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sábado, 7 de noviembre de 2015

CARTA ABIERTA A LOS CATÓLICOS PERPLEJOS



IV

Para  preparar  el  Congreso  Eucarístico  de  1981,  se  redactó  un  cuestionario  cuya primera pregunta era la siguiente: "Entre estas dos definiciones, 'Santo Sacrificio de  la  Misa'  y 'Comida  Eucarística', ¿cuál  adopta  usted  espontáneamente?"  Habría  mucho  que  decir  sobre  esta  manera  de interrogar a los católicos en la que en cierto modo se les deja la libertad de elegir y se  apela a su juicio personal en una cuestión en la cual la espontaneidad nada tiene que hacer. No se puede elegir la definición de la misa así como se elige un partido político. Pero, ¡ay! La  insinuación  no se debe a la torpeza del redactor de este cuestiona rio. Hay que convencerse:  la reforma  litúrgica  tiende a  reemplazar  la  noción  y  la realidad del Sacrificio por la realidad de una comida. Y así es como se habla de celebración eucarística y de Cena, pero el término Sacrificio es mucho menos empleado y casi  ha desaparecido por entero de los manuales de catecismo y de predicación. El término no figura en el Canon Nº 2 llamado de San Hipólito. Esta tendencia tiene relación con lo que comprobamos tocante a la Presencia real: si ya no hay sacrificio, ya no hay más necesidad de una víctima. La víctima está presente con miras al sacrificio. Convertir la misa en una comida conmemorativa, en una comida fraternal es el error de los protestantes.

¿Qué OCURRIÓ EN EL siglo XVI?

Primeramente  lo que está pasando en  nuestros días.  Los protestantes reemplazaron inmediatamente el altar por una mesa, suprimieron el crucifijo de la mesa e hicieron volver al "presidente de la asamblea" en dirección de los fieles. El  desarrollo  de  la  Cena  protestante  se  encuentra  en  Fierres  Vivantes,  el  libro  compuesto por  los obispos de Francia que  todos  los  niños que aprenden catecismo deben  utilizar obligatoriamente: "Los cristianos se reúnen para celebrar la eucaristía; se trata de la misa... Los cristianos proclaman la fe de la iglesia, ruegan por el mundo entero, ofrecen el  pan  y  el  vino...  El  sacerdote  que  preside  la  asa m blea  dice  la  gran  oración  de  acción  de gracias..." Ahora bien, en  la  religión católica, es el sacerdote quien celebra  la  misa, es él quien  ofrece  el  pan  y  el  vino.  El  concepto  de  presidente  está  tomado  directa mente  del  protestantismo.  El  vocabulario  mismo  sigue  al  cambio  de  espíritu.  Antes  se  decía:  "Monseñor  Lustiger celebrará  una  misa pontifical". Me  han dicho que en  la Radio Notre Dame, la frase que ahora se utiliza es: "Jean - Marie Lustiger presidirá una concelebración". Véase cómo se habla de la misa en un folleto editado por la Conferencia de Obispos  suizos. "La  comida  del  Señor  realiza  en  primer  término  la  comunión  con  Cristo.  Es  la  misma comunión que Jesús realizaba durante su vida terrestre cuando se sentaba a la mesa  con  los  pecadores,  comida  que  continúa  en  la  comida  eucarística  desde  el  día  de  la  Resurrección. El Señor invita a sus amigos a reunirse y él estará presente entre ellos."  ¡Pues no! Todo católico está obligado a responder de manera categórica. ¡No! La misa no es eso. No es la continuación de una comida semejante a aquella en la que nuestro Señor invitó a san Pedro y a algunos discípulos una mañana a orillas de lago después de su resurrección; "Luego pues que subieron saltando a tierra vieron allí un fuego de carbón, un pescado puesto encima y pan... Dice les Jesús, 'Venid y almorzad' y ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle '¿Quién eres tú?' conociendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan, lo da a sus discípulos y asimismo el pescado"  (San Juan,XXI, 9- 13).

La comunión del sacerdote  y de  los  fieles  es  una comunión con  la  víctima que se ofrece en el altar del sacrificio. Ese altar es macizo y está hecho de piedra; si no es de piedra contiene   por  lo  menos  la  piedra  de  altar  que  es  una  piedra  de  sacrificio,  en  ella  se  han incrustado  reliquias  de  mártires  porque  ellos  ofrecieron  su  sangre  por  su  Maestro.  Esta comunión de la sangre de Nuestro Señor con la sangre de los mártires nos alienta a ofrecer también nosotros nuestras vidas. Si la misa es una comida, comprendo que el sacerdote se vuelva hacia los fieles. Uno  no preside  una comida  volviendo  la espalda a  los  invitados. Pero  un sacrificio se ofrece a Dios no a los circunstantes. Por  esa razón el sacerdote, a la cabeza de los fieles, se vuelve hacia Dios, hacia el crucifijo que domina el altar. Hoy se insiste en toda ocasión en lo que el  Nuevo Misal de los domingos  llama "el relato de la institución". El Centro  Jean Bart,  centro oficia l del obispado de París, declara: "En el corazón de la misa hay un relato”.  Otra  vez  ¡No!  La  misa  no  es  una  narración,  es  una  acción.  Hay  tres  condiciones indispensables para que la misa sea la continuación del Sacrificio de la Cruz: la oblación de la  víctima,  la  transubstanciación  que  hace  a  la  víctima  efectivamente  presente  y  no simbólicamente, la celebración por parte de un sacerdote que ocupa el lugar del Sacerdote máximo que es Nuestro Señor y que debe estar consagrado por su sacerdocio. De esta manera la misa puede procurar la remisión de los pecados. Un simple acto recordatorio,  un  relato  de  la  institución  acompañado  por  una  comida  distaría  mucho  de bastar. Toda la virtud sobrenatural de la misa proviene de su relación con el Sacrificio de la  Cruz. S i uno ya no cree en eso, no cree nada de lo que la Santa Iglesia enseña, la Iglesia ya no  tiene  razón  de  ser  y  tampoco  es  necesario  pretender  ser  católico.  Lutero  había comprendido  muy  bien  que  la  misa  es  el  corazón,  el  alma,  de  la  Iglesia.  Decía: "Destruyamos la misa y destruiremos a la Iglesia". Lo  cierto  es  que  percibimos  que  el  Novus  Ordo  missae,  es  decir,  la  nueva  regla adoptada  después  del  concilio,  se  alinea  según  las  concepciones  protestantes  o,  por  lo menos, se aproxima a ellas peligrosamente. Para  Lutero, la misa podrá ser un sacrificio de alabanza, es decir un acto de  loor, de acción de  gracias, pero ciertamente  no un sacrificio expiatorio que renueva el Sacrificio de la Cruz y lo aplica. Para Lutero el Sacrificio de  la Cruz  tuvo  lugar en  un determinado  momento de  la historia y Lutero permanece prisionero de esa historia; nosotros no podemos aplicarnos los méritos de Cristo sino por obra de nuestra fe en su muerte y en su resurrección. En  cambio,  la  Iglesia  cree  que  ese  sacrificio  se  realiza místicamente  en  nuestros  altares en cada misa, de una manera incruenta, por obra de la separación del cuerpo y de la sangre  en  las  especies  del  pan  y  del  vino.  Esa  renovación  permite  aplicar  a  los  fieles  presentes  los  méritos  de  la  cruz  y  perpetuar  esa  fuente  de  gracias  en  el  tiempo  y  en  el espacio.  El  Evangelio  de  san  Mateo  termina  con  estas  palabras:  "Y  ahora  yo  estaré  con vosotros para siempre, hasta el fin del mundo" .La diferencia de concepción no es  insignificante. Sin embargo se procura reducirla alteran do la doctrina católica, como puede comprobarse por numerosos signos en la liturgia. Lutero decía:  "El culto se dirigía a Dios como un homenaje, en adelante se dirigirá  al hombre para consolarlo e iluminarlo. El  sacrificio ocupaba el primer  lugar, ahora el sermón lo suplantará."  Esto significaba introducir el culto del hombre y, en la Iglesia, la importancia de la "Liturgia de la palabra". Si abrimos los nuevos misales comprobamos que esa revolución se ha cumplido. Se agregó una lectura a las dos que existían y además una "oración universal" a menudo utilizada para expresar ideas políticas o sociales. Se llega así a un desequilibrio en favor de la palabra. Una vez terminado el sermón, la misa ya casi toca a su fin.

En la Iglesia, el sacerdote lleva la marca de un carácter indeleble que lo hace un alter Christus;  sólo el sacerdote puede ofrecer el Santo Sacrificio. Lutero considera la distinción  entre clérigos  y  laicos como  "la primera  muralla  levantada por  los romanistas"; todos  los cristianos  son  sacerdotes,  el  pastor  no  hace  sino  ejercer  una  función  al  presidir  la  "misa evangélica".  En  el  nuevo  orden,  el  "yo"  del  celebrante  ha  quedado  reemplazado  por  el "nosotros"; por todas partes se lee que los fieles "celebran", se los asocia a actos del culto, leen  la  Epístola  y eventualmente el  Evangelio, distribuyen  la comunión, a  veces  hacen  la homilía  que  puede  ser  reemplazada  por  "un  intercambio  en  pequeños  grupos  sobre  la palabra de Dios", se reúnen con antelación para "forjar" la celebración del domingo. Pero  todo  esto  no  representa  más  que  una  etapa;  desde  hace  varios  años,  responsables  de  organismos  episcopales  emiten  proposiciones  de  este  género:  "Los  que celebran  no son  los  ministros, sino que  la que celebra  es  la asamblea''  (Fichas del  Centro Nacional de  la  Pastoral  Litúrgica)  o "La asamblea es el primer  tema de  la  liturgia";  lo que cuenta no es  "el funcionamiento de los ritos, sino la imagen que la asamblea se forja de sí misma y las relaciones que se instauran entre  los co-celebrantes"   (P.  Gelineau,  artífice   de  la reforma litúrgica y profesor en el Instituto Católico de París). Si lo que cuenta es la asamblea, bien se comprende que las misas privadas sean mal consideradas, lo cual hace que los sacerdotes ya no las digan, puesto que cada vez es menos fácil encontrar una asamblea sobre todo en días hábiles. Esto constituye una ruptura con la doctrina  invariable:  la  Iglesia  necesita  multiplicar  los  sacrificios  de  la  misa  para  la aplicación  del  Sacrificio  de  la  Cruz  y  para  todos  los  fines  que  le  son  asignados - ,  la adoración, la acción de gracias, la propiciación y la impetración. Y  aquí  no  acaba  todo,  pues  muchos  se  proponen  eliminar  lisa  y  llanamente  al sacerdote,  lo cual da  lugar a  las  famosas ADAP  (Assamblées dominicales en l'absence du prétre). Podría  uno concebir la idea de que los fieles se reúnan para orar juntos y honrar así el día del Señor. Pero esas ADAP son en realidad especies de misas a las cuales únicamente les falta la consagración y esto, como se puede leer en un documento del Centro Regional de Estudios Socio religiosos de  Lille,  sólo porque  hasta nueva orden  los  laicos  no tienen el poder de ejecutar  este  acto.  La ausencia del sacerdote puede ser deliberada  "para que  los fieles aprendan a desempeñarse solos". El padre Galineau en  Demnm  ia  liturgie  escribe que las ADAP no son más que una "transición pedagógica hasta que las mentalidades hayan cambiado"   y  concluye, con una lógica que confunde, que  hay demasiados sacerdotes en  la Iglesia,  "sin duda demasiados para que las cosas evolucionen rápidamente".


Lutero suprimió el ofertorio : ¿por qué ofrecer la hostia pura y sin mancha si ya no hay más sacrificio? En el nuevo orden francés el ofertorio prácticamente ya no existe; por lo demás ya ni siquiera se lo llama con ese nombre.  El  Nuevo Misal de  los domingos  habla de  "oraciones de presentación".  La  fórmula  utilizada evoca más una acción de gracias, un agradecimiento por los frutos de la tierra. Para  darse cuenta de esto basta con compararla con las fórmulas tradicionalmente empleadas por  la  Iglesia  en  las  que  se  manifiesta  claramente  la  finalidad  propiciatoria  y  expiatoria  del sacrificio  "que yo os ofrezco... por mis innumerables pecados, ofensas  y  negligencias; por  todos los asistentes y por todos los cristianos vivos y muertos a fin de que aproveche a mi salvación y a la de ellos para la vida eterna".  Y luego elevando el cáliz, el sacerdote dice: "Os ofrecemos, Señor, el cáliz de vuestra redención y suplicamos que vuestra bondad lo  quiera hacer ascender, como un suave perfume, a la presencia de  vuestra divina Majestad, para salvación nuestra y salvación del mundo entero" .¿Qué queda de todo esto en la nueva misa? Lo siguiente: "Bendito  tú seas,  Dios del  universo, que  nos das este pan,  fruto de  la  tierra  y del trabajo de  los  hombres. Ahora te  lo presentamos  y se convertirá en el pan de  la  vida";  lo mismo ocurre con  el  vino que  se convertirá en  "el  vino del  reino eterno"; ¿De qué  sirve agregar un poco después: “Lávame de mis faltas, Señor, purifícame de mi pecado ; y "Que nuestro sacrificio encuentre cu este día gracia ante ti"? ¿Qué  pecado?  ¿Qué  sacrificio?  ¿Qué  relación  puede  establecer  el  fiel  entre  esta presentación  vaga  de  las  ofrendas  y  la  redención  que  es  capaz  de  alcanzar?  Haré  otra  pregunta- . ¿Por qué sustituir  un  texto claro  y de sentido completo por  una serie de  frases  enigmáticas y mal hilvanadas en su conjunto? Si se siente la necesidad de cambiar algo debe procederse a mejorar.  Esas  pocas  palabras  que  parecen  rectificar  la  insuficiencia  de  las  "oraciones  de presentación" hacen pensar otra vez en Lutero, quien disimulaba con tiento los cambios. Conservaba  lo  más posible ceremonias antiguas  y se  limitaba  a cambiarles sólo el sentido. La misa conservaba en gran parte su aparato exterior y el pueblo encontraba en las iglesias  más  o  menos  la  misma  decoración,  más  o  menos  los  mismos  ritos  con  algunos retoques hechos para complacerlo, pues a partir de entonces todo se dirigía al pueblo mucho  más que antes; el pueblo tenía ahora más co n ciencia de valer algo en el culto, desempeñaba  una parte más  activa mediante el canto y la oración recitada en voz alta. Poco a poco el latín  fue dejando definitivamente su lugar al alemán. ¿Y todo esto  no  nos  recuerda  nada?  Lutero también  se empeñaba en crear  nuevos cánticos para reemplazar "todos esos gorgoritos del papismo"; las reformas siempre asumen  el aspecto de revolución cultural. En el nuevo orden, la parte más antigua del canon romano, que se remonta a la edad apostólica, fue modificada para que se aproximara a la fórmula consagratoria luterana, con un agregado y una supresión. La traducción francesa ha conservado las palabras  pro multis, pero alterando su significación. En lugar de "mi sangre... que será derramada para vosotros y para un gran número", leemos; "que será derramada para vosotros  y  para la multitud". Esto no significa lo mismo y teológicamente no es neutro. Se habrá podido observar que la mayor parte de los sacerdotes pronuncia hoy de un tirón la parte principal del canon que comienza así: "La víspera de su pasión, tomó el pan en sus  manos  muy santas..." sin  hacer  la pausa  implícitamente  indicada en el  misal romano: "Sosteniendo con las dos manos la hostia entre el índice y el pulgar, el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración en voz baja, pero distintamente sobre la hostia".  El tono cambia entonces, se  hace  vivo  y  las cinco palabras  Hoc est enim  Corpus  meum operan el milagro de la transubstanciación, así como las palabras que se dicen en la consagración  del  vino.  El  nuevo  misal  invita  al  celebrante  a  conservar  el  tono  narrativo como si se tratara efectivamente de  una recordación. Como hoy  la creatividad es  la regla, podemos ver a ciertos oficiantes que al recitar su texto muestran la hostia en redondo o hasta  la rompen con ostentación para agregar el gesto a las palabras e ilustra r mejor su relato. Se  suprimieron  dos  de  las  cuatro  genuflexiones  y  las  que  quedan  a  veces  se  omiten;  verdadera mente  cabe  preguntarse  si  el  sacerdote  tiene  el  sentimiento  de  consagrar, suponiendo que realmente tenga la intención de hacerlo. Y  entonces  los  católicos  perplejos  se  convierten  en  católicos  preocupados:  ¿Fue  válida la misa a la que acaban de asistir? ¿Fue realmente el cuerpo de Cristo la hostia que recibieron? Este es un grave problema. ¿Cómo puede el fiel juzgar la situación? Para la validez  de  una misa existen condiciones esenciales: la materia, la forma, la intención y el sacerdote  válidamente ordenado. Si se cumplen estas condiciones no se ve cómo se podría llegar a la  conclusión de la invalidez.  Las  oraciones  del  Ofertorio,  del  Canon  y  de  la  Comunión  del  sacerdote  son  necesarias a la  integridad del sacrificio y del sacramento, pero  no a su validez.  El  cardenal  Mindszenty,  al  pronunciar  a  hurtadillas  y  de  prisa  en  su  prisión  las  palabras de  la Consagración sobre  un poco de pan  y vino para  nutrirse con el cuerpo y  la  sangre  de  Nuestro  Señor  sin  que  lo  advirtieran  sus  carceleros,  ciertamente  cumplió  el  sacrificio  y  el  sacramento.  Una  misa  celebrada  con  las  tortitas  de  miel  del  obispo  norteamericano a quien me he referido es ciertamente  inválida, lo mismo que aquella en  la  que las palabras de la consagración estuvieran gravemente alteradas u omitidas.  Se  ha  informado  sobre  el  caso  de  un  celebrante  que  hizo  un  despliegue  tal  de  creatividad  que  sencillamente  se  olvidó  de  decir  las  palabras  de  la  Consagración.  Pero  ¿cómo  apreciar  la  intención  del  sacerdote?  Es  evidente  que  cada  vez  hay  menos  misas  válidas a  medida que  la  fe de  los sacerdotes se corrompe  y  ellos  mismos  no tienen  ya  la intención  de  hacer  lo  que  siempre  hizo  la  Iglesia,  pues  la  Iglesia   no  puede  cambiar  de  intención.  La  formación  actual  de  los  que  se  llaman  seminaristas  no  los  prepara  para  celebrar  misas  válidas.  Ya  no se  les enseña a considerar el Santo Sacrificio como  la obra  esencial de su vida sacerdotal.  Por  otra  parte,  se  puede  agregar  sin  exageración  que  la  mayoría  de  las  misas  celebradas  sin  piedra  de  altar  con  utensilios  vulgares,  con  pan  fermentado,  con  la  introducción  de  discursos  profanos  en  el  cuerpo  mismo  del  Canon,  son  sacrilegios  y  pervierten la fe al disminuirla. La desacralización llega a un punto tal que esas misas pueden  llegar a perder su carácter sobrenatural, el "misterio de la fe", para no ser más que actos de  religión natural. La perplejidad del católico tal vez asuma la forma siguiente : ¿ Puedo asistir  a  una  misa  sacrílega  pero  que  sin  embargo  es  válida  a  falta  de  otra  y  para  satisfacer  la  obligación dominical? La respuesta es simple: esas misas no pueden ser objeto de una obligación. Además,  uno debe aplicarles las reglas de la teología moral y del derecho canónico en lo referente a la  participación en una acción peligrosa para la fe o eventualmente sacrílega.  La  nueva  misa, aun dicha con piedad  y con el respeto de  las  normas  litúrgicas, es pasible de las mismas reservas puesto que está impregnada de espíritu pro testante. Esa misa lleva dentro un veneno pernicioso para la fe. Teniendo en cuenta esto, el católico francés de  hoy puede encontrar  las condiciones de práctica religiosa que existen en países donde se  envían misiones. En esos países, los habitantes de cie rtas regiones no pueden asistir a misa más que tres o cuatro veces por año. Los fieles de nuestro país deberían hacer el esfuerzo de asistir una vez por mes a la misa de siempre, verdadera fuente de gracia y de santificación,  en aquellos lugares en que todavía continúa honrándosela. Porque,  en  verdad,  debo  decir  y  afirmar  sin  temor  a  equivocarme  que  la  misa  codificada por Pío  V — y no inventada por él, como se ha dado a entender a menudo - expresa  claramente estas tres realidades: sacrificio, presencia real y  sacerdocio de los oficiantes. Esa misa  tiene  también  en  cuenta,  según  lo  precisó  el  concilio  de  Trento,  la  naturaleza  del hombre  que  necesita  algún  socorro  exterior  para  elevarse  a  la  meditación  de  las  cosas  divinas.  Los  usos establecidos  no  lo  fueron por  casualidad  y  no  se  los puede desplazar o abolir impunemente. Cuántos fieles, cuántos jóvenes sacerdotes, cuántos obispos perdieron la  fe  después  de  la  adopción  de  las  reformas.  No  se  contraría  la  naturaleza  y  la  fe impunemente, pues ellas se vengan.  Pero  precisamente se nos dice que el  hombre  no es el  mismo de  un siglo atrás; su naturaleza  ha  sido  modificada  por  la  civilización  técnica  en  la  cual  está  inmerso,  ¡Qué absurdo! Los innovadores se guardan bien de mostrar a los fieles el deseo que los anima de acercarse al protestantismo; invocan otro argumento: el cambio. Véase lo que se dice en la escuela teológica de Estrasburgo: "Debemos  reconocer  que  hoy  estamos  en  presencia  de  una  verdadera  mutación  cultural. Una cierta manera de celebrar la recordación del  Señor estaba vinculada con un  universo religioso que ya no es el nuestro." Se lo dice rápidamente y todo desaparece. Hay  que volver a comenzar desde cero. Ésos son  los sofismas de que  se valen para hacernos  cambiar nuestra fe. ¿Qué es un "universo religioso"? Sería mejor ser francos y decir: "una  religión que ya no es la nuestra".  

Continua