno de la herejía termina por invadir a toda la Iglesia. De manera que el magisterio eclesiástico se halla sumido en una crisis muy grave. Los razonamientos más absurdos se utilizan para prestar apoyo a esos teólogos que sólo tienen el nombre de tales. Un padre Duquoc, profesor en Lyon, recorrió Francia dando conferencias sobre la oportunidad de conferir un sacerdocio provisional a ciertos fieles, incluso a mujeres. Buen número de católicos reaccionó aquí y allá y un obispo del sur de Francia asumió una posición firme contra este predicador dudoso; porque esto ocurre algunas veces. Pero en Laval, los laicos escandalizados tuvieron que oír por parte del obispado estas palabras.- "En esta circunstancia nuestro deber absoluto es preservar la libertad de palabra en la iglesia". Realmente esto causa estupor. ¿De dónde sacaron ese concepto de libertad de palabra? Es un concepto enteramente extraño al derecho de la Iglesia. ¡Y por añadidura lo convirtieron en un deber absoluto del obispo! Esto equivale a trastrocar de un extremo al otro el sentido de la responsabilidad episcopal que consiste en defender la fe y en preservar de la herejía al pueblo que le ha sido confiado.

Debo citar ejemplos que, por lo demás, son del dominio público; pero ruego al lector que crea que yo no escribo este libro para criticar a las personas. Y ésa es la actitud que siempre se fijó el Santo Oficio. El Santo Oficio no consideraba a las personas, sino que tan sólo se atenía a las obras. Un teólogo se quejaba de que uno de sus libros hubiera sido condenado sin oírlo a él. Pero, precisamente, el Santo Oficio condenaba las obras y no a los autores. Decía: "Este libro contiene afirmaciones que no están de acuerdo con la doctrina tradicional de la Iglesia". ¡Eso era todo! ¿Por qué remontarse a quien había escrito esas obras? Las intenciones del autor, su culpabilidad, incumben a otro tribunal, el tribunal de la penitencia. 


CONTINUA...